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El triunfo de la soberanía popular

 Por Eduardo Febbro

Desde París

La Nación le ganó a las instituciones europeas y financieras, la soberanía democrática a la tecnocracia, un pueblo a una camisa de fuerza cosida por una ideología devastadora e inhumana. El triunfo del “no” en Grecia consagra la legitimidad democrática de un país por encima de la vandálica dominación de un modelo colectivo cuya única ambición es someter y ganar dinero. Ni los agravios, ni las amenazas, ni las groserías, ni los chantajes, ni las agresiones a la historia y la identidad de un país y de un movimiento político trastornaron el rumbo de la voluntad popular en una Grecia que ingresó al espacio europeo en 1981 (Comunidad Económica Europea en ese entonces) y hoy, cuando su PIB apenas pesa el 2 por ciento de la Unión Europea, es el principal factor de cuestionamiento de ese sistema. Grecia midió sin confusión el impacto de los sucesivos planes de ayuda y austeridad que se abatieron sobre el país a partir de 2009.

En 2008, por ejemplo, el PIB griego era un 7 por ciento inferior al promedio de la UE. En 2013, el diferencial subió al 28 por ciento. El comandante supremo de los paraísos fiscales en Europa y actual presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, se equivocó de mundo cuando, luego de la victoria de Syriza en enero de 2015, afirmó: “Decir que todo va a cambiar porque hay un nuevo gobierno en Atenas es tomar sus deseos por la realidad”. Luego, agregó: “No puede haber una elección democrática contra los tratados europeos”. ¿Y ahora qué? Las consultas democráticas son más que una comedia cuya gran función consiste en hacerle creer a la gente que es libre. Como dice un diplomático argentino en París: “¿Cómo le van a hablar a Grecia de democracia si el copyright de la palabra la tienen ellos?”.

Tal como está plasmada en los acuerdos europeos, la política monetaria está fuera del control de los Estados, es decir, del pueblo. Pero cuando éste vota “no”, ¿qué ocurre a partir de ahora? ¿Grecia afuera del euro y de la UE? Un pavoroso silencio se apoderó de los medios que, hace apenas 24 horas, vociferaban una calamitosa sinfonía de análisis e infamias. Algunas voces empezaron a pedir “solidaridad y responsabilidad” (justamente, el primer término desapareció del envoltorio del euro).

Parte del camino futuro se diseñará hoy en París durante un encuentro entre la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés, François Hollande. El palacio presidencial del Elíseo anunció que ambos dirigentes se reúnen “para evaluar las consecuencias del referendo en Grecia”. Los dos dirigentes también convocaron a una cumbre extraordinaria de la Zona Euro para mañana. Berlín dio una información complementaria clave. Según un comunicado difundido anoche, “los dos dirigentes están de acuerdo en que el voto de los ciudadanos griegos sea respetado”. No está sin embargo garantizado que Berlín mueva su postura, es decir, “la solidaridad a cambio de reformas”. Tal vez la aplastante victoria del “no” acerque ahora las posiciones de París y Berlín y trastorne un poco la relación de fuerzas. Merkel y Hollande se habían distanciado dos días antes del referéndum. Hollande quería que se llegara a un acuerdo antes de la consulta, mientras que Merkel lo congeló todo para después. Quizás, igualmente, el “no” masivo lleve a que la presidencia francesa saque del cajón con naftalina una de las propuestas formuladas por Hollande cuando era candidato: utilizar las reservas europeas para el desarrollo. Sin embargo, los nubarrones se mueven sobre el cielo europeo como ejércitos hostiles. Nada dice que, pese a las palabras más apaciguadas de unos y otros, se logre un acuerdo con los acreedores de Grecia y con la gran perdedora de esta fase, la troika. Prueba de ello, el número dos del Ejecutivo alemán y líder de los socialdemócratas, Sigmar Gabriel, dijo tajantemente que un nuevo proceso negociador con Grecia era “difícilmente imaginable”.

También trascendió que inmediatamente después de que se conocieran los resultados, el primer ministro griego, Alexis Tsipras, habló por teléfono con Hollande. Ambos estuvieron de acuerdo en “tonificar las negociaciones” entre Atenas y sus acreedores. Sopla ahora un viento de pánico. Después de Tsipras, el hombre más citado era el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, quien repitió hasta el cansancio que la pertenencia a la Zona Euro era un proceso “irreversible”.

