DIALOGOS › EMANUEL GINOBILI, EL ESCOLTA ARGENTINO DE SAN ANTONIO SPURS

“Lo importante es ser solidario dentro de la cancha”

“Tenemos el mejor equipo, pero lo importante es que juguemos como tal”, afirmó Manu Ginóbili en esta entrevista, donde diferencia a la NBA como “lo profesional”, de la Selección Argentina, a la que define como “el orgullo, lo pasional, el origen de lo que siempre fue este deporte: el juego”.

 Por José Marcos *
Desde Madrid

Oro olímpico en Atenas y ganador de dos anillos de campeón de la NBA en tres temporadas, el argentino Manu Ginóbili (Bahía Blanca, 28 años) es el paladín del básquet global del que se nutre la mejor liga del mundo. Elegido en el 57º lugar del draft de 1999 por San Antonio Spurs, decidió seguir jugando en Europa, hasta 2002, para acumular experiencia. MVP (mejor jugador) de los Juegos Olímpicos, se quedó a un voto de ser elegido el jugador más valioso de las últimas finales del torneo de básquet norteamericano. Titular en 74 de los 82 partidos de la temporada regular, sus registros le atestiguan como el basquetbolista completo: 16 puntos, 4,4 rebotes, 3,9 asistencias y 1,61 robos en 29,6 minutos.
–Hijo y hermano de basquetbolistas, le habrán dado buenos consejos para defender el anillo de la NBA.
–Ya nos pasó hace dos años, cuando tuvimos un campeonato bárbaro. En este tenemos mejor equipo, pero lo importante es que juguemos como tal, que seamos solidarios dentro de la cancha. Además, la filosofía del técnico da muy buenos resultados. Aunque vamos a tener más potencial ofensivo, tanto como para que el equipo pueda correr y arriesgar más, continuaremos con la misma estructura defensiva. Cuando los resultados son buenos no hay tanto que cambiar.
–¿Saben igual unos Juegos Olímpicos que un título de la NBA?
–Son distintos. Siempre asocio a la NBA con lo profesional y a la selección con el orgullo, lo pasional, el deporte amateur, los orígenes de lo que siempre fue el deporte: un juego.
–¿Por su mayor participación se siente más dueño del segundo anillo que del primero?
–Seguro, no hace falta ni nombrarlo. Se vio. Fui titular y asumí muchas responsabilidades, sobre todo en minutos claves. Me encantó tomar esas decisiones y terminar con un final feliz.
–La última temporada se vio más su influencia en el juego ofensivo de San Antonio.
–El cuerpo técnico y mis compañeros tenían más confianza en mí. Eso te ayuda a crecer, a sentirte más seguro. Eso hizo que en las finales pasara lo que pasó.
–Tanto que es uno de los favoritos del público, que lo idolatra como Obi Wan Ginóbili. ¿La fuerza está con Manu?
–Además de ser latino empecé jugando bien y el equipo salió campeón. Por eso se creó un mayor feeling con la gente, pero los fans no me quieren más ahora. Me trataron de maravilla desde el primer día.
–Cuando le ganaron a Detroit se enfundó en una bandera argentina.
–Para demostrar que siempre estoy ahí, que represento a mi país, no sólo a San Antonio.
–También lo llaman Manu de Dios. ¿Cómo lleva que lo comparen con Maradona?
–Siempre te comparan con alguien, es natural. Parece que la gente lo necesita, es algo que vende y que me halaga. Seguramente Maradona sea uno de los dos mejores futbolistas de la historia ¡y me comparan con él! ¡A mí, que me falta muchísimo!
–Que sea un adepto a Internet, ¿lo hace más cercano?
–Lo vengo haciendo con mucho gusto desde que llegué a Regio Calabria. Admito que muchas veces el profesional de la NBA es inalcanzable. No es tan así, simplemente vive en otro ambiente y lleva otro estilo de vida.
–Néstor Tomassini, un músico de su ciudad, compuso La milonga de Manu.
–Cuando me contó la idea me alegré y cuando me la pasó, encima me gustó. Es una obra alegre que cuenta mi historia.
–¿Cómo la contaría usted?
–No me he saltado ningún escalón en mi desarrollo. No empecé siendo un campeón NBA. Empecé en la Liga argentina jugando poco, pasando a ser importante, debutando en Europa. Entonces ascendí a la Primera División italiana, me fichó un grande y me proclamé campeón. Y de ahí a la NBA. Fui quemando etapas, las hice todas y todas me sirvieron para llegar adonde llegué.
