EL MUNDO › ESCENARIO

Perdidos en Doha

 Por Santiago O’Donnell

Terminó la ronda de Doha y los 153 países más importantes del mundo decidieron que no había clima para un acuerdo comercial. En términos prácticos no pasó nada, ni catástrofe ni batacazo. Pero si la política es el arte de lo gestual y el comercio el es intercambio de bienes y servicios, la ronda sirvió para teatralizar cómo las potencias del mundo se disputan el poder.

Con promesas de amor seguidas de desencuentros, con divorcios ruidosos y apareamientos sorpresivos, con protagonistas, actores secundarios y apariciones estelares dignas de un guión de Hollywood. Con un quiebre que se produce por una razón casi absurda, pero que esconde desacuerdos de fondo. Un drama con final abierto para todos.

Claro que la trama esconde un subtexto, o mejor dicho dos.

Para los ricos fue otra oportunidad que los pobres dejaron pasar para mejorar su predicamento y una confirmación más de que los pobres son pobres porque actúan en contra de sus propios intereses. Vendría a ser la mirada que reflejan el Wall Street Journal, el Financial Times, The Economist y los editorialistas del Washington Post, apoyándose en declaraciones de los principales negociadores de Estados Unidos y Europa.

En cambio, para los representantes de los países pobres y en vías de desarrollo, otra vez los ricos demostraron su mezquindad y usaron su poder para impedir un acuerdo no ya reparatorio, como habían prometido, sino apenas justo. Es la versión que se desprende de las declaraciones de representantes de países como India, Argentina, Indonesia y Burkina Faso, que aparecieron en medio del tercer y primer mundo, con variado destaque. La negociación para lograr un acuerdo global en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC) empezó hace siete años en Doha, Qatar, bajo la premisa de que los países desarrollados bajarían un poco sus tradicionales e improductivos subsidios agrícolas para crear más oportunidades para los granjeros de países subdesarrollados de acceder a los mercados de Estado Unidos, Europa y Japón. Según el esquema adoptado, a medida que avanzaban las conversaciones, los países ricos esperaban obtener a cambio una mayor apertura para los mercados de bienes elaborados y servicios. Según los expertos, los países ricos ofrecieron algunas concesiones, pero no demasiadas.

Entonces pasó algo que no muchos esperaban. Los precios de los alimentos empezaron a subir. Deprimidos durante décadas, al punto de convertirse en una de las principales causas de la pobreza en el tercer mundo, de repente pegaron un salto y no pararon de escalar. Según un informe de la FAO, la organización de alimentos y agricultura de la Naciones Unidas, el costo de los cereales que importan los países pobres creció un 35 por ciento el año pasado y crecerá un 56 por ciento entre el 2007 y el 2008. Y para los africanos crecerá el 74 por ciento, porque además del precio de los cereales se dispararon los precios del combustible y del transporte, dice el informe de la FAO.

Hay muchas razones, algunas estructurales, para que suba el precio de los alimentos: el crecimiento del ingreso per cápita en China e India, el reemplazo de tierra agrícola por proyectos de desarrollo urbano, el agotamiento de innovación tecnológica, el aumento del precio de los fertilizantes y los combustibles, el uso de alimentos para fabricar biocombustible son los más nombrados. En todo caso, los expertos aseguran que los precios van a seguir subiendo por lo menos diez años más.

La novedad impactó en diferentes ámbitos con consecuencias bien distintas. La sufrieron países pobres como Egipto, Camerún, Costa de Marfil, Burkina Faso, Etiopía, Indonesia, Madagascar y Filipinas. Todos ellos padecieron estallidos sociales por la crisis alimentaria.

Otros países productores de alimentos tomaron recaudos y empezaron a restringir sus exportaciones, ya sea para aumentar sus reservas alimentarias o para incidir en el precio doméstico, como China, Rusia, Vietnam, Argentina y Bolivia.

Para los negociadores de la ronda de Doha el aumento de los alimentos no podía llegar en un mejor momento. Los granjeros de Europa, Estados Unidos y Japón ya no necesitaban los subsidios que trababan el acuerdo. “Es tan indoloro”, dijo Charlotte Hebebrand, directora del Consejo de Política Alimentaria y Agricultural con sede en Washington. “Todos estos compromisos son tanto más sencillos que hace algunos años. Hagámoslo.”

Desde la fundación de la GATT, antecesora de la OMC, en la década del ’60, los miembros se dividieron entre un bloque de países ricos y otro de países en vías de desarrollo. El primer bloque agrupaba a Europa, Estados Unidos, Japón, Australia y Canadá. El segundo era encabezado por India, Brasil y Sudáfrica. Rusia oscilaba entre uno y otro grupo. Argentina iba y venía al vaivén de sus gobiernos liberales o populistas.

