CULTURA › EN EL CENTENARIO DEL ESCRITOR POLACO, UNA MUESTRA EN EL BORGES Y UN CICLO EN EL MALBA

Gombrowicz, o la costumbre de decirle a todo que no

La muestra El enigma de Gombrowicz se inauguró esta semana, para conmemorar el centenario del escritor polaco que vivió más de dos décadas en Buenos Aires, y que batalló contra todas las formas de lo establecido. Para su póstuma sorpresa, la legislatura polaca estableció que el 2004 es el Año de Gombrowicz.

 Por Silvina Friera

Witold Gombrowicz llegó a ser universalmente reconocido como uno de los creadores literarios fundamentales del siglo XX. A pesar de que vivió 24 años en la Argentina, su obra, escrita en gran parte en este país, continúa teniendo un carácter marginal, más allá de los esfuerzos de Alejandro Rússovich y Jorge Di Paola, quienes elaboraron dos ensayos para Historia crítica de la literatura argentina. “Witoldo” –como lo llamaban sus amigos y admiradores– prefirió evitar las formas relucientes y cinceladas. Optó, en cambio, por protestar, en nombre de la individualidad, a través de la ironía y el sarcasmo. El escritor tábano zumbaba con sus observaciones: veía a los argentinos emperrados en una seriedad funeraria y a la joven América, empecinada en asimilar los pecados de la vieja y loca Europa. En la inclasificable Ferdydurke (1937) –intentar hacerlo aún hoy conduce a un irremediable callejón sin salida-, el protagonista, un hombre de 30 años que inesperadamente es reducido al estadio de la adolescencia por un implacable pedagogo, dice: “¡Hay que transformarlo todo! Destruir en la patria todos los viejos lugares y dejar sólo lugares nuevos”. En un mundo donde estallaba la Segunda Guerra, el escritor polaco que había nacido en el señorío de Maloszyce, el 4 de agosto de 1904, estaba realizando una travesía por Latinoamérica a bordo del crucero “Chroby” en 1939. Su estadía en Buenos Aires, pensaba, sería breve y fugaz. Se equivocó. Y aunque conoció la degradación y la pobreza, Gombrowicz nunca dejó de escribir y de declararle abiertamente la guerra, sin subterfugios, al ambiente literario oficial y a sus más encumbrados representantes.
A cien años de su nacimiento, la Embajada de Polonia y el Centro Cultural Borges organizan conjuntamente una muestra, El enigma de Gombrowicz, que se inauguró esta semana, mientras que el Malba proyectará durante todo el mes el film Gombrowicz, la Argentina y yo, de Alberto Yaccelini (ver aparte). “Yo no idolatro la poesía, yo no soy excesivamente progresista ni moderno, yo no soy un intelectual típico, yo no soy ni nacionalista ni católico, ni comunista ni hombre de derecha, yo no venero ni a la ciencia ni al arte ni a Marx. ¿Qué soy, entonces? La mayoría de las veces soy simplemente la negación de todo lo que afirma mi interlocutor.” Acaso por esta definición, en la senda de la más pura negatividad, sea apropiado pensar en Gombrowicz como un enigma: un escritor que odiaba a los “literatos”, esos estetas que a su juicio se regodean con las formas, pero jamás hablan de lo que duele, de los problemas de estar en el mundo. El escritor polaco, autor de El casamiento (o El matrimonio, 1947), Transatlántico (1951), La seducción (o Pornografía, 1958), Cosmos (1965), Bakakai (1974) y Recuerdos de Polonia (1960-1962), entre otros, supo sembrar y cosechar enemigos a la vez en múltiples frentes. Gombrowicz dijo que Borges hacía una literatura abstracta, como corresponde a la condición de un ciego. Es curiosa la reacción de Borges que, alejado de su fina ironía y más próximo al exabrupto, ninguneó al polaco: “Es un invento de (Carlos) Mastronardi”.
No. Witoldo distaba mucho de ser un artificio; en todo caso fue un sujeto errante, que tropezó con las calles de un país desconocido del que se terminaría enamorando. Aunque Ferdydurke fue escrita en Polonia, la traducción del polaco al castellano estuvo a cargo de un equipo encabezado por el escritor cubano Virgilio Piñera. “Me acuerdo que nos encontrábamos en un café de la calle Corrientes. Gombrowicz se miraba en un espejo que revestía un muro contra el cual se apoyaba nuestra mesa, hacía muecas y tomaba actitudes de emperador, de obispo o de militar. Le pregunto: ‘¿Está dialogando con sus dobles?’ Sin dejar de gesticular, me contestó serio, pero lleno de su particular humor: ‘Miro mis rasgos de aristócrata, parece que mis facciones, día a día, registran mejor todo mi linaje’.” Esta evocación de Antonio Berni capta no sólo en escena al personaje Gombrowicz. La anécdota ilustra una puesta en escena superior: la literatura del escritor polaco, atravesada por relaciones oblicuas y guiños que simulan el goce. Una literatura-ensayo que invoca la risa, que provoca carcajadas estridentes, que no resulta fácil de digerir, porque las sustancias con las que está hecha atentan contra los principios vitales del estómago.
