DIALOGOS › CRISTINA VASSALLO DE CETTOUR, MUSEóLOGA

La familia de los arqueólogos

Dirige un museo en su Concordia natal que fue creado con colecciones privadas. Una la comenzó su padre, la siguió ella con sus hermanos, la aumentó con su marido y sus hijos, y ya está teniendo aportes de los nietos. Una historia de amor a la historia, profesionalismo amateur y construcción del patrimonio en Entre Ríos.

 Por Andrew Graham-Yooll

–Impresiona de su relato que la labor de colección de artefactos arqueológicos y antropológicos que están en este Museo de Antropología y Ciencias Naturales abarca tres generaciones de la familia (su padre, usted y sus hermanos, su marido y usted y sus tres hijos), y quizás hasta estemos incorporando una cuarta, con sus nietos. Describa un poco esta familia que llegó a hacer este museo.

–Mi padre, Nelson Oscar Vassallo (1921-1989), fue un aficionado de la arqueología desde muy joven y toda su vida logró hallazgos de elementos que a él le parecían de valor. Su zona de búsqueda fue la región de Salto Grande, obviamente que mucho antes de construirse la represa. Después recorrió la costa del río Uruguay medio y llegó hasta Corrientes, pero en Salto Grande fue pionero en los hallazgos arqueológicos. Y de ahí comenzó su inquietud por estudiar los elementos que encontraba. Estamos hablando de allá por el año 1937, que es cuando se registran sus primeros hallazgos, después a partir de 1945 siguió con más firmeza. Se pasó más de 42 años buceando el pasado.

–¿Cuál era su ocupación?

–Era cobrador de la luz. Muchos habitantes de Concordia lo identifican como el último cobrador en bicicleta. Mi madre era peluquera. Los fines de semana siempre nos llevaban a nosotros a Salto Grande. Teníamos un rancho en la costa, estaba en un lugar medio aislado. Desde que nosotros, es decir, desde que mi hermano mayor tenía 40 días, ya estábamos en Salto Grande. Estamos hablando del paraje natural del lugar, antes de la represa y el lago. Personalmente, pienso que pudo ser el “yvy mara’ey”, que es la tierra sin mal que buscaban los guaraníes. Ahora le escribo ese nombre.

–¿La región de Salto Grande era muy especial porque el río traía todo y se detenía en los saltos?

–En realidad, no. El lugar de habitación estaba en los cerros. Había restos arqueológicos en todos los cerros, básicamente de una profundidad de hasta dos metros, que demostraban la presencia del ser humano desde hace 10.000 años. Había restos que pertenecen a la familia charrúa, a la gran nación charrúa. Hay restos que pertenecieron a los yaros (nación lingüística kaingang) que son de una familia que en Entre Ríos tomaron ese nombre. Luego de ser sojuzgados por los charrúa, en una pelea interna, los sobrevivientes se unieron a sus vencedores para luchar contra el español. En las islas del río Uruguay habitaron los guaraníes, la nación tupí guaraní, que fueron bajando desde Paraguay y Brasil, por el Uruguay, según se cree, llegaron al mismo lugar los chaná (los chaná timbu eran un pueblo pacífico que vivían próximos a los charrúa).

–Volvamos a la parte familiar de esta historia...