La última ronda de negociaciones empezó hace dos semanas en Ginebra. Para hacerla más expeditiva, el francés Pascal Lamy, presidente de la OMC, limitó el convite a 30 países. Los países medianos apenas participaron y los chicos se quedaron con la ñata contra el vidrio.

“El señor Lamy invitó a treinta cancilleres pero sólo negoció con siete,” se quejó el delegado de Indonesia, citado en The Guardian.

“Apenas puedo contener mi enojo”, dijo el representante de Burkina Faso. “Vine hace diez días para hablar de algodón y no pude hablar de algodón. Para nosotros es una cuestión de vida o muerte.”

Según las crónicas, Brasil tomó un rol muy activo en Ginebra. Brasil es uno de los principales exportadores de alimentos del mundo, por encima incluso de China e India. En la nueva coyuntura optó por romper con sus aliados históricos y unirse a las potencias para formar un nuevo alineamiento entre vendedores y compradores de comida. Como el resto de los exportadores, Brasil apoyó el proyecto de acuerdo que hacía circular Lamy. Hasta aceptó una reducción del 56 por ciento de su arancel para la importación de productos elaborados, todo un desafío para el complejo industrial de San Pablo.

La defensa de los compradores de comida recayó sobre los hombros de India y su ministro de Comercio, Kamal Nath, rápidamente convertido en el cuco de los diarios económicos. Un perfil del Wall Street Journal lo describe como “el hombre que por sí mismo puede descarrilar la ronda de Doha” y cita a la representante norteamericana diciendo: “Todos los países mostramos flexibilidad excepto uno”.

La discusión no es nueva. Las potencias occidentales siempre fueron proteccionistas con el agro y aperturistas con la industria, mientras India siempre defendió la posición opuesta, argumentando que a los países subdesarrollados que participan de un sistema de intercambio global se les debe permitir tarifas más altas que a los países ricos.

Lamy traía un paquete pegado con saliva, casi que no se podía tocar. Estados Unidos aceptaba bajar sus subsidios agrícolas de 43 mil millones de dólares a 15 mil. Europa también aceptaba reducciones, a pesar de las críticas de Nicolas Sarkozy, quien, apoyado por Berlusconi, dijo que aceptaba el plan “con reservas”. Pero soplaban vientos de incertidumbre, vientos proteccionistas. El lobby industrial en Europa y el lobby agrario en Estados Unidos presionaban para obtener más concesiones de los países del tercer mundo.

A pesar del compromiso de Doha, el mes pasado el congreso de Washington dio vuelta dos vetos de Bush para aprobar la ley agraria más subsidiada de su historia. Mientras tanto, Europa amenazaba con no respetar fallos arbitrales para abrir mercados a exportadores de bananas, un tema crucial para países africanos y centroamericanos. Y Brasil presionaba, sin éxito, para que Estados Unidos desregule su mercado de biocombustibles. Cualquier modificación hacía peligrar el acuerdo.

¿Pero tenía sentido el acuerdo?

Algunos analistas dicen que sin acuerdo los grandes perdedores son los países subdesarrollados, porque a falta de un pacto global, deben depender de acuerdos bilaterales o regionales, en los que son más vulnerables.

Pero cuando empezó la ronda uno de sus principales objetivos era hacer subir el precio de los alimentos que exportan los países subdesarrollados, reduciendo los subsidios agrícolas que deprimían los precios en el primer mundo. Ahora el problema era otro, el problema era que los precios de los alimentos estaban demasiado altos, y el tratado en discusión podía hacerlos subir aún más.

“Las principales proyecciones económicas indican que un tratado comercial haría subir un par de puntos porcentuales los precios de los alimentos a nivel global y aún más en el caso de la leche, las semillas oleaginosas y el arroz”, dice un despacho de Reuters desde Ginebra.

Así las cosas, después de diez días de negociaciones India desató el paquete de Lamy con una demanda inesperada: para proteger su seguridad alimentaria, exigía que los países subdesarrollados puedan arancelar la importación de comida cuando ésta supera cierto volumen. Una especie de cláusula anti-dumping para impedir que los países ricos invadan países pobres con comida barata, destruyan a los pequeños productores y barran con la agricultura local.

Se trata de una cláusula, si se quiere, pensada a futuro, ya que nadie hace dumping en tiempos de escasez de comida y de precios por las nubes. O, si se quiere pensar mal, una cláusula para complicar las cosas. Según la propuesta india, esas tarifas, si es que alguna vez tuvieran que aplicarse, bajo ciertas condiciones podrían exceder los niveles actuales. La representante de Estados Unidos contestó que no podía aceptar semejante imposición, porque aumentar tarifas, aunque sea sólo en teoría, violaba el espíritu del acuerdo. Entonces intervino China.

