DIALOGOS › DANIEL CEFAï, EL INVESTIGADOR DE LAS MOVILIZACIONES SOCIALES

“Los ciudadanos hacen política cuando intentan controlar problemas en su vida cotidiana”

Es sociólogo de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales de París y sus temas de investigación buscan entender qué pasa cuando la gente se asocia y moviliza en torno de una situación problemática. El feminismo, las Madres de Plaza de Mayo, la ecología, el papel de los medios, las redes sociales.

 Por Natalia Aruguete y Bárbara Schijman

La publicación de El público y sus problemas, escrito por John Dewey en 1927, es considerado un momento fundacional del enfoque pragmático de los problemas públicos, que fue extensamente discutido en las décadas del ’80 y del ’90. El interés por el pragmatismo tocó la puerta del sociólogo Daniel Cefaï a comienzos de 1990. Fue entonces cuando este investigador de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales (Ehess) inició una búsqueda de “alternativas a las teorías de la acción”. Página/12 entrevistó a Cefaï en su visita a Buenos Aires, invitado por el Idaes-Unsam para dictar un seminario sobre “Publicidad, públicos y contra-públicos”. En una discusión encendida, defendió su postura respecto del estudio de el/los “público(s)” y, desde allí, se negó a caracterizar la labor de los medios de comunicación en su cobertura de los asuntos públicos como construcción o encuadre. “Simplemente hay que seguir a la gente y describir sus actividades para entender cómo progresivamente hay una transformación de sus experiencias”, sostiene el intelectual francés.

–¿En qué consiste el enfoque pragmático de los problemas públicos?

–A finales de los ’80 surgieron en Francia nuevas formas de entender y practicar la sociología. Uno de los lugares más importantes para la transformación de la disciplina fue la colección “Raisons pratiques” (Razones prácticas), publicada en la EHESS, en Francia. Empezamos a buscar alternativas a las teorías de la acción, experiencia o situación. Mi interés por el pragmatismo data de comienzos de la década de 1990, a partir de leer La cultura de los problemas públicos (1981), de Joseph Gusfield, en el Centro de Investigaciones sobre los Movimientos Sociales. Y lo relacionamos con El público y sus problemas, de John Dewey. El pragmatismo es una filosofía norteamericana, cuyos protagonistas más famosos son Charles Sanders Peirce, William James, George Herbert Mead y John Dewey.

–¿Qué encuentra en esos autores a los que sigue?

–Mead era un activista progresista en los Estados Unidos y profesor de la Universidad de Chicago. Su libro Espíritu, persona y sociedad (1934) tuvo una influencia significativa en la sociología para describir la relación entre conciencia colectiva, interacciones sociales y formación de las personalidades. Dewey fue un gran psicólogo y pedagogo, y abordó cuestiones políticas tales como la existencia o no de un “público” en democracia. Tuvo una controversia épica con Walter Lippmann a propósito de eso. Una idea central en el pragmatismo es que los ciudadanos hacen política cuando intentan definir y controlar situaciones problemáticas en su vida cotidiana.

–¿Qué observa en esos procesos?

–Para enfrentar juntos un problema las personas se deben asociar, discutir y cooperar con el objeto de encontrar soluciones. Deben indagar, investigar, preguntar, definir qué es lo importante, buscar las causas, describir las responsabilidades y, a partir de todo eso, definir la situación problemática y encontrarle soluciones prácticas. Las nociones de investigación y experimentación son muy importantes para descubrir, conocer, reorganizar y controlar el medioambiente.

–¿Podría dar un ejemplo de una situación problemática que permita graficar lo que expresa?

–Pienso en la contaminación del Río de la Plata o la corrupción de los funcionarios ¡y la de los ciudadanos también! A escala local podemos ejemplificarlo con la destrucción de un barrio tradicional; a escala planetaria, con el calentamiento climático. De hecho, es posible referirse a todos los puntos de conflicto que resultan en movilizaciones colectivas, y que se pueden propagar en los sectores mediático, administrativo, científico, judicial... Esos puntos de conflicto se tornan problemas públicos, ganando nuevas codificaciones en cada sector y reorganizando ambientes institucionales a su alrededor.

–¿Cómo define el concepto de “público”?

–Existen distintos tipos de público. En la idea de opinión pública, aquellos que están en una situación de recepción y que se ven afectados por los mensajes enviados por una organización podrían movilizarse en respuesta a estos mensajes. Las Madres de Plaza de Mayo, por ejemplo, constituyen un público. Tienen razones diversas para juntarse con otra gente, con la que comparten sentimientos, memorias e intereses. Ellas consiguen, incluso, sensibilizar y movilizar a personas que no necesariamente sufrieron la desaparición de algún familiar en manos de la dictadura militar. Todas estas personas, las que están directamente involucradas en la situación problemática y las que no lo están, se movilizan pidiendo verdad y justicia, alertando a la opinión internacional, exhortando a los jueces e historiadores a realizar nuevas investigaciones, presionando al Estado a dar soluciones a esa crisis política. A esto me refiero con la idea de público.

