EL MUNDO › GANA FUERZA LA OPCION ULTRACONSERVADORA

El “papable” sombrío avanza

En los pasillos vaticanos resuena el nombre del alemán Josef Ratzinger para nuevo Pontífice. A cuatro días del cónclave, el cardenal ultraortodoxo de 78 años y de instintos autoritarios aparece como la carta de la transición, seguido por Carlo María Martini.

Por Oscar Guisoni
Desde Ciudad del Vaticano

Cuando faltan sólo cuatro días para que comience el cónclave que habrá de elegir al sucesor de Juan Pablo II, las indiscreciones que durante estas horas hacen temblar los muros vaticanos dan a entender que los cardenales han decidido “qué tipo de Papa quieren”. Hay al menos dos candidatos en “carrera” y uno de ellos, el alemán Josef Ratzinger, está a punto de asegurarse una fulminante mayoría de votos ya el próximo lunes. Si estas informaciones, que irrumpieron como una bomba en la edición de ayer de la prensa italiana y que han sido ratificadas por fuentes del más alto nivel de la Santa Sede, se confirmaran, el cónclave duraría no más de un par de días y la Iglesia Católica habría dado muestras de “firmeza y unidad en un momento difícil como éste”, afirma un arzobispo que del Vaticano dice conocer hasta el último ladrillo.
El dato más significativo es, sin lugar a dudas, la candidatura de Ratzinger y el apoyo que –se supone– ha cosechado entre muchos cardenales. Hasta la medianoche de ayer el purpurado alemán habría obtenido el consenso de 50 de sus colegas y se estaba acercando a pasos agigantados a los dos tercios más uno de los votos que necesita durante las primeras rondas de votaciones, según la Constitución vaticana modificada por Juan Pablo II. Esto significa, antes que nada, que la Iglesia está optando por un Papa de transición, capaz de poner orden en el “desgobierno interno” que, según muchos de los cardenales presentes en el Vaticano, caracterizó el largo reinado de Karol Wojtyla. Ratzinger tiene 78 años y carga con el peso de al menos cuatro bypass, por lo que se supone que su papado será corto. Además, el alemán ex jefe de la inquisitorial Congregación para la Doctrina de la Fe, que fue la responsable de silenciar a la Teología de la Liberación durante los primeros años del papado de Juan Pablo II, cuenta con el apoyo del potente lobby del Opus Dei y de los cardenales italianos Camilo Ruini y Angelo Scola, quienes han “armado” el consenso en torno de su candidatura con paciencia y sigilo durante la última semana.
Ruini y Scola, ellos mismos candidatos según la mayoría de los analistas, comenzaron a impulsar la opción Ratzinger para contraponerlo a la “bestia negra” de los conservadores en este cónclave, el arzobispo de Milán Diogini Tettamanzi, acusado en voz baja de ser, entre tantas otras cosas, demasiado “petiso y gordo”, por lo que su figura “no se vería muy bien en televisión”. Una clara señal, esta última, de que el “papado mediático” de Wojtyla dejó sus huellas. Tettamanzi viene siendo considerado un “papable” desde hace demasiado tiempo y terminó de transformarse en una amenaza cuando el bloque de cardenales latinoamericanos más progresistas hicieron saber que verían de buen grado el apoyo a una candidatura italiana “fuerte y abierta a la sensibilidad social que requiere la Iglesia en estos momentos”.
Pero Ratzinger no las tiene todas consigo y deberá hilar muy fino si pretende obtener un resultado tan fulminante durante los primeros días de votación. En principio, ha dado a entender que no está dispuesto a que “se vote demasiadas veces”, tratando de evitar un desgaste prematuro que le quite márgenes de acción en el futuro. Si no fuese elegido el lunes o el martes próximo –indican las mismas fuente que instalaron el tema– tiraría la toalla. Este comportamiento autoritario, que según sus detractores forma parte de su personalidad, ha sido un revulsivo para los opositores al alemán que comenzaron a hacer correr la idea de una candidatura opositora, centrada en la figura del cardenal Carlo María Martini, el ex arzobispo de Milán que, por tener más de 80 años, no podrá participar del cónclave y cuyas posibilidades no habían sido muy tenidas en cuenta al inicio, precisamente por lo avanzado de su edad. La candidatura de Martini, al parecer, no está consiguiendo tantos consensos, a pesar de que hace unos años se lo consideraba el sucesor “cantado” de Wojtyla y de que es visto como “uno de los grandes sabios de la Iglesia”.
