DEPORTES › EL INCREIBLE MUNDO DEL DOPING EN EL CICLISMO

Pis con trampa

La publicación en Italia de “Masacre en cadena”, de Willy Voet, ex masajista del equipo Festina, revela entretelones, trampas e ingeniosos desvíos urinarios a la hora de esquivar los análisis. Si no fuera trágico resultaría divertido.

Por Carlo Pignone Ficco
El contenido del libro Masacre en cadena, del que es autor el ex masajista del equipo de ciclismo Festina, Willy Voet, ha causado asombro por la crudeza con que admite el doping y los métodos para burlar los controles. La edición del libro en Italia, una de las potencias de ese deporte, provocó reacciones como la del periódico deportivo La Gazzetta dello Sport, que califica el volumen como “librito del horror”.
“Es la confesión abierta de un hombre que formaba parte de la cadena del dopaje, con una posición destacada”, señala La Gazzetta al mencionar a Voet, en cuyo automóvil la policía aduanera francesa encontró todo el material de doping del Festina en un control efectuado en la víspera del Tour de Francia de 1998.
Voet, belga, de 58 años, tenía en su poder 400 dosis de productos de doping (anabolizantes, anfetaminas, eritropoyetina). El pasado 22 de diciembre fue condenado a 10 meses de prisión condicional, en un proceso en el que el corredor francés Richard Virenque, que había admitido haber asumido eritropoyetina (EPO, sustancia que facilita la oxigenación de la sangre), fue absuelto.
En el libro, Voet cuenta, por ejemplo, que Virenque era el que “empujaba (a sus compañeros del Festina) al consumo” en el período de preparación para el Tour, una carrera cuya victoria persiguió infructuosamente, pero que lo había hecho de todas formas famoso.
“A partir de 1994 –escribe–, Virenque se informaba sobre el desarrollo de las operaciones relativas a la EPO y a la hormona del crecimiento.” Según Voet, el Festina había implantado incluso un sistema de descuento de dinero de las nóminas según el consumo de productos para el que “anticipaba los fondos”.
Voet denuncia también que se intercambiaba los productos dopantes con colegas de otros equipos, entre ellos el Lotto. “Muy a menudo he asistido a discusiones entre los médicos de los equipos, cuyo objetivo era invariablemente la preparación (de productos de doping).”
Al aludir a otras carreras, como el Giro de los Criterium, inmediatamente posterior al Tour de Francia, Voet menciona el caso de dos grandes corredores belgas, cuyos nombres no revela, con los que compartía la habitación y donde se preparaban los “cócteles más explosivos”.
“Los corredores se reunían, a menudo siete u ocho, a veces en grupos más pequeños. Todo ocurría en familia, como también, con varios días de anticipación, se fijaba en familia el resultado de la carrera”, señaló.
Después del almuerzo, “se procedía a menudo de la forma siguiente: en un gran recipiente cada uno ‘metía’ algo. Que si una ampolla de Pervitin, otra de Tonedron, una de Md... Una copa común, por decirlo de algún modo, que una vez mezclada ‘se servía’ a cada uno por vía subcutánea...”
Voet se muestra pesimista sobre la ofensiva para frenar la EPO, ya que esta sustancia “ya ha sido suplantada por otros métodos de doping”, entre ellos un producto que se emplea en el tratamiento de algunos tumores cancerosos, conocido como el interleuchina, o IL-3.
El ex masajista relata algunas de las técnicas empleadas para burlar los controles, entre ellas la de acudir a los análisis con el brazo enyesado y ofrecer a los médicos una orina que los corredores escondían en un preservativo oculto en el vendaje.
Otro sistema para echar en el recipiente del control una orina “limpia” era mucho más asombroso. Consistía en un tubo de goma, flexible y rígido al mismo tiempo, en una de cuyas extremidades se introducía un tapón de corcho y en la otra un preservativo.
“Para mayor precaución se le pegaban pelos de alfombra o simplemente pelos en la parte del tubo que quedaba fuera del profiláctico”, escribe Voet.
En el vehículo del equipo donde los corredores iban a cambiarse antes de pasar el control, se pasaba a la segunda fase: se introducía en el ano la extremidad del tubo que llevaba el preservativo, se inyectaba con unagruesa jeringuilla orina “normal”, se cerraba el tubo y se pegaba a la piel, adhiriéndolo al perineo, hasta la base de los testículos.
Con ello se explica la utilización de pelos, para camuflar el tubo en el caso de que el médico inspector decidiese agacharse para verificar si todo estaba normal. “El preservativo cargado de orina se expandía en el ano y, además, ofrecía la ventaja de conservar el líquido caliente”, indica. Luego se retiraba el tapón de corcho y se vertía en la probeta la orina “limpia”.
“He usado esta estratagema durante tres años con toda tranquilidad”, señala Voet.
El ex masajista precisa que el “maquiavelismo” llevaba a algunos corredores al dolor extremo. “En algunos equipos, el médico, a veces un especialista urólogo, recogía la orina de los corredores antes del doping. En algunos casos, si era necesario, llegaba a la uretra con la jeringuilla, a una profundidad de dos centímetros, para inyectar la orina limpia. Había que apretar los dientes. Y los apretaban.”

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