EL MUNDO › OPINION

Una injusticia internacional

 Por Claudio Uriarte

Hay una evidente injusticia en las elecciones norteamericanas: que, en ellas, sólo voten los norteamericanos (y, dentro de ellos, sólo en torno de un 50 por ciento), cuando en esas elecciones se deciden cuestiones de alcance universal. El presupuesto norteamericano, por ejemplo, no es el presupuesto norteamericano, sino una asignación de recursos globales. Porque una economía tan grande no puede dar un paso en una u otra dirección sin que sus efectos se sientan en todas partes.
Eso lo pasaremos a ver y sentir rápidamente, en América latina y otros lugares, a medida que Estados Unidos empiece a financiar su déficit –que ya supera los 300.000 millones de dólares y sólo puede crecer–, mediante la toma de préstamos. El primer efecto va a ser la consolidación del frenazo de la economía norteamericana, en la medida en que el sector público competirá ventajosamente con el privado por la captación de fondos. Pero EE.UU. parece asimismo nuevamente encaminado a convertirse en una aspiradora de dinero de la totalidad del planeta, lo que no es una buena noticia para el resto del planeta. Tampoco parece una buena noticia la tendencia a la baja del dólar, que sólo favorecerá a los exportadores norteamericanos.
En otras palabras, la economía norteamericana parece destinada a profundizar un estancamiento mundial que ya se verifica en el crecimiento casi cero en Europa y en la deflación japonesa. Esto es un pésimo augurio para los llamados “mercados emergentes”: la exportación de capitales desde las economías centrales estará más clausurada que nunca y el proteccionismo –sobre todo para las materias primas– se pondrá a la orden del día. De la liberalización del comercio aconsejada por la administración Bush no quedará ni la sombra. Y no puede descartarse la posibilidad de guerras comerciales –nacidas de las presentes escaramuzas, en textiles, productos agrícolas y acero– que enturbien aún más todo horizonte de recuperación mundial.
Dentro de esto, George W. Bush parece encaminado a ganar su reelección. Desde luego, 18 meses es demasiado tiempo para hacer un pronóstico serio, pero el equipo de Bush parece muy sólido –aunque su programa no lo sea–, frente a una colección de demócratas que por ahora, y con todo el debido respeto, parecen clamar por el apodo de “los nueve enanitos”.
Es decir que no hay solución para Estados Unidos dentro de Estados Unidos. ¿Puede haberla desde afuera?
Por supuesto, nadie pretenderá que la totalidad del mundo vote en las elecciones estadounidenses. Eso produciría resultados decididamente excéntricos: Jesse Jackson, líder negro de los derechos civiles, se impondría por amplia mayoría –por ejemplo–, y Edward Kennedy podría salir segundo. En los referéndums, México recuperaría California y Texas, y así sucesivamente.
En la reciente guerra de Irak, hubo dos modos en que los países extranjeros trataron de incidir en la política estadounidense. Uno fue la oposición, planteada por Francia, Alemania y Rusia. Fracasó: la guerra ocurrió igual, y Francia –el líder del grupo– será rigurosamente excluida de todo negocio de posguerra iraquí. El otro fue el apoyo, encabezado por Gran Bretaña, España, Australia y Polonia. De todos éstos, el beneficiado más notable fue Polonia, a la que el Pentágono de Donald Rumsfeld contempla como el nuevo eje de gravedad de las alianzas estadounidenses en Europa (después de la desaparición del frente central en Alemania). Con una contribución mínima de fuerzas, Polonia obtuvo un tercio del territorio en el gobierno tripartito de posguerra (ver pág. 27). Presumiblemente, España conseguirá buenos contratos para Repsol y Gran Bretaña para BP. Pero éstos son modos en que Estados Unidos incide en el mundo, y no al revés: la guerra no se detuvo, y el déficit seguirá aumentando. Por eso, la injusticia señalada al comienzo seguirá verificándose. La guerra dejó en claro que las Naciones Unidas no son un contrapeso para nada, y la posguerra lo subrayará aún más cruelmente. Pero hay una modificación que ha pasado largamente inadvertida en estos meses: que, bajo el nuevo esquema neoimperial de Bush y el Pentágono, el Departamento de Estado –la Cancillería norteamericana– se ha convertido en un sucedáneo de facto de las Naciones Unidas. Tiene todo lo que hace falta: habla por la moderación y por la conciliación internacional, constituye una inmensa burocracia, y fracasa. Por eso, en las elecciones norteamericanas del 2 de noviembre del año que viene, Colin Powell podría ensayar un nuevo rol: el de observador internacional.

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