–Bueno, ya le dije que siguiendo a nuestro padre, primero nos interesamos con mis hermanos Jorge y José Luis. Luego yo iba con mi esposo, y desde su nacimiento nos acompañaron nuestros tres hijos, Daniel, el mayor, que nació en 1968, y mi otro hijo Ricardo, que hizo importantes hallazgos arqueológicos que están en el Museo. Ricardo cubrió el lugar de mi esposo, Miguel Cettour (fallecido en 2007), llevándome en nuestro auto a todos lados cuando había que ir a investigar algo, pedir presupuestos o realizar compras. También logré contagiar a mis nueras en esta pasión. Mi hija menor, Silvia, es museóloga y hoy es mi principal colaboradora en la dirección del día a día del museo. Ella nació en el ’73, y aprendió a caminar allá en Salto Grande. Una vez casi se la lleva el río. Menos mal que era rubia, rubia, porque así alguien vio la cabellera y la sacó de los pelos. Mi esposo y yo, la familia, vivíamos de nuestro trabajo en una casa de fotografía. Muchas veces tuvimos que dejar de lado el trabajo para ir a dar charlas en los colegios. En 1992 comencé a estudiar museología y entré a trabajar en la municipalidad, habiendo cursado el primer año. Esta labor familiar llegó hasta un poco antes del ‘78, cuando el gobierno ordenó sacar a todos los ranchos del lugar, previo al llenado de la laguna de la represa. Hasta ese entonces habíamos ido, toda la familia siempre trabajando en esto, pero después no quisimos ir más porque dolía mucho ver el paisaje que tanto amábamos desaparecer bajo el agua. Claro, hemos ido a muchos otros lugares, más arriba y también río abajo. Y bueno, es el precio que hay que pagar por el progreso, según dicen.

–Usted y sus hermanos aprendieron los elementos de arqueología de su padre, pero ¿él los alentaba a leer textos y buscar referencias? ¿O simplemente dialogando con su padre ustedes iban aprendiendo?

–En realidad sucedió que mi padre se formó mediante libros y buscando el asesoramiento de profesionales y llegó a tal punto su conocimiento que lo llamaban “colega”. Yo compartía mucho con él cuanto libro estuviera a nuestro alcance. Papá vivía comprando libros, los pagaba mensualmente como se hacía antes. Su sueldo era modesto. A través de esos libros, que leía primero él y luego yo, los conversábamos y sacábamos conclusiones. Lo que teníamos que hacer era tratar de ubicar lo que se iba encontrando. Mis hermanos aprendieron más, quizás, en forma oral, escuchaban y asimilaban. Pero yo era la que tenía que escribir cartas que me dictaba mi padre cuando se comunicaba con personas en todo el país. Todos ayudábamos a hacer los inventarios y la clasificación. Esa colaboración familiar fue hasta el final, cuando en 1986/7 estaba preparando el informe del último gran yacimiento que hallamos. Dos años después mi padre falleció. El hallazgo era del año 1970/71, un poco más al norte de Salto Grande, en la desembocadura del arroyo Chaviyú, más cerca de Federación. Hubo una bajante muy grande, sin precedentes. Fuimos todos, con otro investigador integrante de la ex Sociedad Concordiense de Arqueología, Roberto Arena, para aprovechar la bajante del río. Hicimos una gran recolección de piezas, tomamos fotos de la barranca para ubicar los hallazgos, y tomamos muestras para analizar y determinar la antigüedad, aunque a simple vista eran todas piezas muy antiguas. Eran piezas “pre cerámicas”, antes de la existencia de la cerámica, datadas relativamente en 12.000 años de antigüedad. Le decía esto para ilustrar que a mi padre lo acompañábamos a todos lados y así aprendíamos de él. De ese aprendizaje nos quedó un amor muy intenso por el rescate, por la valoración, por el querer compartir con la comunidad el conocimiento de lo que acá había. En esos tiempos no se hablaba de la región de Salto Grande en cuanto a la existencia de aborígenes.

–¿Qué se hacía con toda esa información que recopilaban dado que al decir de usted no había conocimiento? Pero, ¿había interés?

–De a poco, sí. Cuando empezamos a estudiar los diferentes grupos humanos de la región y tuvimos el asesoramiento de especialistas que permitió clasificar cada hallazgo, esto era comunicado a la Sociedad de Arqueología. Yo le estoy hablando ahora de hallazgos que hicimos en 1971, antes le hablaba de hallazgos de papá que provienen de 1945. Al ser pionero lo que hizo fue transmitir sus conocimientos a otras personas, sin ninguna clase de egoísmo. Se juntaron amigos que, como él, eran autodidactas muy estudiosos y con profesores de distintos institutos se formó la sociedad de arqueología de Concordia. Mi padre fue también fundador de otros museos en Concordia, el primero cerró al poco tiempo por falta de espacio. Otro, que aun perdura, es el museo regional. Mientras no se fundaba un museo con buen espacio, en casa construyó un enorme galpón, puso sus hallazgos en estantes que todos ayudamos a construir, e hizo un museo privado. Ahí visitaban las escuelas, también especialistas de todo el mundo, porque muchas piezas son exclusivas de esta parte del litoral argentino. Fue una tarea de docencia importante.

