CULTURA

Rolando Goldman es funcionario, pero no va a guardar el charango

El músico cuenta de qué manera, desde su puesto de director nacional de Arte, apuesta a difundir las culturas regionales y a potenciar el compromiso social de la música, llevando orquestas a las fábricas recuperadas.

Por S. F.

Tenía 12 años cuando se enamoró a primera vista. Fue el primer día de clases en el Instituto Vocacional de Arte ( conocido como Lavardén). Los alumnos se disponían a escoger las guitarras que había en un armario. Rolando Goldman eligió la más chiquita y supo que no se separaría jamás de esa miniatura tan atractiva como irresistible. “Acá voy a enseñar guitarra; si querés tocar el charango, andate al patio”, lo amenazó el profesor Arnoldo Pintos. Pero el maestro aflojó y empezó a darle materiales para que pudiera aprender. “Hace más de 31 años que toco el charango y gracias a él pude estar tanto en el Teatro Colón como en los cortes de ruta”, dice Goldman. Desde el 1º de enero, el charanguista es director nacional de Artes, organismo de la Secretaría de Cultura de la Nación, que tiene a su cargo la Orquesta Sinfónica Nacional, el Coro Polifónico, la Orquesta de Música Ciudadana Juan de Dios Filiberto, el Ballet Folclórico Nacional, los coros nacionales de Jóvenes y de Niños, el Instituto de musicología Carlos Vega y la Banda sinfónica de Ciegos.
“Estamos poniendo el acento en las actividades con contenido federal y social”, subraya el director. El próximo jueves a las 15, en la Escuela 104 de la villa Carlos Gardel, la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner; el secretario de Cultura, Di Tella, y la subsecretaria Magdalena Faillace entregarán instrumentos para la creación de la Orquesta Infantil de Morón. “Soy el mismo –dice Goldman–. No hay contradicciones entre ser funcionario y músico: las cosas que siempre pensé que debería hacer el Estado, ahora tengo la posibilidad de cristalizarlas.”
–¿Cuál es el balance de llevar orquestas a fábricas recuperadas?
–Ha transformado las conciencias de la gente. En marzo, la Orquesta Sinfónica Nacional inauguró su temporada con un emotivo concierto en la fábrica recuperada Renacer, ex Aurora (Ushuaia). Los trabajadores nos contaban cómo el concierto había generado un cambio. Más de 6000 personas asistieron. El impacto fue muy fuerte en los músicos, acostumbrados a ámbitos silenciosos, en donde no se aplaude. El maestro Calderón terminó el concierto dirigiendo las palmas del público.
–¿Cómo definiría las acciones que realiza la Dirección de Artes?
–Somos la antítesis del megaevento que caracterizó a otras gestiones culturales. Nuestra idea es realizar actividades en diferentes espacios de masiva concentración de trabajadores, aunque continuaremos con los conciertos tradicionales. Muchos sectores sienten que tienen vedada la posibilidad de ir al teatro, no sólo por lo económico sino por la creencia de que hay que vestirse y comportarse de un modo determinada.
–¿En qué consiste el programa “La música de todos”?
–El propósito es difundir las culturas regionales. En cada provincia se formó un equipo de antropólogos, músicos y bailarines para diseñar los contenidos para las escuelas públicas. Una vez preparado ese material, se formó otro equipo que durante cinco días visitará la escuela. El primer día se dan las características generales de la región. El martes asiste un músico con todos los instrumentos de la provincia, para que los chicos los conozcan y sepan cómo se fabrican. El tercer día va una pareja de baile que enseña las danzas. El jueves se hace un recital didáctico con los padres y los vecinos. Y el viernes los chicos producen instrumentos o alguna coreografía. Estamos preparando un disco con músicas e intérpretes de todo el país para entregar en cada escuela.
–¿Lo siguen llamando para tocar en piquetes o en cortes?
–No. Me proponen actividades en conjunto, como la de Renacer.
–¿Qué corte de ruta recuerda porque se emocionó mucho?
–¿Esto me conviene decirlo?
–Si no responde está prevaleciendo el funcionario...
–Es que depende de los sectores piqueteros (risas). La primera vez que fui fue en Jujuy, cuando los piquetes eran una novedad. Estuve varias veces en La Matanza. Son situaciones de mucha emotividad. No es casual que el sonido del charango despierte una cuestión de identidad muy fuerte en todos estos lugares.

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“Gracias al charango pude estar tanto en el Colón como en los cortes de ruta”, dice el funcionario.
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