–¿Qué otros ejemplos encuentra en su país o en Europa que ilustren esta noción de “público”?

–En este momento, en Europa hay un problema ecológico con las abejas. Es una situación problemática a partir de la cual se están haciendo consultas, averiguaciones, indagaciones, tratando de descubrir las posibles causas del problema. Los apicultores, preocupados por este asunto, se pusieron en contacto con los científicos que están investigando en diferentes áreas del campo para descubrir qué está pasando. Ahora que han identificado uno de los principales factores –un tipo de pesticida conocido como “El Gaucho”–, muchos optaron por movilizarse exigiendo que la empresa Monsanto detenga su venta y uso. Se han presentado denuncias contra esa compañía en los medios, en el Parlamento Europeo, en las redes ambientalistas. Los primeros pasos los dieron los colmeneros cuando constataron la muerte de los enjambres, pero luego se sumó un público, incluyendo a químicos, zoólogos y agrónomos, abogados, sindicalistas, lobistas, ciudadanos escandalizados, y diputados de Bruselas y Estrasburgo.

–Para que se forme un público, ¿sus integrantes deben compartir un mismo interés?

–El concepto de público es muy interesante porque moviliza a una cantidad de personas que no necesariamente están afectadas directamente por el problema en cuestión. Para un pragmatista, los intereses se constituyen y se comparten en el interior de la movilización. Es decir que el interés común que une a los miembros de un público no existe de antemano.

–¿Entonces qué motivación los une?

–No es un hecho concreto; el interés común nace y crece a medida que se va formulando la definición de dicho problema y se van agrupando colectivos comprometidos, concientizados y organizados alrededor de éste. Sin embargo, si uno se moviliza con otros, de alguna manera comparte esa problemática. Soy parte del público porque siento preocupación y no por haber tenido un interés material previo o una determinada creencia ideológica. Es posible imaginar que no me importe que las Madres de Plaza de Mayo hayan perdido a sus hijos, no es mi problema. Ahora, si el tema me empieza a preocupar, si siento compasión, si salgo a la calle, me uno a sus protestas y también envío peticiones o lo que fuere, entonces pasaré a ser parte de ese público. Esta forma de proceder constituye un compromiso público.

–¿En qué se diferencian la perspectiva de los problemas públicos y la de la construcción de los problemas sociales?

–No se trata sólo de una “construcción”; hay que comenzar por entender desde la experiencia de la gente. Esto marca una gran diferencia. No son meros grupos sociales que luchan por imponer sus intereses y alcanzar sus objetivos. Esto último es importante para entender el juego estratégico de las organizaciones pero no dice nada sobre lo que fue el trabajo de la experiencia y el esfuerzo de experimentación de las mujeres en el movimiento feminista, por ejemplo. Tenemos que estudiar eso: lo que sienten, sus vivencias, la forma en la que cuentan lo que les pasa en la vida cotidiana, el modo en que se ven afectadas por situaciones que resultan problemáticas para ellas, como la “dominación masculina”, el imaginario que tienen en relación con todo eso, su crítica hacia las desigualdades en el ámbito laboral, los abusos de poder, etc. Todas estas son dimensiones del contexto de la experiencia colectiva que se tornan públicas cuando surge indignación o reivindicación. Por eso hablo de “experiencia” y no sólo de “construcción”. Hay que tomar en cuenta las vivencias de la gente y lo que hace cuando las expresa.

–¿Qué relación existe entre esa experiencia y la formación del público?

–Los problemas públicos y el público crecen juntos. La noción de “lucha social” se limita a analizar diferentes grupos que luchan uno contra el otro para imponer sus intereses y alcanzar sus objetivos. Cuando se utiliza la noción de público, lo que está en juego es la cosa pública: el conflicto está subordinado a cómo promover bienes públicos y rechazar males públicos. Es el significado más básico de la “república”.

–¿Y el sentido de la publicidad como visibilidad?

–Según La cultura de los problemas públicos, que la editorial Siglo XXI acaba de publicar, el problema público existe gracias a una actividad dramatúrgica y retórica y es, asimismo, un proceso escenográfico y argumentativo. Hacer ver donde no se entendía nada. Dar visibilidad a las cosas, definir situaciones, identificar causas y atribuir responsabilidades, y así dirigirse a las audiencias... Y también dar cuentas y responder por hacer ver lo que estaba escondido, como los secretos del Estado.

–¿Cuán fundamentales son los medios de comunicación a la hora de dar visibilidad a un problema determinado?