–Con el museo ya puesto en casa, que naturalmente pasa a ser una instalación sobre la que hay que avanzar ¿como progresan?

–Mi padre siguió en el museo regional, como parte de la asociación de amigos, para apoyar su objetivo de crear un museo de antropología. Todo lo hizo, es importante decirlo, sin que nadie le diera un peso. De joven, mi padre hacía los 40 kilómetros hasta Salto Grande en bicicleta, con una colchoneta para pasar la noche, y con la caña de pescar atada al caño.

–Usted dijo antes que toda la familia estaba involucrada en esta pasión por la búsqueda, y que luego reclutó al que sería su marido, Miguel Cettour. Dígame cómo fue eso, cuando se puso de novia usted le dijo, “Vení, vení, que te muestro mis piedras” o cómo fue la cosa.

–(Risas.) No, nos conocimos por un amigo común que también su familia tenía un rancho en otro sector de la costa y todos pasábamos los días juntos. Ahí se entabló la relación. Nos casamos en el ‘67, cuando yo tenía 17 años. Mi marido fue un gran entusiasta de la arqueología como todos nosotros. Tuve la suerte que toda la vida mi esposo me acompañó, antes y después del fallecimiento de papá, y hasta su propia muerte en 2007, cuando instalamos el museo en la vieja estación central de Concordia. Lamentablemente no llegó a la instalación del museo actual en esta casa.

–¿Cómo es para el autodidacta (dejemos de lado al especialista) que pasa de hallar una pieza a saber que está ante un yacimiento?

–A través de los libros. De última, eran los mismos libros que usa un estudiante para la carrera, también los lee un autodidacta. Mi padre estudiaba ahí. Además estudiaba desde el punto de vista de una persona adulta con un interés centrado, no como una carrera que le permita tener un empleo el día de mañana, sino como algo que realmente amaba. Empezó de muy joven. Primero se dedicó a la búsqueda de elementos, luego también iba formando su familia. Después íbamos todos los fines de semana y todas las vacaciones a Salto Grande y a otros lugares que fuimos descubriendo.

–¿Y todo lo hallado venía a parar a ese galpón en la casa?

–Naturalmente y cuando aparecían piezas nuevas había consultas, asesoramientos, cartas y escritos. Dentro de esas andanzas lo llamaban amigos para decir “en mi campo apareció algo... ¿Por qué no te das una vuelta?” Una vez fuimos a un lugar a pasar el día en el Departamento Colón y a orillas de un arroyo encontró una mandíbula inferior de mastodonte. Eso ya es un bien paleontológico. Eso requirió ponerse en contacto con especialistas, como el director de paleontología en el Museo de La Plata. Y también había otro especialista en Montevideo a quien se consultaba porque sobre la costa uruguaya también se hacían estos hallazgos. Para lo que era geología, el doctor Rafael Herbst paraba en casa cuando hacía investigaciones paleo botánicas y geológicas con la doctora Alicia Lutz. Mi padre halló una especie de palmera fósil en Entre Ríos, y una especie vegetal paleo botánica lleva su nombre. Cuando mi padre murió en 1989 yo tomé el lugar de él en la dirección de la colección y en dar charlas en las escuelas. En 1991 armamos una exposición como parte de un homenaje a mi padre y en tres semanas la visitaron cinco mil chicos. Ahí nos pidieron que extendiéramos la exposición...

–¿Qué pasó con el galpón que tenían en su casa?

–El galpón tenía algunos elementos en exposición, pero había mucho en cajones porque hay demasiado. La muestra que le dije era una parte del total, dado que había miles de piezas. Luego una parte se trasladó al museo regional. Hay mucho todavía en el galpón.

–¿Usted vive ahí todavía?

