EL MUNDO › DE LA ENTRADA EN BAGDAD AL DESBANDE

La guerra paradojal

Fue la campaña de tanques más veloz de la historia. El contragolpe químico y bacteriológico no se verificó. Tampoco el Stalingrado bagdadí. Pero los problemas empezaron después.

 Por Claudio Uriarte

“La primera baja en una guerra no es la verdad sino el plan original de guerra”, dijo una vez el estratega militar prusiano Von Moltke. Otra vez, en una alocución ante el Colegio de Oficiales Alemanes, el mismo Von Moltke declaró: “He observado, caballeros, que en una guerra, por lo general, el enemigo tiene sólo tres caminos abiertos a su disposición, y él, invariablemente, elige el cuarto”. Donald Rumsfeld, secretario de Defensa norteamericano, expresó algo parecido de acuerdo con su estilo más llano: “Un plan de guerra es como un presupuesto de familia –dijo–. Uno lo planea, y después nunca lo sigue”. Edward Luttwak, estratega norteamericano del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales, dijo también algo de esto al graficar el concepto clausewitziano de “fricción” –que no significa, como la gente vulgarmente se imagina, el enfrentamiento entre los ejércitos opuestos– comparándolo con los contratiempos de tres familias que planean una excursión de picnic a una playa, pero que fracasan en llegar a la hora elegida porque un nene se descompone, un auto falla, una estación de servicio está cerrada y, como resultado, llegan al lugar de destino cuando está todo lleno, y no pueden encontrar ni una sombrilla libre.
En cierto modo, esto es lo que tenía en mente Rumsfeld al combatir y ganarle al ejército la antigua noción de que la invasión a Irak requería una fuerza de unos 600 mil hombres: además de la fricción de movilizar semejante cantidad de efectivos y equipo, daba al enemigo una enorme cantidad de ventaja para la preparación de contramedidas. Pero esto no era todo: la decisión de atacar se tomó en agosto del 2002, aunque las incoherencias y vacilaciones internas de la administración Bush, que oscilaba entre el unilateralismo liso y llano y la búsqueda de un consenso internacional que era imposible de alcanzar (por la simple razón de que las potencias del orden internacional establecido difícilmente aceptarán como amabilidad lo que equivale a su violento trastrocamiento), determinaron que las primeras órdenes de movilización en serio recién pudieran empezar a emitirse en la Navidad del 2002, cuando sólo faltaban tres meses para que empezara un temible verano iraquí con tremendas tormentas de arena y la posibilidad del empleo iraquí de armas químicas y biológicas para las cuales las tropas norteamericanas requerían de uniformes de protección inusualmente pesados. De este modo, Rumsfeld hizo de la necesidad una virtud: el paladín del empleo de fuerzas livianas y letales, que acabaran con el doble tabú paralizante de la necesidad de fuerzas abrumadoras y el veto contra el lanzamiento de dos guerras importantes al mismo tiempo, contaba con la ayuda del cronograma y la temperatura.
Los augurios más exitistas de la guerra calculaban de ocho o diez días para la toma del país; las interferencias de los fedayines en Nasariya complicaron las cosas, pero los norteamericanos desviaron la ruta original, y los tanques estadounidenses, marchando a una velocidad record de 40 kilómetros por hora, llegaron a Bagdad en tres semanas. La perspectiva de una lucha casa por casa, de una especie de Stalingrado iraquí, no se verificó, por la simple razón de que el ejército iraquí se evaporó y porque gran parte de la población de Bagdad y del sur del país estaba compuesta por chiítas, enemigos jurados de Saddam desde que fueron gaseados en los tiempos de la guerra con Irán, no estaban muy entusiasmados por defender al padre de todas las batallas.
Pero con el triunfo en la capital se puso de manifiesto el reverso de las desventajas. Turquía, que había prometido la entrada desde el norte de la Cuarta División de Infantería, finalmente denegó el permiso, con lo cual esas tropas debieron avanzar desde el frente sur, impidiendo una rápida ocupación y supresión de la resistencia en el centro, el llamado “triángulo sunnita” delimitado por las ciudades de Faluja, Ramadi, Tikrit y parte de Bagdad. Eso se convirtió en el semillero de la resistencia. Pero después vinieron los problemas políticos. Rumsfeld había designado a un general retirado, Jay Garner, como una versión iraquí de Douglas Mac Arthur, y con un tiempo similar (cinco años) para reformular el país. Pero Bush cedió a la elección del Departamento de Estado, el experto antiterrorista (no es un chiste) Paul “Jerry” Bremer, que primero disolvió al ejército (dejando en la calle a millones de hombres armados y sin trabajo) y luego se abocó a formar un gobierno de papel tan representativo como el de Vietnam del Sur. En este esquema, se creó rápidamente un vacío de poder, donde Al-Qaida entró al país, los sunnitas empezaron a librar una guerra preventiva contra la mayoría chiíta, la mayoría chiíta demandó todo el poder y los kurdos recrearon su sueño de un nuevo Estado desgajado de porciones de Irak, Irán, Siria y Turquía. Estados Unidos entró en Irak para formar un nuevo país y ahora afronta el embarazoso desafío de salir de la mejor manera de al menos tres que creó al derrocar a Saddam Hussein.

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Donald Rumsfeld, el jefe del Pentágono, en los tiempos en que parecía el Napoleón de Medio Oriente.
 
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