ECONOMíA › PANORAMA ECONóMICO

Guerra de divisas

 Por Alfredo Zaiat

Un país con escasa participación en el comercio mundial que manifiesta el propósito de emprender con cierta autonomía un sendero de desarrollo nacional no ejerce influencia en la situación internacional por sus políticas internas. En cambio, puede ser gravemente afectado por decisiones globales de las naciones poderosas que buscan solucionar sus problemas económicos. Así está planteado el escenario para Argentina en la próxima reunión del G-20, que se desarrollará el jueves y viernes próximos en Seúl, Corea del Sur. El tema económico que preocupa a las potencias, en especial a Estados Unidos, se denomina “los desbalances globales”. Esto es el desequilibrio de la cuenta corriente global: algunos países contabilizan superávit considerables, sobresaliendo China en el lote de economías en desarrollo, donde está incluida Argentina, mientras que otros registran déficit sustanciales, con Estados Unidos liderando ese grupo. Esos resultados reflejan la orientación de las transacciones internacionales de bienes y servicios. Unos venden más de lo que compran, y viceversa. En general, los países superavitarios también tienen como contrapartida un robusto ahorro interno. Entonces los que anotan desequilibrios buscan seducir el ingreso de capitales para ordenar esa cuenta. En el caso de Estados Unidos, además y como factor determinante, emite la moneda de aceptación universal que le permite un espacio de manejo privilegiado de la crisis. A lo que se adiciona una constante absorción de capitales externos que adquieren sus títulos de deuda. Si bien el poder de moneda hegemónica lo está ejerciendo en plenitud, como quedó demostrado esta semana al anunciar una megaemisión de 600 mil millones de dólares para comprar bonos del Tesoro, esa acción deriva en un premeditado debilitamiento del dólar. En esa instancia emerge el nudo del conflicto que ha sido expuesto en el debate público como la “guerra de divisas”, pero que expresa el problema de los desbalances globales de la cuenta corriente y la forma de resolución a la que aspiran las potencias. Devaluar sus monedas al tiempo de presionar para la apreciación de los de los países superavitarios, China y otras economías en desarrollo, con el riesgo de precipitar una guerra comercial. En términos sencillos, esto implica el deseo de transferir hacia la periferia los costos socioeconómicos de la crisis asentada en el centro, que hoy tiene su dramático testimonio en una tasa de desempleo promedio de 10 por ciento, con un pico por encima del 20 por ciento en España.

Se sabe que la cuenta global del comercio mundial de bienes y servicios tiene como saldo el equilibrio. Si unos países tienen déficit, otros necesariamente deben tener resultado positivo. La clave pasa por evaluar cuánto tiempo pueden las economías mantener un saldo negativo en su cuenta corriente. La experiencia indica que países periféricos no tienen mucho margen antes de precipitarse en una profunda crisis, como las que se vivieron en la década del noventa. En cambio, Estados Unidos muestra que puede acumular déficit durante muchos años, debido a que sólo la potencia hegemónica emite la moneda de aceptación universal. Esa cualidad dominante la explican los economistas del Cefid-Ar Enrique Arceo y María Andrea Urturi en un reciente documento, Centro, periferia y transformaciones en la economía mundial, al indicar que “el desmantelamiento, por Estados Unidos, del sistema monetario y financiero emanado de Bretton Woods y la política de desregulación financiera en escala mundial instrumentada desde 1980 constituyó una apuesta de ese país para reconstituir su hegemonía colocando como eje de la economía mundial a su mercado financiero”. Junto con el dólar como moneda de reserva, le permitieron sostener su crecimiento aun en presencia de fuertes desequilibrios fiscales y externos. El economista Roberto Frenkel precisa que el déficit de cuenta corriente de los Estados Unidos alcanzó en 2006 su máximo histórico, al sumar 803.000 millones de dólares, equivalentes a 6 por ciento del PIB de Estados Unidos y 1,5 por ciento del Producto mundial. Frenkel estima que entre 2005 y 2008 el déficit de los Estados Unidos representó 58 por ciento de la suma de los resultados de cuenta corriente de todos los países deficitarios del mundo. Ese saldo, señalan Arceo y Urturi, tuvo la siguiente consecuencia: “El crecimiento de los Estados Unidos generó un creciente déficit en su cuenta corriente que impulsó el comercio internacional y el crecimiento de las economías periféricas; y los excedentes de balanza de pagos generados en otros países por ese déficit (que fue paralelo, la mayor parte del tiempo, también a un déficit fiscal) financiaron la expansión norteamericana”. La vulnerabilidad de ese proceso quedó con mayor exposición al estallar la burbuja inmobiliaria subprime.

El déficit de Estados Unidos se contrajo a poco más de la mitad con la recesión de 2009, indica Frenkel, apuntando a la vez que el consenso académico ubica como principal factor de la crisis la gran fragilidad financiera alcanzada por el sistema globalizado con centro en los Estados Unidos, siendo la especulación inmobiliaria el último eslabón. En ese contexto de debate sobre las causas y las consecuencias de los desbalances globales de la cuenta corriente, Estados Unidos presentó hace unos días la propuesta más sorprendente desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial. A través de Tim Geithner, secretario del Tesoro, Washington sugirió un esquema en el que cada país limitaría el volumen de sus excedentes/déficit en la cuenta corriente. Hasta adelantó un umbral de 4 por ciento del PIB. Esa iniciativa estará en la mesa de discusión del G-20 en Seúl. El propósito expresado por Geithner es que así se evitaría una guerra de divisas en las que las devaluaciones hagan a la vez de instrumentos proteccionistas y pongan en peligro la recuperación mundial.

Los antecedentes de las últimas décadas revelan que Estados Unidos ha podido manejar sus desbalances al ejercer la hegemonía en la economía mundial con su moneda de aceptación global y con la absorción de abultados capitales extranjeros destinados a la órbita financiera, a la inmobiliaria como a la productiva en la adquisición de empresas. Si bien aún mantiene esa hegemonía mundial, hoy está siendo cuestionada no para su reemplazo pero sí para ser compartida. En ese escenario, la discusión sobre los desbalances globales no apunta entonces a buscar un mayor equilibrio por el temor a una recaída de la economía mundial. Detrás de ese tema, resumido en el espacio público como “guerra de divisas”, se oculta la pretensión de los países desarrollados de exportar su propio problema de desempleo. Por ese motivo, Estados Unidos debilita la paridad de su moneda, Europa la resiste, mientras que concentran toda la presión en China para que la revalúe. Esa batalla es por la competitividad de la producción doméstica en una economía mundial con escaso dinamismo, que implica la disputa global por la preservación del empleo local.

El Fondo Monetario actúa como intermediario de esos intereses de las potencias al recomendar a los países con superávit de cuenta corriente la apreciación de sus respectivas monedas. Esa sugerencia pretender definir quiénes deben ser los derrotados de esta guerra. Resistir en la trinchera de una paridad cambiaria competitiva, batalla que están perdiendo los brasileños y que coyunturalmente beneficia a la Argentina, es la principal línea de defensa de la producción y trabajo doméstico.

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