–Yo vivo ahí, en la casa, no en el galpón, tenemos que traer al museo algunos fósiles que encontramos en la campaña de 2006. Pero en el museo falta lugar, si bien de mi casa ya se trajo casi todo. La base del museo es la colección de papá más el aporte de la colección que fue de don Pablo Heck y de Ruth Heck, de la sociedad de arqueología. Las familias HeckKieffer aportaron mucho material, de arqueología argentina y artesanía, al museo. Está todo inventariado con excepción de los últimos elementos que han ido ingresando y que datan de los últimos meses, de cuando nos mudamos al nuevo edificio. La casona es maravillosa pero lamentablemente hay lugares en el fondo que ocupan otras reparticiones del gobierno de la ciudad y eso no nos permite trasladar los depósitos de otros lugares. Bueno, eso y además falta personal. La casa que fue de Ferrocarriles Argentinos nos la entregaron durante la gestión del presidente municipal Juan Carlos Cresto con la autorización de las reformas, pero quiero rescatar que la actual gestión del presidente Gustavo Eduardo Bourdet está dando aliento al proyecto de ampliaciones. Se está trabajando en la búsqueda de fondos por parte de entidades públicas y privadas y eso nos llena de alegría. Cuando eso se logre realmente vamos a poder encarar la instalación completa del museo y la extensión educativa. Queremos una sala de usos múltiples, sala de conferencia y también un micro cine, todo lo cual consideramos necesario.

–Usted alguna vez me relató una linda anécdota, muy ilustrativa, de esta pasión familiar. Se refería a un hallazgo de una vasija justo en el momento que toda la familia se retiraba de la costa al final de un día. De golpe vio algo que le llamó la atención...

–Eso sucedió un atardecer en 1990, cuando ya había subido el agua de la represa y estábamos aguas abajo. Toda la familia había pasado por el lugar, incluso los chicos y mi marido habían sacado el bote y lo arrastraban hacia la barranca. Yo los seguía, caminando, mirando el suelo como lo he hecho toda la vida. Vi algo que parecía un aro, que pudo haber sido cualquier cosa. No me animé a tocarlo. Llamé a toda la familia porque me había entrado una emoción muy grande. Mi esposo fue el primero en decir que era una olla y que estaba completa. No lo podía creer, es tan raro. Nunca habíamos hallado restos arqueológicos tan cerca del río. Escarbamos, vimos el característico trabajo imbricado guaraní, escarbamos más, hicimos un agujero grande. El río venía creciendo, pero logramos sacar un bloque hacia una zona más seca. Ahí sí vimos que era un recipiente guaraní, totalmente roto, pero las piezas todas unidas por el sedimento. En casa lo lavamos y nos tomó una semana armarlo, trabajito delicado que hicimos con mi hijo mayor. La olla está en una vitrina del museo. Ese hijo mayor, Daniel, cuando muy chiquito se estaba bañando en Salto Grande y en el corte de la tierra ve asomar algo. Salió corriendo a llamar al abuelo y anunció que había visto una “olla de los indios”. Era una joya jesuítica guaraní.

–Y ahora reclutó a los nietos...

–Sí, pero hay muchas cosas que han ido cambiando desde la época de mi papá. En esos tiempos había muy pocos arqueólogos y no había medios para traer equipos y gente para trabajar. Esa falencia se cubría con los profesores de prehistoria del Instituto del Profesorado. Ahora hay nuevas leyes sobre conservación de patrimonio y al estar en una institución tratamos de encauzar las investigaciones, para poder conocer mejor los hallazgos. Cada cosa que se pierde, que es llevada a una casa y puesta en un estante como trofeo o “souvenir” a nosotros, digo a todo el pueblo no sólo nosotros como museo, no nos permite saber qué había en un lugar. Una persona que se lleva un fósil a su casa nos quita la posibilidad de saber qué otras especies había en el lugar. Estamos tratando de hacer un trabajo de concientización, para que la gente sepa por qué es importante que se estudie lo que tenemos en un lugar adecuado y para construir una identidad nuestra. Eso les enseño yo ahora a mis nietos. Si nosotros hacemos un hallazgo, lo declaramos, para que quede registrado ante la autoridad, que es el Museo Provincial Antonio Serrano, de Paraná. Es la única forma de seguir adelante. Le aseguro que mis nietos siguen muy interesados. Mi nieta más chica, que ahora tiene seis años, aprendió a caminar allá en la costa del río. Una de las nietas encontró un hueso petrificado, difícil de reconocer, pero ella lo levantó. Tienen buen ojo porque vivieron entre esto.

