EL MUNDO › COMO SE VIVIO EL ANIVERSARIO DE LOS ATENTADOS EN WASHINGTON, PENNSYLVANIA Y NUEVA YORK

Hora por hora, golpe por golpe, nombre por nombre

Estados Unidos volvió a estremecerse ayer en sucesivas ceremonias de conmemoración por los ataques del 11 de setiembre de 2001. En la siguiente crónica, un equipo de periodistas registra cómo se vivió todo en los tres epicentros del terror.

8.46 El vuelo 11 de American Airlines, proveniente de Boston, choca contra la torre norte del World Trade Center.
Cuando finalmente se hizo el silencio, pareció mucho menos que un minuto, pero entonces, dijo Joe Colon, un bombero del Upper West Side, todo pareció mucho menos de un año. “Todo sucedió demasiado rápido para mí,” dijo Colon. “¿Un año? Es increíble.” Se sacó su gorra de béisbol y la sostuvo contra su corazón, como la mayoría de sus colegas reunidos en fila en un estrado mirando hacia la Zona Cero. Las conversaciones respetuosas se reanudaban a su alrededor y las campanas comenzaron a sonar en la ciudad. “Todos tienen que morir. ¿Pero así? ¿En esa forma?”
Las calles alrededor de lo que los neoyorquinos ahora llaman el foso habían estado en movimiento desde las 5.30 y para cuando salió el sol a las 6.15, en un día que resultaría cálido y brillante como el año pasado, solo que más brumoso, miles de personas se juntaron en las angostas veredas. Grupos de policías experimentaban cambiando los arreglos de las barreras para la multitud, dirigiendo a la gente hacia adelante y hacia atrás repetidamente, pero a nadie parecía importarle: toda la mañana, la vista de un uniforme era un motivo para aplaudir.
Un hombre con un gran crucifijo de madera sobre sus hombros caminaba resueltamente de un lado a otro de Church Street. En la esquina de Cortlandt Street, todos los ojos estaban sobre Mitch Mitchell, un maquinista de barba blanca de South Carolina, y el compañero que había traído a la ceremonia: un maniquí de Osama bin Laden en un ataúd negro que en un acoplado de su moto. “Me llevó tres días. Lo tallé de un cedro”, explicó mientras dos policías británicos de visita se detenían para darle la mano.
Y luego, a las 8.45, comenzó la ceremonia, mientras los tonos nasales amplificados de Michael Bloomberg resonaban a través del espacio vacío del podio hacia el oeste. “Nuevamente somos una nación que vela a sus muertos –dijo el alcalde–. Nuevamente llevamos en nuestros corazones y nuestras mentes a los que perecieron en este lugar hace un año.” Luego sucedió el silencio, y luego, sobre el etéreo sonido de un solo de cello, Rudolph Giuliani caminó hasta el micrófono y comenzó a leer los nombres. “Gordon A...Aamoth –dijo, haciendo una pausa para considerar cómo pronunciar el nombre poco familiar, lo que haría durante toda la lectura, tomando velocidad con los nombres más familiares–. Edelmiro Abad, Maria Rose Abad, Andrew Anthony Abate. Vicente Abate...”
Seis manzanas más al norte, Mark Lambert, un oficinista del centro de la ciudad, miraba asombrado a la vacía y silenciosa Times Square. “Nunca está tan tranquilo aquí”, dijo, mientras la intersección caía brevemente en el silencio. Una multitud sombría se reunió para mirar tramos de la ceremonia por televisión y la cinta informativa luminosa del lugar decía simplemente: “Nueva York Recuerda.... Estados Unidos Recuerda... El Mundo Recuerda”. Otra cinta pasaba los nombres de los muertos.
En la Zona Cero, una multitud de desolados parientes y neoyorquinos de alto perfil, Hillary Clinton y Robert De Niro, entre ellos, habían tomado su lugar para recitar los nombres. Cuando llegó el momento para el segundo momento de recordación, recién acababan de comenzar con las Bes.