–En cambio, en EE.UU. muchos jóvenes saltan directamente de las calles a la NBA.
–Puede que sea precipitado, pero es difícil decirle que no a tanto dinero. Muchos chicos que nacen con muchas dificultades ven la NBA como la única posibilidad de cambiar sus vidas. También ocurre en Argentina.
–¿La crisis endurece a los deportistas de su tierra?
–Lo que hace la crisis es que el país no prosiga su desarrollo. Siendo la desocupación tan alta, el que tiene cierto talento trata de aprovecharlo al máximo. Pasa cientos de horas en el gimnasio y no tiene problemas en irse a España, Italia o donde sea.
–Con una agenda tan cargada saca tiempo para Básquet sin Fronteras (un campamento instructivo para desfavorecidos).
–Lo veo como una gran posibilidad para devolverle al pueblo algunas de las cosas que sobran en la NBA.
–Lograr un buen equipo no depende de los dólares invertidos.
–Por resultados, San Antonio es el mejor equipo de la NBA en los últimos ocho-diez años. Y nunca estuvo entre los diez más caros. Eso habla muy bien de la franquicia. No gana el que tiene los jugadores más caros sino el que tiene una mejor filosofía de juego.
–Tanto mejor si cuenta con la aportación de Tim Duncan.
–No es un tipo de muchas palabras, pero es muy humilde, mantiene los pies en la tierra y nunca le supone un problema relegar un poco de protagonismo.
–El le arrebató el título de MVP del torneo, pero ya no acapara tanto los focos.
–El equipo giraba muchísimo alrededor de Duncan pero le quitamos un poco de presión de encima. Eso le hace bien, más peligroso todavía, porque los rivales o se olvidan un poquito de Tim o nos dejan espacios al resto. Así contamos con más variantes.
–¿Qué elemento le da un toque distinto respecto de las demás franquicias?
–La seriedad, el trabajo y la buena predisposición de todas las partes. Vos, cuando estás en ese ambiente, creés en el equipo. Esa es la forma de llegar al éxito.
–Todo lo que ha conseguido en apenas tres años, ¿es excesivo?
–Es demasiado, pero si no jugás realmente por la gloria, el deporte pierde mucho sentido.
–¿Sus rivales favoritos?
–Detroit seguirá siendo un gran equipo del Este que posiblemente jugará la final de conferencia. Indiana también tiene muy buen grupo, al igual que Miami, que es una incógnita por la cantidad de cambios y figuras que han contratado. En el Oeste, Los Angeles va a tener un buen grupo, Phoenix nos lo hicieron pasar difícil y se reforzaron mejor... Y siempre habrá un tapado, como Seattle el año pasado.
–¿Qué se aprende de un equipo como los Lakers, cuando lo pierde el ego?
–Es una constancia de que no ganan las individualidades, de que tenés que respetar al compañero como a vos mismo. Eso es lo que hizo Detroit hace dos años y no Los Angeles.
–Hablando de los Lakers, tiene encandilado a Kobe Bryant.
–Hago cualquier cosa para que el equipo gane. Animo, colaboro en lo que pueda, realmente no me fijo en las estadísticas, si hago 20 puntos o dos, si tomo un rol defensivo u ofensivo...
–¿Auge latino en la NBA?
–Más bien una consecuencia del crecimiento del básquet en todo el mundo. La NBA es una Liga global, San Antonio tiene cuatro europeos, dos sudamericanos... El que mejor elige y mejor los dirige se hace con el campeonato.
–Fueron la mejor defensa. Para Bad Boys ustedes, no Detroit.
–Somos dos equipos que priorizamos la defensa y jugamos en grupo. La final se la pudo haber llevado cualquiera; se definió en el último cuarto del séptimo partido... Y nos tocó a nosotros.
–Se nota la mano de Gregg Popovich, su técnico.
–Y también la de Larry Brown. Popovich es prácticamente su discípulo. En la final se veía que nosotros y Detroit éramos bastante similares. Con distintos talentos y posiciones a las que sacar provecho, pero con la misma teoría de juego.
–¿San Antonio es ya una de las grandes sagas de la NBA?
–Aunque dos en los últimos tres años no es poco, hay que seguir creciendo para transformarnos en una dinastía.
–Lástima que no esté delante Jordan, su ídolo de la infancia.
–¡Si estuviera, posiblemente no fuéramos ningún tipo de dinastía! (Risas.)

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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