–Son cuatro generaciones en la arqueología. Pero ahora cambió el concepto de recolección para la investigación. Usted dijo en algún momento que hasta media Concordia debe tener elementos arqueológicos en su casa.

–No digo fósiles, pero sí artefactos. Todavía hay gente que sale a buscar en Salto Grande y no son declarados los hallazgos. Es un yacimiento sumamente rico. La ocupación temporaria del lugar, como mencioné antes, data de unos diez mil años atrás hasta la llegada de los españoles. Es un lugar que fue continuamente habitado porque era perfecto para practicar la caza, la recolección y la pesca. La pesca también se hacía cazando, con arpones o lanzas, y mucho de eso hay todavía bajo el agua. Por eso dije que era considerado el lugar del paraíso terrenal.

–Usted dio mucho de sí misma en este asunto, y también lo hizo su padre...

–También con mi esposo. Nunca medimos las consecuencias económicas particulares que nos podía traer el rescate de tantas cosas. Rompimos dos autos en nuestra campaña de recolección de fósiles. Son tan pesadas algunas piezas... Recuerdo una vez que la camioneta Ford venía tan cargada atrás que levantaba la trompa del vehículo y mi esposo casi no podía ver la ruta. El último vehículo que tuvimos, un R12, lo vendimos por chatarra. Las bodas de plata de nuestro casamiento las cumplí estudiando museología en la escuela en Concepción del Uruguay. Comencé a trabajar en el Museo de Artes Visuales de la Concordia, no en arqueología, cuando Carlos Miggoni era director de cultura y Jorge Busti era presidente municipal. Ahí empezamos a trabajar en el proyecto para el museo de ciencias naturales, labor que significa superar todos los palitos en la rueda puestos para que no se fundara...

–¿Qué palitos?

–Una autoridad que vio nuestro expediente, comentó, “Concordia tiene dos museos, ¿para qué quieren otro?” Cosas así. En mayo de 1996 el museo se funda por ordenanza...

–¿Cómo se administra?

–Tiene una composición mixta. Por un lado la Municipalidad de Concordia, y por otro una Asociación para el Estudio de las Ciencias Antropológicas y Naturales (Apecan), que es sin fines de lucro.

–Los museos tienen la obligación de combatir el tráfico ilícito, ¿cómo se enfrenta este problema? Importa que se respete la condición de propiedad pública.

–Si busca los orígenes de los grandes museos que tiene nuestro país, va a ver que nacieron por el coleccionismo de personas que han querido que ese material esté a disposición de la comunidad. Aquí siempre dijimos que todo esto no es nuestro y tiene que quedar para la ciudad de Concordia y toda la nación. A mi padre y a mí nos han ofrecido mucho dinero por piezas que hallamos. Recuerdo que una vez vino gente de Europa que quería comprar, por el precio que mi padre fijara, piezas muy importantes en la colección. Mi padre nunca quiso desprenderse de nada: él se declaraba intermediario entre el yacimiento y el público. Cuando mi esposo estaba muy enfermo recuerdo que alguien sugirió que una de esas ollas de las que hablábamos antes se podía vender y una sola solucionaría muchos problemas. Pero eso estaba fuera de lugar. Una vez, en Buenos Aires, entré a un comercio que comerciaba con artículos patrimoniales y protegidos y le pregunté algunos precios, para saber, y eran cifras importantes. Eso explica la razón de ser del mercado, pero hay que combatirlo. Esa casa luego fue clausurada. Lo importante es que las fuerzas de seguridad están tomando conciencia de la importancia del patrimonio, que tiene que ser protegido, y comienzan a actuar con fuerza. Eso es bueno. Hay que hacer mucho más.

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