9.03El vuelo 175 de United Airlines, también procedente de Boston, se estrelló contra la torre sur. Ambos edificios estaban en llamas.
Un año después del ataque del segundo avión, un golpe de viento levantó polvo del fondo del foso y lo desparramó sobre la multitud que observaba; un puñado de papeles se levantó de los enclaves de los medios de prensa en lo alto del World Financial Centre y el hotel Embassy Suites. Los familiares de los muertos comenzaron su viaje a pie por la larga rampa al piso del lugar, muchos de ellos visitándolo por primera vez. Levantaban tierra, piedritas, “cualquier cosa que nos recordara donde realmente sucedió”, dijo Anne Brennan, amiga de la infancia de una de las víctimas, Billy Thompson, después de salir del lugar.
En el aeropuerto La Guardia en Queens, dos mujeres con el pelo teñido e idénticos anteojos de sol con las barras y estrellas estaban paradas a la salida de la terminal, mirando asombradas la ausencia de automóviles. Jean Cutsinger, de West Springs, Michigan, tenía una remera decorada con la bandera de Estados Unidos para recordar el 11 de setiembre. Después de una visita en el sur de Manhattan, tomar un vuelo fue su manera de recordar los eventos de hace un año. “Deliberadamente elegimos hoy para volar para apoyar a nuestro país y demostrarles a los terroristas que no tenemos miedo”, dijo Cutsinger.
Pero estas mujeres estaban muy solas. Hace un año, La Guardia, la principal salida para los neoyorquinos hacia el resto de Estados Unidos, era un caos. Ayer estaba inusualmente calmo. Las puertas giratorias estaban quietas y los mostradores para el check-in, con sus barreras zigzagueantes para mantener a las imaginarias colas en fila, estaban vacías. Los vuelos cancelados llenaban las pantallas.
A las 8.46 United Airlines había hecho dos minutos de silencio pero pasó desapercibido: no había negocios para interrumpir. El único movimiento era en Spirit, la aerolínea que regaló vuelos para el 11 de setiembre.

9.37 El vuelo 77 de American Airlines sigue el curso del río Potomac antes de incrustarse contra el Pentágono.
Mientras el silencio llegaba al Pentágono, la gente más poderosa del mundo, el presidente de Estados Unidos, su secretario de Defensa y sus generales permanecieron de pie sobre un enorme estrado rojo, blanco y azul a lo largo del reconstruido frente noroeste del Pentágono. Las familias de los 184 muertos, junto con cientos de trabajadores de la construcción, todavía usando sus cascos naranja y blanco adornados por calcomanías patrióticas, desafiantes, miraban su trabajo: un acantilado de piedra caliza color manteca.
Luego, el presidente y el secretario de Defensa se pusieron de pie para desplegar la gigantesca bandera norteamericana que habían colgado del lugar en los días después que el vuelo 77 de American Airlines volara a pocos pies sobre los jardines del Pentágono y luego dentro del primer piso del edificio. La bandera todavía estaba sucia de polvo y voló en la fuerte brisa primero hacia el cielo y después hacia el techo del Pentágono. Las cadenas que debían asegurarla golpearon ruidosamente durante todo el discurso del presidente y la oración leída por el contraalmirante Barry Black, un capellán de la marina de voz resonante y temblorosa.

10.03 Se derrumba la torre sur, mandando nubes de polvo y restos de los edificios a las calles del sur de Manhattan.
Media hora antes que finalizara la ceremonia, resultó claro que la lectura de los nombres iba a tomar mucho más tiempo de lo que se había anticipado. Hubo movimientos y charlas en la multitud mientras los trabajadores de la Cruz Roja repartían botellas de agua y paquetes de galletitas. El silencio descendió nuevamente, brevemente, para el momento del primer derrumbe, seguido por la lectura hecha por los miembros de las familias de las víctimas. Pero aun así, Derven Scott, un carpintero de Harlem, estaba sorprendido por encontrar que la atmósfera era “casi festiva”. “Pensé que sería mucho más angustioso, pero el espíritu es bastante alto. No tengo problema con eso. Te saca de tu dolor.”
Mucha gente ligada a la tragedia eligió conmemorar el día en ceremonias privadas. En la estación de bomberos en East Village, Engine 16 y las familias de Ladder Seven –todos cuyos miembros que perecieron en la torre sur–, llevaron a cabo un tranquilo servicio de conmemoración. El teniente Mickey Kross, uno de los pocos entre las dos docenas de bomberos que sobrevivieron después de estar dentro de la torre al derrumbarse, dijo: “Sólo tuve un breve segundo para pensar en lo que estaba haciendo en ese momento. Era un día como todos. A las 8.48 estaba llenando los informes de inspección. A las 9.03 estaba bajo la torre sur cuando el segundo avión se estrelló. Qué tiempo tan breve fue ése. A las 9.30 estaba en el piso 23 de la torre norte y no tenía idea que la otra se había derrumbado”. Media hora más tarde, la torre norte se derrumbó también, dejando a Kross brevemente enterrado en el hueco de la escalera del 4º piso.
Un año después, la ciudad es diferente, por lo menos manifiestamente. “Ahora tenemos cobertura aérea –dijo Kross, refiriéndose a los aviones y helicópteros que sobrevolaron el área sur de la ciudad durante todo el día de ayer–. Si alguien te hubiera dicho que Nueva York iba a necesitar protección militar, nunca lo hubieras creído.”

