EL MUNDO › EL CONGRESO DE BRASIL MANTUVO LOS VETOS DE PROYECTOS QUE IMPLICABAN UN ENORME AUMENTO DEL GASTO

Un poco de aire para el gobierno de Dilma

Pese a un triunfo de Rousseff en la pulseada con la oposición, se vuelve imprescindible que la mandataria busque una interlocución directa con los líderes de los partidos supuestamente aliados en el Congreso. Revés para su rival Eduardo Cunha.

 Por Eric Nepomuceno

Desde Río de Janeiro

Luego de meses de presión prácticamente sin tregua, a punto de su gobierno alcanzar un insólito grado de inacción, Dilma Rousseff finalmente parece haber encontrado un espacio para respirar. Suavemente, débilmente, pero respirar al fin y al cabo.

Frente a un Congreso francamente hostil, especialmente en la Cámara de Diputados, y a una alianza en la cual no puede confiar pese a todas las prebendas ofrecidas, algunos proyectos que habían sido vetados por la presidenta luego de aprobados por diputados mantuvieron esos vetos. Se trata de lo que se convenció en llamar “agenda bomba”, o de iniciativas que, en caso de ser implementadas, provocarían gastos extras gigantescos (de unos 12 mil millones de dólares anuales) en el ya muy debilitado presupuesto nacional. Una victoria, sin duda, pero por margen tan estrecho que pone de relieve, una vez más, la fragilidad de la alianza con que cuenta el gobierno en el Congreso.

En algunos tópicos decididos en los últimos días, mitad de la bancada del principal aliado, el PMDB, votó contra el gobierno, pese a que el partido fue contemplado con nada menos que siete Ministerios (inclusive el de mayor presupuesto, Salud). Otro aliado, el PDT, que igualmente cuenta con una cartera, la de Comunicaciones, mostró su criterio de lealtad: ocho de sus 11 diputados no acompañaron el gobierno. El PSD, dueño del ministerio de Ciudades, se superó: hasta el líder de la bancada votó en contra.

De todas formas, ha sido una victoria significativa, y que además expone de manera clara algunas de las fallas más preocupantes de la articulación del gobierno. Para empezar, los ministros han demostrado tener muy poca influencia sobre las bancadas de sus respectivos partidos en el Congreso. Otro punto: por más que los dos hombres que Lula da Silva haya indicado para mejorar la pésima articulación política del gobierno (Jacques Wagner en la jefatura de Gabinete, y Ricardo Berzoini en la Secretaría General de la Presidencia), a estas alturas es imprescindible que la misma Dilma Rousseff busque, con urgencia máxima, una interlocución directa con los líderes de los partidos supuestamente aliados en el Congreso.

Hubo, es verdad, otro alivio para la tan presionada mandataria. Su principal enemigo en la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, que además la preside, hizo circular, el pasado miércoles, la afirmación de que el análisis de los pedidos de apertura de un proceso de impeachment, es decir, la destitución de Dilma por el Congreso, solo ocurriría el año que viene, luego del receso parlamentario.

El jueves, luciendo otra vez su formidable concepto de lo que sería tener escrúpulos, el mismo Cunha dijo exactamente lo contrario: en cualquier momento adoptará, amparado en lo que el regimiento interno del Congreso se faculta, la decisión. Ese poder individual, pese al desgaste y a la desmoralización que enfrenta entre sus mismos pares, sigue siendo su fórmula más eficaz para presionar al gobierno.

Sin embargo, esa actuación pendular de Cunha, maestro del chantaje, sufrió un duro revés ayer. Luego de haber maniobrado de manera escandalosa para que el Consejo de Ética de la Cámara no pudiese iniciar el debate sobre el pedido de proceso en su contra, explotó una reacción de tal manera contundente entre los diputados que Cunha se vio forzado a dar marcha atrás. El proceso deberá empezar a ser juzgado en cualquier momento.

Al mismo tiempo, los incidentes de ayer dejaron al descubierto una acción del PT que no ayuda en nada a mejorar su desgastada imagen: el partido de Lula y Dilma maniobró, en los bastidores, para vaciar la sesión del Consejo de Ética, tal como quería Cunha. Pese a las toneladas de pruebas que demuestran que él cometió crímenes que van de lavado de dinero a corrupción pasiva y evasión fiscal, el PT se niega a sumarse a las corrientes que exigen, como mínimo, su alejamiento de la presidencia de la Cámara.

Como, al final, todo volvió al punto de partida, quedó claro que el poder de chantaje del diputado sobre el gobierno sigue funcionando con gran eficacia. Y las glorias por haber anulado una iniciativa inescrupulosa de Cunha no quedaron con el PT, sino con la oposición, la misma que defiende la destitución de Dilma.

Para el gobierno, en todo caso, lo que importa es que, pese a la crisis que continúa, se logró un ligero alivio. Hay que ver cuánto irá durar. Mientras, el país sigue buscando una salida.

Hay un dato curioso, que muestra bien cómo anda el humor de los brasileños en estos tiempos turbulentos. Hace poco, el PMDB, principal aliado –y aliado especialmente desleal– del gobierno realizó una encuesta de opinión. La pregunta clave era la siguiente: ¿Quién cree usted que es capaz de dar una solución para Brasil?

El resultado es bastante revelador del estado de espíritu de los brasileños: cinco por ciento de los entrevistados aseguraron que ese hombre es Lula da Silva. Ya el senador golpista y candidato presidencial derrotado por Dilma Rousseff hace un año, Aécio Neves, mereció la confianza de 3 por ciento de los entrevistados.

Para 65 por ciento de los que respondieron a la encuesta, solamente el papa Francisco tendría condiciones de arreglar el malbaratado cuadro vivido por el país. O sea: el país depende de un milagro...

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Dilma Rousseff encontró alivio luego de meses de amenazas de apertura de juicio político.
Imagen: EFE
 
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