DEPORTES › CRóNICA DE UN DíA MUY, MUY EXTRAñO EN EL PAíS HERMANO

Una espina con nombre y apellido

 Por Eric Nepomuceno

Desde Río

Algunas espinas tienen nombre y apellido. Por ejemplo: Guillermo Ochoa, el arquero de la selección de México. Sus defensas espectaculares terminaron por anular la floja, flojísima actuación del seleccionado brasileño. Pinche Ochoa, diría un mexicano. Sea como fuera, esa espina está clavada en la garganta de un país llamado Brasil. ¿Tendrá idea, ese muchacho de 28 años, de cuántas gargantas hirió, de cuántas almas sacudió en Brasil, este martes 17 de junio? Claro que tuvo un desempeño estupendo. Pero precisamente por eso nos molestó tanto. Hubo otros buenos jugadores mexicanos en la cancha, algunos especialmente peligrosos, pero ninguno de ellos causó el desastre –visto desde nuestro punto de vista, desde luego– que causó el joven Ochoa. Un partido raro, que nos dejó un gusto raro en la boca. Si repetimos la actuación de ayer frente a otros equipos de mayor peso, estamos fritos.

A propósito: además del partido, todo, ayer, ha sido un tanto raro en Brasil. Aquí, el aeropuerto Santos Dumont, nuestra versión del aeroparque de Buenos Aires, amaneció cubierto por una niebla inexplicable y quedó cerrado por casi cuatro horas. Nada menos que 33 vuelos fueron cancelados. Extranjeros de todas partes, que pretendían embarcar para ver a sus equipos en otras ciudades brasileñas, quedaron varados. Dos muchachas rusas, rubias y espantadas, perdieron el partido de su selección contra Corea del Sur. Un norteamericano no sabía cómo encontrar a su hermano, que vendría de Dallas para reunirse con él y, juntos, volar hacia Fortaleza. Caos absoluto, pero no tan total como el nudo que se armó en San Pablo: 297 kilómetros de embotellamiento fueron registrados en las calles de la ciudad. La ansiedad de llegar a casa para ver Brasil-México sirvió para dejar bien claro que no hay límites para el tránsito absurdo de la mayor metrópolis brasileña.

En la otra punta del mapa, en Fortaleza, capital del estado de Ceará, la fiesta empezó temprano. Para incrementar el clima festivo, unos 17 mil mexicanos deambulaban por la ciudad desde hace dos días. Y cuando terminó el juego, tenían muchas más razones para celebrar. Al fin y al cabo, Brasil era el favorito absoluto. Para los mexicanos, un empate sería –y fue– una victoria. Pocas horas antes de que empezara el partido, el mercado negro alcanzó su auge: había gente dispuesta a pagar poco más de dos mil dólares por una entrada. Mexicanos, claro, lo que puede significar que la economía del país marcha muy bien, o que muy pocos ganan muy mucho. Hubo intentos de marchas y protestas, en Fortaleza y Belo Horizonte, pero fueron controlados por la policía, sin mayores incidentes. Al menos hasta ahora, el clima está bastante más ameno que aquel de hace un año, cuando coincidieron con la Copa de las Confederaciones las mayores protestas públicas, multitudinarias, que el país vería en décadas.

Brasil mostró un juego flojo, desarticulado, pifio. Pero que, de no ser por esa pared con nombre y apellido, hubiera ganado un juego importante. Porque, para un brasileño, cualquier partido es importante. Tanto vale si contra un equipo frágil o poderoso: el brasileño no acepta un segundo lugar. O se es primero o nada sirve. Lo de ayer sirvió de doloroso alerta: si contra uno de los equipos que consideramos de primera jugamos tal y como jugamos contra México, estamos perdidos.

México nunca ha sido un adversario peligroso para Brasil. Bueno, casi nunca: hay antecedentes negativos, pero jamás en un Mundial. Hemos perdido dos juegos decisivos en los últimos años, como la final de los Juegos Olímpicos en Londres, en 2012, o en la Copa de las Confederaciones, en 1999. Pero jamás en un Mundial. En las tres ocasiones en que nos encontramos en el torneo máximo del fútbol fuimos implacables, o casi. En 1950, apertura de la Copa del Maracaná, los aplastamos por cuatro-cero. En el estreno del Mundial de Suiza, en 1954, el marcador aumentó: ganamos por 5-0. En 1962, otro estreno, otra victoria, aunque más apretada: 2-0. Vaya día, el de ayer...

Por si todo eso fuera poco, hay que recordar que en los últimos años México viene trabando otra disputa con Brasil, y no en las canchas. Porque si en el fútbol Brasil es, desde luego, el pleno favorito, en otro campo de batalla –la sacrosanta, vaga, misteriosa y muy poderosa entidad llamada “mercado”– los mexicanos vienen incomodando bastante. Son modelos económicos muy diferentes, como en el fútbol son diferentes los estilos y estrategias, pero con el mismo objetivo: conquistar más y más inversiones globales en el primer caso, mantenerse en la cúspide del fútbol en el segundo. México apuesta por seguir la línea determinada por el mercado abierto, es decir, por lo que Washington impone que los demás practiquen mientras se cierra cada vez más. Brasil apuesta por otra estrategia. Pero ahora mismo, lo mejor es dejar esas observaciones descansando y volver a la misma pregunta: ¿Quién diablos es Guillermo Ochoa? ¿De dónde surgió? ¿Por qué nos hizo lo que hizo? Que se queden con las inversiones y lo que quieran. Pero que saquen a Ochoa de la cancha.

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