–Los medios de comunicación son vectores importantes de “publicitación”, pero son sólo uno de los elementos activos en la arena pública. A modo de ejemplo, lo que hoy llamamos “violencia doméstica” no existía como categoría de sentido común, cuestión jurídica y política, ni como modo de organizar una experiencia, hasta la década de 1970. ¿Cómo empezó todo? Diversos grupos de mujeres comenzaron a reunirse sin la presencia de los hombres para hablar de sus experiencias personales. De esta manera encontraron puntos en común entre ellas y advirtieron una situación que no había sido evidente hasta entonces. Iniciaron un proceso de indagación, realizaron consultas y preguntas abiertas a otras mujeres y, de a poco, fueron descubriendo experiencias que implicaban formas de violencia doméstica que hasta ese momento ignoraban. Ellas crearon la categoría y después decidieron denunciar el problema y reivindicarlo en público. La gente tiene sus ojos muy puestos en los medios de comunicación, pero éstos suelen representar la dimensión última en la historia de un problema público, aunque, a veces, son el actor que hace emerger un escándalo. Hoy en día, los medios de comunicación son muy importantes y, entre ellos, Internet cada vez lo es más, dado que muchos problemas públicos no pueden existir sin su mediación. Pero reitero, los medios son un elemento entre varios otros. La experiencia tiene una importancia significativa en estos procesos. Compartir experiencias, dar forma a un problema dado, configurarlo y, luego, hacerlo público en el sentido de darle visibilidad. Cuando estas mujeres comenzaron a reclamar lo hicieron de maneras muy diversas: marchando, escribiendo carteles contra la violencia doméstica, creando casas editoriales, organizando reuniones entre ellas y con líderes y organizaciones, buscando intermediarios en los centros académicos y en las agencias gubernamentales. Por eso sostengo que los medios de comunicación son solamente uno de los diferentes ámbitos en los que puede trascurrir un proceso de problematización y “publicitación”.

–Su análisis diverge de aquellos para quienes la labor periodística supone un proceso de construcción de la realidad...

–No quiero utilizar la palabra “construcción”; creo que es una forma perezosa de enfocar las cosas, al decir eso no se dice nada. El periodista observa, escucha, describe, recoge testimonios, corrobora informaciones, busca causas, cuenta relatos... ¿Por qué reducir todas esas actividades a una “construcción de la realidad”?

–Sin embargo, los periodistas hacen cierto recorte en el que algunos aspectos ingresan en sus relatos y otros quedan afuera.

–Simplemente hay que seguir a la gente y describir sus actividades para entender cómo progresivamente hay una transformación de sus experiencias; cómo se conocen en el terreno a través de la experiencia. Está claro que no soy un sociólogo constructivista. La cuestión de los marcos –una idea que viene del frame analysis (análisis del encuadre) de Erving Goffman– puede ser interesante si se piensa en una organización en la que hay líderes que planifican sus estrategias con el objetivo de tener mayores impactos sobre el público. Allí sí corresponde y de hecho se hace: producir o fabricar noticias de una manera estratégica para impactar de un modo particular en una determinada audiencia. Pero no basta. Es como decir que la violencia doméstica es sólo un montaje inventado en la década de 1970 por grupos feministas con el objeto de luchar contra la violencia y la desigualdad. La vivencia y la experiencia de la violencia y de la desigualdad no son una “construcción”...

–¿A qué refiere entonces el concepto de “poder simbólico”?

–Ciertos grupos, organizaciones o instituciones poseen más dinero, crédito y conexiones que otros y, por tanto, un mayor poder para influir y establecer qué es un problema y qué no. Cuando diferentes grupos luchan en torno de la definición de problemas públicos, evidentemente algunos tienen más “poder material y simbólico” para elevar su voz, para presionar sobre el decisor, para invertir más recursos en medios de marketing o de propaganda, e imponer así su definición. Pero la efectividad de ese “poder” depende también de la capacidad colectiva de los públicos de aprobar o rechazar la versión de un problema, y de proponer alternativas. El poder material y simbólico no siempre resulta suficiente. ¡Los condenados de la tierra a veces se rebelan!

–¿Qué rol juegan las redes sociales en todo esto?

–Internet cambió la forma de coordinar y divulgar noticias y de movilizar a las masas también. Las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información son recursos matrices de experiencia pública que permiten dispersar rumores muy rápidamente. Me referí recién a la importancia de la indagación y la investigación. Es muy difícil investigar y enfrentar los rumores en la red, que se enmarcan –ahora sí utilizo el concepto– para intoxicar al público. Por eso subrayo la importancia de hacer investigación. Tratar de identificar quién es responsable de un problema dado, cómo fue que surgió y creció ese problema, cómo fue que adoptó determinada forma y demás. La investigación es fundamental para un público que desea saber qué es verdad y qué no. El rumor, en cambio, es una especie de publicidad perversa que no está sometida a investigación. El rol de las redes sociales es ambiguo: permiten una cooperación y comunicación a gran escala y respaldan una inteligencia colectiva del público; al mismo tiempo, crean oportunidades de divagación y manipulación que no habían sido alcanzadas hasta ahora. ¿Herramientas de emancipación o de alienación?

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