Durante diez días el representante chino había permanecido en silencio. China se había unido a la OMC en el 2002. Desde entonces triplicó sus exportaciones de 400.000 millones de dólares a 1,2 billón, apoyado en la fortaleza de sus industrias manufactureras. Europa y Estados Unidos se quejan de que China subsidia sus productos deprimiendo su moneda, pero las cuestiones monetarias no incumben a la OMC. Impulsada por su exitosa inserción en el mercado internacional, China suele defender posiciones aperturistas y votar con el bloque de los ricos.

Pero en los últimos años la escasez mundial de arroz lo llevó a cerrar su mercado, subsidiar precios internos y perseguir a contrabandistas que sacan bolsas del grano para venderlas en países vecinos. En Ginebra, después del silencio inicial, China rompió con su pasado y salió a apoyar enfáticamente la posición de India. Entonces las negociaciones se rompieron.

Susan Schwab, la representante de Estados Unidos, no dudó en acusar a India: “No sólo querían detener el reloj, sino que lo querían hacer retroceder 30 años con un instrumento que se presta para el proteccionismo más burdo”, denunció.

Nath, el ministro indio, visiblemente enojado, le contestó a través de los periodistas: “Lo más importante es la seguridad alimentaria, la vulnerabilidad de los granjeros pobres, que no pueden canjearse en favor de los intereses comerciales de los países desarrollados. Nuestra postura fue apoyada por cien países que representan a mil millones de pequeños productores”.

China ratificó su nueva alianza con India. En un editorial de la agencia oficial Xinhua, culpó al “egoísmo y cortoplacismo” de los países ricos por el fracaso de las negociaciones.

Algunos analistas de los diarios económicos acusaron a China e India de actuar en función de sus propios intereses, a costa de los intereses de los países pobres que decían representar en la mesa de las negociaciones. Puede ser, pero más plausible parece otra explicación, no necesariamente excluyente, como la que ofreció Mari Elka Pangestu, ministra de Comercio de Indonesia. “El fracaso de Doha reflejaba la inhabilidad de las potencias industriales de adaptarse a la creciente influencia de China, India y Brasil en la economía global”, opinó.

En las crónicas no se menciona mucho el rol de Argentina, a pesar de que el canciller Jorge Taiana estuvo en el convite de los treinta. No cabe duda de que Argentina tuvo un papel menor en la negociación, acorde con su peso económico relativo. Pero eso no quiere decir que no haya jugado fuerte. Al contrario.

Puesto a elegir entre el bloque de países exportadores de comida y el de los que la compran, Argentina prefirió priorizar el modelo solidario de seguridad alimentaria por sobre el viejo modelo agroexportador y se puso del lado de los subdesarrollados.

Para la delegación argentina el acuerdo no cerraba, no tanto por lo que pedía India, sino porque Europa y Estados Unidos habían cedido demasiado poco a cambio de lo que exigían. “En agricultura las propuestas son insuficientes y en industria son demasiado elevadas”, resumió el principal negociador técnico de Argentina, Alfredo Chiaradía.

En su discurso final, Taiana criticó varios aspectos del acuerdo. Por ejemplo, que las concesiones de los países del primer mundo fueran fijas e inamovibles, mientras las del tercer mundo serían “variables” y “ajustables”. Dijo que los términos del acuerdo, lejos de cumplir las metas reparatorias fijadas al principio de la ronda, provocarían una transferencia aún mayor de recursos del tercer mundo al primero. Y remarcó que la propuesta no ayudaba a paliar el problema alimentario de los países pobres.

El cuento termina con todos enojados con todos, pero no demasiado. Frustrados por la falta de acuerdo pero contentos por haber trabajado mucho, por haber defendido cada uno su posición con dignidad. Porque un acuerdo puede ser bueno o malo según desde donde se lo mire.

Quizás Europa y Estados Unidos dejaron pasar la oportunidad de expandir sus mercados y legitimar términos de intercambio que los favorecen. Quizás se la perdieron los pools de Brasil, Argentina y los demás exportadores de cereales.

Pero no les pidan a los etíopes, los haitianos y los filipinos que se entristezcan porque fracasó un acuerdo para liberalizar aún más el costo de la comida, esa comida que se les hace cada vez más inalcanzable. “Ningún trato es mejor que un mal trato”, dijo Aftab Alam Khan, director de políticas comerciales de la agencia humanitaria ActionAid.

El hambre tendrá que esperar hasta la próxima función.

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