Ganó Tsipras, Grecia, otra fisonomía posible de Europa y perdió Angela Merkel. Las urnas griegas precipitaron a la canciller alemana hacia la peor derrota desde que llegó al poder, en 2005. La capitana de Europa, de la competitividad a cualquier precio, la gran defensora de su sistema bancario por encima de los intereses comunitarios, la militante extrema de la ortodoxia presupuestaria y de las reformas estructurales perdió ante la cuna de la democracia. Pero esa derrota puede trabar el camino de una negociación con Atenas, principalmente el desbloqueo de un tercer plan de ayuda por unos 30.000 mil millones de euros. Para ser aprobado, hace falta el consenso de los parlamentos nacionales, y el de Alemania, la Bundestag, es, al igual que la población alemana, mayoritariamente hostil. La Eurozona navega desde hace rato sin brújula y en medio de tironeos importantes debido a la confrontación de las posiciones. Las de Alemania, en particular, las de su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, pesan mucho. Schäuble es uno de los más tórridos partidarios de aceptar que la Eurozona se consolide sin Grecia. La partida de ajedrez entre los líderes europeos es apretada y muy incierta.

El “no” es un incontestable triunfo de la soberanía popular, pero no una garantía de justicia y solución para Grecia. Vapuleados y despechados, los países del sur de Europa –Portugal, Grecia, España, Italia– son objeto de una cruzada de menosprecio perfectamente retratada en las siglas con las cuales se los identifica en los círculos tecnócratas del Viejo Continente: PIGS (Portugal, Italy, Greece, Spain). PIGS, en inglés, quiere decir “cerdos”.

Ni los brujos más entrenados, ni los economistas más excelsos o los estrategas políticos más finos son capaces de vaticinar qué ocurrirá en adelante, con Grecia y con Europa. Salida de Grecia del euro, derrumbe bancario, crisis y camino sin salida con los acreedores. Es una hora llena de sombras donde la única luz proviene de las urnas griegas. Pero la decisión no es de los electores griegos, sino de quienes tienen el timón de un sistema perverso y asfixiante. A ellos no les importa el voto popular sino las cuentas. Anoche, la Place de la République, en París, se llenó de gente festejando. Grecia inundó la noche de esperanzas, pero con eso no se ablanda el caparazón de la troika (FMI, Banco Central Europeo, Comisión de Bruselas), ni se cambia el libreto de su biblia ortodoxa. Perdió la troika, desde luego, pero el poder de decisión final lo tienen ellos. El proceso de negociación con Grecia, las exigencias planteadas, la corresponsabilidad de Europa con la crisis, han sido un oprobio. La Unión Europea ya cifró su identidad moderna y su mensaje de cara al mundo cuando puso al frente de la Comisión Europea a un manipulador de paraísos fiscales y un experto en ayudar a empresas a evadir impuestos a costa de sus socios europeos. Como lo escribe Pascal Riché en un editorial del semanario Le Nouvel Observateur, “el rostro que ofrece Europa, en este año 2015, es espantoso”. Es el rostro de una Europa con el corazón seco, sin ambición, sin proyecto colectivo. Se entiende que, en Grecia, esta Europa dé ganas de votar no: no a esas humillaciones, no al egoísmo, a la ausencia de visión; no al tratamiento humillante a los países más frágiles, que pasa por sermones y castigos. Y no a esa Zona Euro de la que, desde hace años, se conoce el mal funcionamiento, pero cuya reforma se aplaza constantemente.

Grecia, a quien los alemanes, ingleses, franceses o los países nórdicos, tomaban por una colonia de vacaciones, sacó de sus entrañas ese “oxi” (no) con el cual, en la historia, los pueblos terminan por derribar las opresiones. Esta es financiera, consensuada, globalizada y aceptada por una aplastante cantidad de seres humanos que confunden la libertad y el bienestar con el consumo. Pero el “oxi” dio sus primeros pasos en Atenas. Allí empezó también esta historia humana común que es la democracia.

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