EL MUNDO › LA CONVOCATORIA QUE GENERó LA VISITA DE FRANCISCO A BRASIL

Un orador eficaz y mediático

Algunas frases que dijo el pontífice quedarán para el archivo: “No a la eutanasia cultural” o “Hagan lío”. El arzobispo de Río, Joao Orani Tempesta, señaló que los brasileños “van a extrañar a un Papa que se aproximó tanto”.

 Por Darío Pignotti

Desde Brasilia

Como Mick Jagger, pero sin mostrar la lengua y con sotana. El papa Francisco reunió cerca de tres millones de personas ayer en Copacabana, cuando celebró una misa en un altar instalado en la misma playa donde hace dos años el vocalista británico había reunido menos de un millón de seguidores. Habrá que aguardar algún tiempo para ponderar acabadamente el impacto político y pastoral de una visita contada con el ritmo de esos realities show en los que el espectador no para de ser sorprendido.

“El papa Francisco, por su condición de latinoamericano, argentino, sabe comprender la religiosidad de los brasileños, que son muy afectivos, les gusta abrazar para comunicar su fe, ser tocados y tocar. El carisma del papa Francisco recuerda al de Juan Pablo II, que nosotros recibimos cuatro veces en Brasil y fue tan querido por nuestro pueblo”, explicó Leonardo Ulrich Steiner, secretario general de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil. El arzobispo de Río de Janeiro, João Orani Tempesta, dijo durante el oficio religioso celebrado ayer junto al mar que “vamos a sentir saudades (añoranzas)” con la partida del pontífice. Los brasileños van a extrañar a un Papa “que se aproximó tanto (a ellos)” y a partir de ahora seguirán su enseñanza y “partirán como apóstoles hacia las periferias, hacia los excluidos... hacia donde nos envía el Santo Padre”, prosiguió el prelado Tempesta.

Las palabras del arzobispo carioca parecieron evocar al poeta Vinicius de Moraes, que escribió que la “tristeza no tiene fin (nao tem fim, en portugués), la felicidad sí”, estribillo del popular tema “Felicidad”, en el que se cuenta el pesar de un carioca el Miércoles de Cenizas con el fin del Carnaval.

La misa de Bergoglio puso fin ayer a la felicidad contagiosa percibida en la Jornada Mundial de la Juventud, que durante los últimos cuatro días ocupó la bellísima Copacabana, poco acostumbrada a multitudinarios ritos católicos y más habituada a recibir fiestas paganas como el Reveillon de Año Nuevo o el Carnaval, o las grandes manifestaciones del Orgullo Gay.

Desde el jueves, la arena clara, frente a un mar inusualmente bravío, comenzó a poblarse de tiendas de campaña y fue el lugar donde hubo desde catequesis y confesionarios portables hasta monjas alzando unos centímetros sus largas faldas marrones para mojarse los pies frente a jovencitas católicas con bikinis zambulléndose brevemente en las aguas frías.

Hace un mes, los organizadores de la Jornada estimaban que la misa de cierre podría convocar “hasta 1,5 millón” de jóvenes procedentes de decenas de países. Y algunos voceros llegaban a arriesgar la presencia de hasta dos millones; pero nadie siquiera barajaba que llegara a haber tres millones de personas, mucho menos tras días de lluvia y viento como los que asolaron a la Ciudad (no tan) Maravillosa, que a pesar de la visita papal no suspendió la guerra cotidiana de baja intensidad perpetrada por la policía en las favelas.

En el primer viaje internacional desde su elección, el 13 de marzo pasado, el Papa argentino confirmó sus cualidades de orador eficaz con frases que quedarán marcadas: “Hay que rehabilitar la política”, “La civilización se pasó de rosca”, “No a la eutanasia cultural” y la sugestiva “Hagan lío”, pronunciada ante miles de jóvenes argentinos.

Además de atlético, Jorge Bergoglio, de 76 años, demostró ser talentoso en la gestualidad cada vez que bajó del papamóvil, sin protección lateral para abrazar al público, beber un mate alcanzado por algún fiel mientras desfilaba por Copacabana, o colocarse un “cocal” (toca sagrada) entregado por un joven indígena de la colectividad tapaxós, que habita en el nordeste brasileño.

Esa destreza en el manejo de los gestos contribuyó a difundir su imagen a través de la televisión, y esto hizo que sus caravanas conquistasen un rating extraordinario, en contraste a las somníferas apariciones de su predecesor Benedicto XVI en el invierno de 2007.

Ante la alta y súbita aprobación de Bergoglio, la TV Globo, principal cadena del país, tomó una decisión que conoce pocos antecedentes: resolvió suspender la emisión de su telenovela de las 21 –que es el programa de mayor rating de la emisora– para transmitir los recorridos nocturnos del papamóvil por la Avenida Atlántica, junto a la playa de Copacabana.

Menos mediática fue su intervención ante los obispos latinoamericanos, a quienes recomendó ser menos “principescos” y más dispuestos a enterrar los pies en el barro de una realidad marcada por la pobreza del subcontinente, que representa la principal reserva demográfica de una religión cercada por el avance de las iglesias neopentecostales.

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El Papa saludó a su llegada a la playa Copacabana para oficiar la multitudinaria misa.
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