EL MUNDO › A PESAR DE UNA VIOLENTA REPRESION, LAS MANIFESTACIONES SE MULTIPLICAN EN BIRMANIA

La junta no puede frenar la revolución

Por tercer día consecutivo, el ejército birmano salió a la calle para reprimir una revuelta encabezada por monjes budistas, que protestaban pacíficamente por el alza de precios en un país gobernado por uno de los regímenes más cerrados y despóticos del mundo. Podría haber hasta 200 muertos. Hoy llega el enviado de la ONU.

 Por Rosalind Russell *
desde Rangún

Los líderes militares de Birmania clausuraron los monasterios, arrestaron a los disidentes y levantaron barricadas en Rangún en un intento de sofocar las olas de manifestaciones callejeras que pedían el fin del régimen. También trataron de cortar las comunicaciones de la gente común con el mundo de afuera, aumentando los temores de que las medidas enérgicas puedan frenar la iniciativa de las manifestaciones. Sin embargo, a pesar de los mejores esfuerzos del régimen, un día después de que las fuerzas de seguridad mataran a por lo menos nueve manifestantes (los grupos disidentes dicen que el total podría llegar a los 200) cientos arriesgaron nuevamente sus vidas para desafiar al gobierno en pequeñas pero furiosas protestas en toda la ciudad.

Encerrados dentro de los monasterios, o ausentes de la ciudad, los monjes de las túnicas canela que formaron la espina dorsal de las protestas dignas en la última semana, en su mayoría habían desaparecido. En su lugar había civiles, menos disciplinados y más enojados, algunos con las caras tapadas. Gritando, los grupos se movían por la ciudad tratando de reunirse en grupos numerosos. Pero el ejército, con los soldados apretujados en la parte de atrás de los camiones, los corrían y rápidamente rompían las reuniones con amenazas y fuerza.

En Thanwe, un área residencial decadente en el noreste de Rangún, los testigos dijeron que los soldados dispararon en medio de confrontaciones con los manifestantes. “¡Se terminó!”, gritaba un soldado mientras un grupo de muchachos se dispersaba. Cuando se enfrentaban a líneas de soldados con rifles y escudos antidisturbios, algunos manifestantes tiraban piedras y botellas mientras retrocedían. Sin la autoridad moral ni la organización o la disciplina de los muy reverenciados monjes budistas del país, parecía que las palabras de los soldados fueran verdad. Con los líderes civiles del movimiento pro democracia que organizaron las protestas iniciales del mes pasado arrestados y encarcelados, los gobernantes de Birmania parecen haber tomado el control. “¡Que se vaya el gobierno!”, gritó en inglés un joven con un sarong mientras golpeaba el techo de nuestro auto que se movía entre una multitud agitada y desorganizada.

Ya no existían el orgullo y la esperanza que acompañaban las marchas bien organizadas conducidas por los monjes. En su lugar había temor y confusión. Un diplomático occidental dijo que, en otro golpe a los manifestantes, cientos de disidentes sospechosos habían sido arrestados en la ciudad ayer, 50 de ellos en una sola redada.

El ejército avanzó sobre los monjes durante la noche, atacando los monasterios que eran identificados como los semilleros de las protestas, pegándoles y enviándolos de vuelta a sus pueblos, lejos de los ojos del mundo. Los templos de Rangún, incluyendo las pagodas Sule y Shwedagon, alrededor de las cuales los monjes se habían reunido, han sido declarados “zonas peligrosas” y sellados con alambre de púa. Ayer, las autoridades clausuraron el único servidor de Internet de Burma y bloquearon todos los textos y fotos en los mensajes de celulares, en un esfuerzo por frenar las imágenes violentas que salían del país, incluyendo las fotos del fotógrafo japonés muerto por disparos frente a la pagoda Sule. Aunque los periodistas extranjeros están prohibidos, el régimen ordenó que los soldados fueran puerta por puerta a algunos hoteles buscando extranjeros.

Con una indignación generalizada y palabras de aliento, pero hasta ahora ningún apoyo práctico del mundo exterior, el único combustible que los manifestantes tienen es el enojo acumulado durante 45 años de gobierno militar sin interrupciones. Los generales de Burma han arruinado un país rico en recursos, por mal manejo y codicia. Un aumento de precios en los combustibles en agosto fue la gota que rebasó el vaso para los ciudadanos que se han mantenido tranquilos desde el levantamiento de 1988, que fue brutalmente aplastado, matando a 6000 personas. Anoche, el enviado especial de la ONU a Burma se dirigía al país para promocionar una solución política y podría llegar hoy. También el Consejo de Derechos Humanos de la ONU anunció que llevará a cabo una sesión especial sobre Birmania la semana que viene. Será la primera reunión de su clase desde que se reunió para hablar sobre Darfur el año pasado.

Un diplomático occidental, que exigió el anonimato, afirmó que “probablemente hay muertos y heridos” en las manifestaciones celebradas ayer contra la junta militar en Rangún, a la vez que se han producido centenares de detenciones. “Las detenciones son masivas y se cuentan por centenares”, añadió el diplomático, quien denunció que las fuerzas de seguridad “arrestan personas sin discriminación”.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Celita Doyhambéhère.

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El cuerpo del fotógrafo japonés Kenji Nagai, víctima de la represión, yace en una calle de Rangún. Ayer siguió la violencia.
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