DEPORTES › DESPUES DEL EPISODIO AMELI-TUZZIO

De qué debe cuidarse River

La historia del fútbol está llena de peleas entre compañeros, pero la puesta en escena de esta disputa ha dejado grietas, pese a todo.

 Por Pablo Vignone

En 1939, la Comisión Directiva de River sancionó con una suspensión a uno de los jugadores del equipo de Primera División, José Manuel Moreno. Solidarizándose con su compañero, los demás futbolistas, acaudillados por Adolfo Pedernera, se declararon en huelga. De manera que el partido si-guiente, ante Racing, lo jugó el equipo de Reserva. Los suplentes terminaron ganando el partido 3-1 y la gran figura fue un joven que convirtió un par de tantos y se asentó definitivamente en Primera. Se llamaba Angel Labruna. Ni Moreno ni Pedernera lo tragaron, acusándolo de “carnerear”, y no le dirigieron la palabra. Nunca, ni cuando integraron aquella delantera de 1941 que pasó a la historia como la Máquina.
Más o menos para la misma época creció la leyenda de Adolfo Forrester y Manuel De Saa, la zaga central de Vélez, que jugó una década completa en Primera. La leyenda cuenta que ambos zagueros sólo se hablaban dentro de la cancha: afuera los distanciaba un problema personal, que no les impidió descollar en sus puestos; Forrester, incluso, llegó a jugar en la Selección Argentina.
River pretende volver a la normalidad después de la tormenta mediática que lo sacudió esta semana con la puesta en escena de la pelea entre sus dos zagueros centrales, Horacio Ameli y Eduardo Tuzzio, de la que sólo falta contar lo obvio. Tan poderosa fue la exposición que tapó incluso en repercusión el almuerzo que el plantel disfrutó el miércoles con presuntos barrabravas en el predio de Ezeiza.
Tanto el entrenador Leonardo Astrada como el capitán Marcelo Gallardo volvieron ayer a bajar los decibeles del problema con un mensaje dominante: “River es más grande que cualquiera de los que pasan por el equipo”, un mensaje que permite lecturas cruzadas. No sólo River-símbolo importa más que un ídolo circunstancial; tampoco se dudaría, aparentemente, en desembarazarse de cualquier integrante del plantel.
Los jugadores no rompen sus códigos: no sólo no revelan el tenor de las enemistades (que existen dentro del plantel riverplatense y que pretenden ser menos trascendentales que su misión profesional de ganar campeonatos) sino que potencian el bien común (ganar títulos, que es lo mismo que ganar dinero) al placer individual. Pasado en limpio, significa que los jugadores no toleran una distracción; pero, ¿tolerarán los rivales desaprovechar una oportunidad como ésta?
River afronta una verdadera prueba. Lo que sucedió entre Moreno y Pedernera, por ejemplo, se sabía entonces tal como se supo ahora. Pero en esa época no iban periodistas a los entrenamientos, y a nadie se le ocurría difundir algo así. Sin embargo, en una era como la actual, en la que los jugadores explotan las ventajas casi hasta lo indecente (como cuando reclaman amarillas para los rivales), a algunos futbolistas que verán a River en una cancha próxima se les hace agua la boca. Esa es una desventaja con la que no contaban los compañeros que se peleaban medio siglo atrás.
La estadística reciente muestra que, sin la dupla Ameli-Tuzzio en la zaga, a River le convirtieron 10 goles en tres partidos (2-4 ante Newell’s, 3-3 con Argentinos, 1-3 con San Lorenzo). Es decir, Astrada se ve casi que obligado a incluirlos en el equipo titular: lo hará mañana frente a Olimpo y el martes en Quito ante la Liga Deportiva Universitaria. Los necesita. Y esa necesidad puede hacer más vulnerable al equipo.
A diferencia de Boca, River tiene chances expectantes en los dos torneos que está disputando, el Clausura (tercero a dos puntos de los líderes Estudiantes y Vélez) y la Copa Libertadores (en la que fue el mejor equipo de la fase regular, con el 89 por ciento de los puntos). El plantel, el técnico y los dirigentes no quieren permitir el desplazamiento hacia una zona de riesgo de esas alentadoras chances. Pero tienen que saber que, en la era de la exposición mediática –la misma que les posibilita a los jugadores ganar fortunas por partido jugado gracias al mecanismo aceitado que proporciona la TV– una cuota importante del destino ya no está en sus manos ni depende de su voluntad exclusivamente.
Aunque cierren filas, aunque Ameli y Tuzzio demuestren un acoplamiento técnico impecable (el que, honestamente, ha sido menos que corriente, con especiales inconvenientes en las pelotas aéreas y en la coordinación), los rivales ya saben dónde está la grieta.

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Horacio Ameli, uno de los protagonistas del entredicho.
 
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