EL MUNDO › PAGINA/12 EN UN NUEVO BOMBARDEO CONTRA OBJETIVOS EN BAGDAD

14 muertos en otra “acción humanitaria”

Página/12, en Irak
Por Eduardo Febbro, desde Zaafaraneah y Bagdad

La inmensa laguna refleja los rostros de todo un barrio, que observa azorado las casas destruidas. Con los ojos hinchados por las lágrimas, una mujer vestida de negro grita su dolor en medio de un montón de fierros retorcidos y pedazos de cemento. A su alrededor, un grupo de hombres hurga los escombros mientras los chicos miran con miedo un extraño objeto negro al borde del agua. El agujero lleno de agua testimonia de la magnitud del impacto del misil que cayó luego de una serie de explosiones que sacudieron el sur de Bagdad desde muy temprano.
La capital iraquí se despertó con temblores y explosiones que recordaron las horas más negras de los bombardeos norteamericanos. Treinta minutos ininterrumpidos de estruendos enormes que dejaron un saldo de 14 personas muertas y decenas de heridos y cuyo origen, como el número real de muertos, sigue siendo controvertido. La versión oficial dada por los norteamericanos asegura que las explosiones que se produjeron en el barrio Zaafaraneah, a 20 kilómetros al sur de Bagdad, provocaron la muerte de seis personas. Según esta fuente, el incidente se debió a una bomba incendiaria lanzada por iraquíes contra el depósito donde los norteamericanos conservan las armas iraquíes, el cuartel Rachid.
Los iraquíes aseguran todo lo contrario: que dicho ataque no existe y que la responsabilidad del drama de ayer incumbe exclusivamente a Estados Unidos. Medios hospitalarios de Zaafaraneah ponen asimismo en tela de juicio el saldo de víctimas revelado por los norteamericanos. Según el hospital, la explosión causó 14 muertos y decenas de heridos graves.
El misil cayó en medio de una calle de casas modestas. Una de ellas se derrumbó totalmente, provocando la muerte de toda la familia, incluidos dos niños. En cuanto se conoció el accidente, los vecinos de Zaafaraneah salieron en camiones y micros a manifestar su dolor. “Dejen de matarnos con las armas de Saddam, ¿cuánta sangre más deberemos derramar?”, decía una pancarta colgada en el techo de un camión. Alí, un joven de 35 años, caminaba en un estado rayano con el sonambulismo en medio de los escombros. “¿Por qué, por qué otra vez nosotros? ¡Basta de muerte!”, repetía mientras la multitud gritaba “USA go home”, “Muera EE.UU.”,
Con la ropa llena de sangre, un hombre de 50 años apenas podía caminar entre tantos ladrillos, hierros y techos desparramados. El dolor estaba impreso en cada rostro. Cuando un camión repleto de hombres furiosos trajo los seis cajones, las mujeres se pusieron a gritar desesperadamente. Dispuestos en fila en el interior de la casa, los ataúdes ocuparon una pieza exigua donde mujeres, hombres y niños se arrojaban sobre los cajones para besarlos. Desde afuera llegan los gritos de una multitud cada vez más espesa. La confusión, la desesperanza, la injusticia, las cámaras de televisión, los periodistas, los flashes, los gritos, el sufrimiento se mezclaron en un torbellino de lágrimas y vociferaciones. La cúspide del dolor de un barrio que busca saber por qué un misil borró seis vidas de golpe. Assan Lahbei Assan, un voluntario del hospital situado cerca de la mezquita Al-Zahraa, apenas puede contener sus lágrimas cuando habla: “Estaba saliendo para el trabajo cuando oí la explosión. Tanto de día cómo de noche los norteamericanos hacen explotar las municiones. El depósito está situado a menos de 200 metros de las calles habitadas”. Assan Lahbei Assan no cree en la versión oficial norteamericana: “Hacía mucho que estaba despierto cuando se produjo el incidente. Antes del drama no escuché ninguna explosión. Después, cuando vino la hecatombe sobre nuestro barrio, los norteamericanos permanecieron pasivos. Para mí, esos militares profesionales no hicieron su trabajo”. El argumento dado por los responsables militares estadounidenses es por demás extraño. El ejército afirma que las denominadas “fuerzas hostiles” llevan varios días lanzando bengalas contra el campo y que ayer dieron en el blanco. Uno de los responsables de la seguridad de Bagdad argumentó que, “aunque es muy lamentable, fue un accidente. Los iraquíes tenían muchísimas armas, oriundas de varios países: Estados Unidos, Francia, Alemania, Rusia y hasta Jordania. Lamentablemente, ninguna de esas armas es tan segura como las nuestras”. De manera más oficial, los altos mandos trataron por todos los medios de sacarse de encima la responsabilidad y llegaron hasta acusar al derrocado régimen de Saddam Hussein: “La existencia de un depósito de municiones instalado junto a zonas civiles muestra el desprecio que Saddam Hussein tenía por los iraquíes”. Estos, sin embargo, devuelven el reproche con revelaciones precisas. Los habitantes de Zaafaraneah cuentan que los soldados hacen explotar cada día las municiones y que, pese a los reiterados pedidos del vecindario para que se ponga fin a esa actividad, hasta ahora nunca fueron escuchados. Página/12, que asistió de principio a fin a los hechos, puede atestiguar que, fuera de las explosiones que continuaron produciéndose en el depósito, ningún disparo salió de los manifestantes. Si el dolor es un arma, los norteamericanos estarían todos muertos.
Khazal Thamer, miembro de la familia que murió en el incidente, destacó que “a pesar de nuestros constantes reclamos, los militares nunca nos escucharon. Continuaron haciendo explotar las municiones hasta que mataron a mi familia”.

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