CULTURA › PAGINA/12 REGALA A SUS LECTORES VERA HISTORIA DEL DEPORTE, UNA OBRA FUNDAMENTAL

Oski, un retrato del sinsentido de la vida

Las nueve revistas que integran la colección demuestran la capacidad de Oscar Conti para bucear en las debilidades del hombre, con el sello de un dibujo personalísimo, inimitable.

 Por Silvina Friera

Un Genio con mayúsculas es aquel que consigue permanecer de pie cuando todo a su alrededor parece desmoronarse, es alguien cuya identidad artística se ancla en el presente histórico: “es” siempre porque, más allá de su muerte biológica, cuesta al mirar su obra decir que “fue”. Un artista genial, que normalmente se presenta como la excepción a la regla, inventa, construye y representa mundos. Oski, nacido en 1914 con el nombre de Oscar Conti, fundó una mirada dibujando. Y esos dibujos, que como recuerda Juan Sasturain en Buscados vivos, fueron hechos “con la impunidad temblorosa de un chico”, no tienen fecha de vencimiento. Bien lo saben los argentinos que fueron pibes en los años cincuenta y que hoy arañan los sesenta y que pueden reconocer las figuras desgarbadas y narigonas de Oski –que responden más a una decisión estilística que al aparente descuido–, como muchos recordarán las chicas de Divito o los textos de César Bruto. “Mi arma es un poco la del bufón: hacer reír”, dijo el dibujante. A partir de mañana, Página/12 entregará gratis, con el diario, Vera historia del deporte, una colección imperdible de nueve revistas, que permitirá disfrutar de las bufonadas inconfundibles de Oski, prologadas por Rep (ver aparte).
El estilo de Oski comenzó a esbozarse en 1942, cuando publicó sus primeros trabajos en la revista Cascabel, pero su etapa de cristalización se plasmó en las páginas semanales de Rico Tipo, en la memorable sección Versos & Notisias (sic), en colaboración con el humorista Carlos Warnes (César Bruto), o en la única tira de Oski, Amarroto. La persistencia de esta simbiosis entre el dibujante y el humorista se prolongará en Dr. Merengue, novelizaciones de obras clásicas. Cada uno entabla un vínculo de semejanza entre la palabra y la imagen; si los textos de César Bruto rompen la ortografía y la sintaxis para crear un nuevo idioma, libre de las convenciones académicas, Oski hace lo mismo en el terreno en que mejor se mueve: altera el canon del dibujo humorístico y se convierte en un ilustrador que hace humor a partir de las relaciones que se establecen entre la imagen y la palabra. Así nacieron sus obras maestras: La primera fundación de Buenos Aires, Vera historia de Indias, Comentarios a las tablas médicas de Salerno y su Vera historia del deporte, entre otras.
En Vera historia del deporte, publicado en 1973 en Ediciones Universitarias de Valparaíso (Chile), el maestro despliega un catálogo de personajes, animales y objetos, made in Oski: señores con reminiscencias del siglo XIX, vestidos con levita y bombín, con ojos vacíos, sin pestañas, como unos huevos blancos enormes que no pierden la expresividad, figuras narigonas, un tanto panzonas y de piernas extremadamente delgadas, mujeres malhumoradas, de línea cilíndrica o esos espirales adornados que representan al sol (similar al que garabatean los chicos en sus dibujos de iniciación). En la primera revista de la colección que ofrece el diario, Oski desacraliza el billar y el remo con su mirada jodona. Hay un hombrecito aferrado a un serrucho, concentradísimo, parado detrás de un elefante. Algunos historiadores han señalado el sinsentido que suponía que criaturas poco más inteligentes que el elefante asesinaran a estos magníficos animales para jugar al billar con bolas fabricadas con sus colmillos. Pero ese primer cuadro obliga a pasear la mirada por el cúmulo de detalles que ambientan la situación: el tamaño de las bolas de billar, el colmillo del elefante –que se supone que puede producir hasta cinco bolas–, el taco y el rateau y cómo los dedos de las manos adoptan distintas posiciones sobre el taco. Y en los cuadros sucesivos se pasa de la ceremonia previa (la selección de las bolas por su peso, el nivelado de la mesa o el entizado del taco) al juego propiamente dicho.
El dibujante no subraya el posible ridículo de los textos, sino que apuntala las escenas desde una literalidad exacerbada: sus dibujos no se apartan ni un ápice de lo que se haya dicho o escrito sobre la historia de los deportes que desacraliza. El humor, entonces, surge de la literalidad, nunca de la parodia. No es el texto en sí el que disloca el sentido; es la extrema literalidad de sus ilustraciones, garabateadas mediante un deliberado trazo infantil, la que provoca el estallido del sentido de la palabra. Rep señala en el prólogo de la colección que Oski fue un artista que se mofaba de la obsesión documental, de lo “objetivo”, “exagerándolo todo hasta volver estúpida la solemnidad”. Esta estupidez de la solemnidad, y acaso del empeño de los hombres como empresa absurda, atraviesa los cuadros que muestran los antecedentes remotos del remo, desde el bajorrelieve de la kuffa asiria hasta esos dos hombres que pierden el sombrero, los anteojos (dos huevitos sin armazón), pero nunca la paciencia. “Toda su obra –advierte Sasturain en Buscados vivos– puede verse, sin forzarla, como un agudo y piadoso registro de los pueriles esfuerzos humanos para encontrar un sentido donde no lo hay, apostando por la locura, luchando contra el mal y los fantasmas, codificando el amor y reglamentando el absoluto, sacralizando el poder y claudicando ante la enfermedad. Su dibujo tiende constantemente a desmitificar los gestos vacíos, encontrar la cotidianidad en lo formal, la estupidez en el empaque soberbio, la oquedad de las reglas.”
La segunda revista de esta colección documenta la mirada de Oski sobre la natación y la gimnasia. Desde los simpáticos trajes de natación (una suerte de globo inflado con rayitas), pasando por esos pájaros picudos sin alas, hasta los dientes de los peces, todo lo que Oski lanza sobre los cuadros, incluso los objetos –que en otros dibujantes funcionan como elementos ornamentales–, está en el mismo nivel que las figuras humanas. Pero aún más: el dibujante logra que esa malla de baño, que los sombreros, los pájaros, los cangrejos y hasta una cama resulten simpáticas y graciosas, a veces mucho más que los personajes principales, que las figuras humanas. Y, como en su Vera historia de Indias, en las ilustraciones sobre la natación se reconoce el documento fuente: hay un dibujo que evidentemente se parece al detalle de un vaso antiguo griego fechado en el año 570 a. C. El tercer y cuarto número de la colección están dedicados al automovilismo, el rugby, la lucha y el ajedrez; el quinto, al sabate y al karate; el sexto, al box y la equitación; el séptimo, al fútbol y al atletismo; el octavo, al ciclismo, bastón y esgrima y el último a la aviación y al tenis.
A su manera, Oski fue un antropólogo cultural que rastreó en el deporte los signos de un universo paradójicamente verdadero. Esta genial Vera historia del deporte certifica que Oski –que murió el 30 de octubre de 1979– es “un ilustrador del carajo” que posee la virtud de ser inagotable.

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