El otro hueso duro de roer, a la hora de sentar a la ex mano derecha de Juan Pablo II en la silla de Pedro, son sus propios compatriotas. Los cardenales alemanes, a excepción del arzobispo Meisner de Colonia, no simpatizan con Ratzinger y creen que alejará a la Iglesia de las multitudes que supo conseguir Wojtyla durante su papado, ya que carece de carisma. Lo consideran “demasiado apegado a la tradición”, con muy poca flexibilidad para afrontar los desafíos que la Iglesia tiene por delante en los próximos años. A su favor, en cambio, se están moviendo durante estas horas los cardenales del grupo ibero-latinoamericano más cercano al Opus Dei, como Herranz, López Trujillo y Castrillón Hoyos. Si no pasara la candidatura del alemán, sostienen en voz baja, entonces este grupo sacará de la manga al hondureño Madariaga, una opción que no convence demasiado a la diplomacia norteamericana, que ha dejado traslucir en estos días su beneplácito a la “opción Ratzinger”.
A EE.UU. le cayó muy bien que Ratzinger no hiciera mención a la cuestión de “la paz” durante la ceremonia oficiada por él el día de los funerales de Wojtyla, una bandera que Juan Pablo II enarboló con convicción durante los primeros meses del 2003, cuando Bush y sus aliados se preparaban a invadir Irak y que causó mucho fastidio en la Casa Blanca. “A partir de ese momento”, sostienen fuentes diplomáticas romanas, “sus acciones comenzaron a crecer”. Sus detractores, en cambio, piensan que se perdió una oportunidad de oro “para tirarle las orejas a los potentes del mundo” reunidos ese día a las puertas de la Basílica de San Pedro.
Mientras, el clima de “secretismo” que reina en estos momentos al interior de los muros del Vaticano está resultando ser una simple fachada. Bastó, por ejemplo, que se hiciera público el murmullo acerca del aumento de acuerdos en torno de Ratzinger para que comenzaran a correr voces envenenadas en su contra. Algunos han salido a decir que el alemán formaba parte “de las juventudes hitlerianas”, algo que él mismo contó en un libro de su autoría, sólo que olvidan mencionar que sólo tenía 12 años cuando sucedió el hecho. “Todos los niños en esa época estaban obligados a hacerlo”, sostienen de viva voz sus defensores, indignados con “la bajeza del chisme”. Otros cuestionamientos a su figura resultan ser menos ingenuos. Hay quien recuerda que hace pocos meses Ratzinger publicó un libro que todavía está en las vitrinas de las librerías en la sección “novedades” junto al presidente del Senado italiano Marcello Pera, un hombre del riñón de Silvio Berlusconi, capaz de sostener sin inmutarse las tesis de los neoconservadores americanos acerca de la “inevitable guerra de civilizaciones” que nos espera en el futuro. Es obvio, señalan los opositores a la candidatura del alemán, “que su elección no será vista como un signo de apertura al mundo islámico, sino que sonará más bien a una sutil declaración de guerra”.
Sea o no Ratzinger el elegido, una cosa parece quedar clara: la maquinaria para elegir al sucesor de Woj-tyla ya está en marcha. Sólo cabe esperar, sentados en la platea, los próximos inevitables golpes de escena.

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El alemán Josef Ratzinger, mano derecha de Juan Pablo II.
 
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