CULTURA › ENTREVISTA A NOEMI LAPZESON, UNA BAILARINA DE 63 AÑOS

“Hay otra manera de ver danza”

Formada con la maestra estadounidense Martha Graham, Lapzeson presenta hoy en el C. C. Borges dos obras de danza contemporánea en las que su vitalidad desmiente la edad.

Por Analía Melgar

La carrera y hasta el nombre de Noemí Lapzeson pueden resultar completamente desconocidos para muchos. No es extraño. Esta bailarina y coreógrafa argentina, quien fue integrante de la compañía de Martha Graham, desarrolló la mayoría de sus trabajos de danza contemporánea en el extranjero. Hace tres años pasó como una ráfaga durante un festival en Buenos Aires. Volvió, de visita, hace seis meses. Entonces, el Centro Cultural Borges le propuso que trajera alguna de sus obras. Noemí aceptó. Así es como el público porteño podrá verla bailar, espléndida a sus 63 años. Antes de ofrecer cursos y funciones en un lujoso hotel de Bariloche, estará hoy a las 18 en el Borges (Viamonte esquina San Martín). Presentará dos obras dirigidas por ella: Sin título, donde el actor y bailarín Armand Deladoëy baila fragmentos de Charles Juillet, poeta francés actual, junto al saxofonista Eduardo Kohan, y Madrugada, integrada por el dúo Lapzeson/Deladoëy, con el acordeonista Daniel Perrin.
Siendo niña, comenzó a estudiar el método de Jacques Dalcroze (1865-1950), una fusión de ritmos musicales y corporales. Pronto, su madre la llevó al estudio de Ana Itelman, donde a los 14 realizó su primera coreografía. Enseguida ganó una beca para estudiar en la Julliard School. Allí encontró a la danza clásica, sólo para retornar a las formas contemporáneas, de la mano de la maestra estadounidense Martha Graham (1894-1991). A los 19 años era bailarina y profesora en la compañía de la Graham, en Nueva York. En 1968 participó de la fundación de la London Dance Contemporary School. Desde 1980 vive en Ginebra, donde dicta clases a sus alumnos, una tarea que disfruta y la enriquece, y crea sus obras en colaboración con los integrantes del grupo Vertical Danse. Ganadora de múltiples premios –entre ellos, la beca Guggenheim–, el mundo le tendió la mano: “Las cosas se fueron dando. A través de la danza descubría lugares y puertas que se me abrían. La Argentina se fue alejando de mi horizonte, pero nunca tuve el sentimiento de la nostalgia, porque pienso que lo importante es vivir en el presente”.
Las canas y las arrugas, los silencios reflexivos y los ojos de agua- marina realzan la madurez de Lapzeson, marcada por el yoga, los aprendizajes y la búsqueda de un arte esencial. Sus coreografías no hacen alarde de movimientos complejos sino que investigan patrones básicos como quietud/caos, luz/sombra, los cambios vitales y el vínculo con los otros. Precisamente, Madrugada lleva a escena la realidad de la vejez hacia la que se encaminan Lapzeson y Deladoëy. La danzan con humor hasta apropiarse de los versos de E. S. Discépolo: “Sola, fané, descangayada, / flaca, dos cuartas de cogote, / teñida y coqueteando su desnudez. / ¡Hace diez años, / fue mi locura / esto que hoy es un cascajo!”.
–¿Hay un límite de edad para bailar?
–El público pone límites, quiere ver un bailarín haciendo grandes maniobras. No sé si está preparado para lo que nosotros hacemos. En Avignon o Ginebra, Madrugada gustó: la gente se emociona mucho. Será porque se identifica... Es necesario otro prisma, otra manera de ver danza que no es la manera “normal”.
–¿Cómo fue su experiencia con Graham?
–Entrar al estudio era como entrar a un templo sagrado. Sus clases eran muy impresionantes porque ella ya era muy vieja, tenía su historia y su técnica, y su adicción al alcohol a veces era muy penosa. Pero era una diva, con mucha teatralidad. Impartía un lenguaje que había que aprender, sin improvisación. Su técnica era un lenguaje. Adquirí una gran disciplina que siguió conmigo toda mi vida. Vivir es un trabajo y bailar es un trabajo paralelo. Aprendí que el cuerpo es una fuente de sabiduría, asociada al pensamiento. Esos años fueron la base de mi conocimiento sobre la danza. Para mí la danza es un lenguaje y una manera de comunicar.
–¿Cómo surgió la Compañía Contemporánea de Londres?
–La abrimos tres discípulos de Graham, invitados a hacer una escuela y una compañía. Hoy es The London Contemporary Dance Theater, una de las compañías más importantes. Pero estoy desvinculada porque a mí siempre me importó lo que comienza, lo más pequeño. Cuando las cosas se vuelven grandes, famosas, institucionales, ya no me gustan.
–¿Qué importancia otorga a la música en sus trabajos?
–En general, tomamos la música como un acompañamiento de la danza, sin darle la suficiente importancia a la música intrínseca del movimiento. En una época dejé de dar clases con música porque me importaba que esa otra musicalidad se hiciera presente. La construcción de una obra no es sólo coreográfica sino musical, visual, lumínica. Aunque también aspiro a deshacerme de toda espectacularidad. Hoy, cada vez más, me interesa no hacer “nada”, el gesto en su mínima expresión.
–¿Cómo resuelve el problema económico de sus obras?
–Estoy agotada de la búsqueda de dinero. Además, no me interesa más el espectáculo “normal de danza contemporánea”. Prefiero los proyectos minúsculos. Para venir aquí fue una lucha. Recibimos ayuda privada pero no cobramos ningún cachet. La invitación del Borges me gustó mucho, pero no vinimos para hacer plata. Excepto para compañías muy reputadas, la danza siempre está posicionada en el último escalón de las artes.

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Lapzeson es argentina, pero vive en Ginebra desde 1980.
 
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