“No era capaz de otra cosa que de hacer parodia. Aquí, el estilo es la parodia del estilo. El arte juega al arte, y lo imita”, decía el escritor, que fue uno de los candidatos al Premio Nobel en 1967. De las influencias que reconocía Witoldo, hay una que explica esa multiplicación del efecto carcajada en sus textos. Para él, además de ser una obra magnífica, Papeles de Pickwick, de Charles Dickens, era “una especie de Evangelio del humor”. El primer libro que escribió por completo en la Argentina, Transatlántico, no se refiere a una nave sino al hecho de que esa obra sobre Polonia fue escrita del otro lado del Atlántico. Argentina y esa Polonia, tan adorada como satanizada, tenían muchos rasgos en común: estaban fuera del mapa, en una posición periférica, y sus habitantes, desde el sótano de la cartografía, asomaban los ojos y miraban obnubilados la cultura europea. Un bosquejo del periplo gombrowicziano, de ese andar a la deriva (“Me encontraba siempre ‘entre’, no estaba inserto en nada”, confesaba), bien podría condensarse en un título periodístico: “De Polonia a Bacacay”. Si lo que garabateó en Ferdydurke culminó en cierto sentido en Transatlántico, con Bakakai, relatos que ocultan en su grafía la calle porteña donde el escritor viviera varios años, ese peculiar ámbito del “entre”, una tierra de nadie, se transforma en una constante de su literatura. Los personajes de Gombrowicz luchan entre la forma concluida (el adulto) y la que se halla en proceso de elaboración (el joven). “La forma es aquello en que nos refugiamos para esconder nuestra desnudez.”
Aborrecía las estructuras, y si descubría las formas era para defenderse de ellas y permanecer fiel a sí mismo. La preocupación central de su obra es el hombre y su búsqueda constante de libertad. En Polonia, durante largo tiempo, se lo consideró uno de los enemigos ideológicos. “Las formas cambian”, diría con sorna Gombrowicz. La legislatura polaca declaró el año 2004 como Año de Gombrowicz. Un acto de justicia que acaso sea posible homologar en Buenos Aires con la muestra y los debates organizados –vaya paradoja– en un centro cultural que lleva precisamente el nombre del escritor argentino que menospreció a Gombrowicz, la proyección de un documental (en el Malba) y la reedición de buena parte de sus obras (Seix Barral, Planeta). Pero las efemérides son como un champagne demi sec burbujeante, recién servido en la copa de los comensales. El problema es que cuando las burbujas descienden, cuando lo que queda es la maldita resaca, permanecen los mismos comensales de siempre, a lo sumo se añade un puñado de novatos, ungidos con la prosa-burbuja de Witoldo.
Entre los textos del escritor que se pueden conseguir fácilmente, Curso de filosofía en seis horas y cuarto (Tusquets) es una de las obras más prodigiosas y disparatadas de su vida intelectual. Gombrowicz, a pedido de su mujer Rita y un amigo, aceptó dar un curso de filosofía casero, entre el 27 de abril y el 25 de mayo de 1969, pocas semanas antes de morir (el 24 de julio). Un hombre agonizante, paciente, meticuloso, explica a sus oyentes lo esencial del pensamiento filosófico de los últimos doscientos años. “La fuerza de Nietzsche consistió en una crítica extremadamente perspicaz y cruel de todas nuestras ideas, del alma humana, de la moral y la filosofía. Demostró que el pensamiento filosófico no se realiza fuera de la vida, como si los filósofos mirasen de lejos el mundo y su evolución, sino que este pensamiento se baña en la vida y expresa la vida cuando no está falsificado.” Se despidió de este mundo diciendo lo que se le antojaba, como siempre: “Un genio no puede tener éxito porque sobrepasa a su tiempo. Por esta razón el genio resulta incomprensible y no sirve para nadie. Así que Schopenhauer y yo nos consolamos bastante bien”.

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Witoldo, como lo llamaban sus amigos porteños, en una fotografía cedida por el periodista Miguel Grinberg.
 
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