10.06El vuelo 93 de United Airlines se estrella en un campo cerca de Shanksville, Pennsylvania.
Durante un minuto, una pradera en el borde sur de las montañas Allegheny estuvo quieta y silenciosa como lo había estado hace un año, antes que el vuelo se estrellara en la tierra, cavando un cráter del tamaño de una casa cuando estalló.
“Esto es un cementerio”, dijo Wally Miller, el investigador a cargo, que pasó meses de rodillas levantando restos humanos y pedazos del Boeing 757, ninguno de los cuales era más grande que una moneda. Sigue siendo un escenario rural de colinas de bosque rodeadas de praderas. La única señal de la tragedia es un lugar árido donde estaba el cráter. “Interesante que el pasto no crezca justo aquí”, señaló Miller.
Shanksville, una pequeña ciudad de 245 personas a medio camino entre Nueva York y Washington, se ha convertido en un lugar de peregrinaje para los norteamericanos que ven el vuelo UA 93 como la primera victoria en la “guerra contra el terrorismo”. La decisión de sus 40 pasajeros y su tripulación de luchar se grabó como una leyenda nacional, junto con las últimas palabras grabadas de un pasajero, Todd Beamer: “Vamos a arrollarlos” (Let’s roll). Esta peculiar frase norteamericana ha sido cincelada en placas de piedra en el lugar refiriéndose a los muertos como los “primeros héroes ciudadanos del siglo XXI”.
Después de un réquiem con trompeta por los muertos, una multitud de varios miles subieron por una colina hasta el vallado, se detuvieron y miraron cuando el helicóptero del presidente aterrizó poco después del mediodía y Bush dejó una corona en la escena del impacto.

10.29Se derrumba la torre norte.
Faltando cientos de nombres por leerse, y con el sol alto en el cielo, el gobernador de Nueva York, George Pataki, tomó el podio para leer el discurso de Gettysburg. Algunos criticaron la decisión de usar un discurso reciclado, pero su tono militar –“Estamos ahora comprometidos en una gran guerra civil... Nos encontramos en un gran campo de batalla de esa guerra”– hablaba a la furia que algunos espectadores sentían seguramente. “Seguro que estoy enojado”, dijo Greg Packer, un maquinista. “Esto envía un mensaje. Hubo mucha controversia sobre cómo el ataque al World Trade se convirtió en nada más que un espectáculo. Esto es diferente.”
Una atmósfera diferente prevalecía en el paseo ribereño de Brooklyn Heights, anidado bajo el puente de Brooklyn. Fue desde aquí que muchos neoyorquinos miraron mientras el horror se desarrollaba cruzando el río, y algunos eligieron ayer volver al lugar. Ben Ramos, un jubilado de 59 años de Staten Island, se había detenido saliendo de una autopista durante un breve momento de reflexión. Pero estaba lejos de estar tranquilo. “Desde el 12 de setiembre tenemos que estar furiosos. No tienen sentido todos esos neoyorquinos caminando con flores. Tenemos que salir y dar patadas en el culo. Queremos patear a los talibanes en el culo, a Irak en el culo, para que las cosas sean más pacíficas para nuestros hijos en el futuro.”
Fue bastante después de las 11 cuando el nombre de Igor Zukelman, un empleado de 29 años de Fiduciary Trust, hizo eco a través del sistema de sonido. Después de una apertura demorada, la Bolsa de Nueva York llevó a cabo su propia ceremonia a mediodía. El podio estaba repleto con dignatarios, Bloomberg y Giuliani entre ellos. La Bolsa hizo dos minutos de silencio por la gente perdida hace un año, que provino más de la industria financiera que de cualquier otra. Pero Nueva York ya estaba en marcha. El silencio fue roto, repetidamente, por los teléfonos celulares. Había trabajo por delante.

De The Guardian de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.

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George W. Bush y su esposa Laura se dirigen a la Zona Cero de Nueva York, su último acto de ayer.
 
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