DISCOS › “HIPERFINITS FIRULETS”, LO NUEVO DE ALFREDO CASERO

Un juego de malabares con el Martín Fierro y el micrófono

Lejos del simple chiste musical, el cantante y actor le pone la firma a un disco equilibrado, generoso en buenos momentos.

 Por Eduardo Fabregat

“La bestia te tienta, te seduce, te deja una bella modelo en tu cama una noche, un sobrecito con cocaína por si se te acaban las ideas, te ofrece tapas de revistas. Y después, cuando te distraés, cuando te la creés un poquito, zas, te pega un coletazo en la nuca, te tira en una bolsa gigante donde caés pisando a marcadores de punta de fútbol olvidados o ministros que ya fueron. Y en la bolsa hay pirañitas que te comen de a poquito, lentamente.” Alfredo Casero pronunció esa frase en Página/30, en septiembre de 1993, cuando estaba en las primeras casillas de una carrera que se fue diversificando y encontró escenarios muy diferentes a la bestia, la tele. Hoy, el gordo ex integrante de la delirante troupe de De la cabeza y Cha Cha Cha es un actor de talento indiscutido, tanto como para llevarse un Martín Fierro por su trabajo en Locas de amor (ver págs. 24/25). Pero, además, supo encarar un camino particular en la música: apenas unos meses después de aquella entrevista, Casero abrió el juego con la Halibour Fiberglass Sereneiders, una aventura que respetaba el espíritu humorístico de los primeros programas pero también intentaba demostrar que la música, para él, no era sólo un juego.
El tiempo trajo unas cuantas satisfacciones, sobre todo a caballo de Casaerius y el tremendo éxito de Shimauta, que reventó las radios argentinas y propició un vínculo con el público japonés, incluyendo una histórica performance frente a un estadio repleto durante el Mundial Corea/Japón 2002. Hubo quien supuso que el gordo cantando en japonés era otro buen chiste y no mucho más. Para desmentir esa visión, basta prestarle una oreja a Hiperfinits firulets, el nuevo disco de Alfredo Casero, donde la música se impone sobre los recursos actorales y el humor aparece en dosis bien equilibradas. Léase: aquellos que busquen “chistes” o puro delirio, que rastreen en su preciada colección de VHS.
¿Eso quiere decir que Casero se concentró únicamente en hacer un buen disco de canciones? No necesariamente. Las canciones están, pero Alfredo sí hace uso de sus posibilidades en la creación de diversos “personajes” vocales, al punto de que en el doblete Or is it Simply that you are Queer?/ Spiderman, el entorno heavy del grupo Hipnosis cabe como anillo al dedo a un Casero desconocido, tanto como el que asume la voz de Je languis d’amere mort, un anónimo francés del siglo XIII sencillamente delicioso, en su versión original y en el earlyfusion que funde instrumentos antiguos y programaciones para generar un clima hipnótico. Hay allí, como en la bellísima Hana (basada en un tema popular de Okinawa) o en la juguetona Haisai ojisan (ambas cantadas en japonés), una intención de aprovechar los múltiples recursos de la voz del actor, pero hay un amor a la música que se impone sobre todo.
Claro que Casero es Casero, y tiene sus caramelos. La apertura y el cierre de Hiperfinits son sendas versiones de Tetsuwan atomu, que en principio no suena a nada pero que inmediatamente se reconoce como la banda de sonido de Astroboy: la primera, orquestada por el experto director Mike Rivas, gana aún más puntos con el Coro de la Escuela Japonesa-Argentina Nichia Gakuin, mientras que la última viene con el áspero envase de Catupecu Machu. El rubro de covers encuentra sus mejores pastillas de naftalina a través de La tarde que te amé, clásico setentoso de Industria Nacional que Casero interpreta sin excesos, encontrando el punto justo en una página que se podría haber pasado de kitsch.
Y el gordo juega y va, y no se queda con las lucecitas de colores. Está, sí, la tanada encantadora de Pizzulino (“canción despreocupada, refrescante del hipotálamo, ideal para escuchar mientras se toma un afrobasílico en el Cha Cha Club”) y el aire caribeño de Genoa, y la historia de Cacho –que va del aire country del pedal steel a la potencia de Attaque 77– y Prozaclounge, un ensayo disco que repite “Yo no sé vos... pero yo estoy bárbaro”, y que el protagonista define como un tema sobre “la cantidad de gente que conozco que antes estaba mal pero teníaideas, y ahora está bien pero medicada”. Para completar la paleta estilística, el tango también dice presente, en un Hechizo polaco sostenido nada menos que por las guitarras de Edmundo Rivero. Así, lejos de aquellas tentaciones de la bestia y cómodo en los dos mundos que eligió transitar, Casero, el Fierro en una mano y el micrófono en otra, dibuja con estilo sus hiperfinits firulets. Y no es chiste.

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Casero va de un anónimo francés del siglo XIII a covers de Astroboy y La tarde que te amé.
 
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