EL MUNDO › ESCENARIO

La huella de Al Qaida

 Por Santiago O’Donnell

El aviso llegó un mes después del atentado a las Torres Gemelas. “La tormenta de aviones no cesará hasta que no retrocedan de su derrota en Afganistán, detengan su ayuda a los judíos en Palestina, abandonen la península árabe y dejen de apoyar a los hindúes contra los musulmanes en Cachemira.” El mensaje del vocero de Al Qaida, Sulaiman Abu Graith, trasmitido por la cadena Al Jazeera, vinculó por vez primera al conflicto de Cachemira con el terrorismo globalizado.

Hoy, mientras la prensa hindú responsabiliza a los grupos separatistas por el atentado en Bombay –tal como el gobierno español se apresuró en acusar a la ETA por el atentado de Atocha en el 2004– resulta imposible desvincular la pelea regional entre India y Pakistán del conflicto global que enfrenta al fundamentalismo islámico con Occidente y sus aliados.

Los vínculos entre los grupos separatistas cachemiros y Al Qaida no son ninguna novedad. Según un informe publicado por el Foreign Affairs Council norteamericano el año pasado, no pocos terroristas cachemiros recibieron entrenamiento en los mismos campamentos y madrazas donde se adiestraron los combatientes de Al Qaida y los talibanes afganos. El líder del grupo armado cachemiro Harakat ul Mujadeen, Farooq Ksshmiri Khalil, firmó la declaración de Guerra Santa de Al Qaida contra la alianza occidental en 1988. Maulana Masood Azhar, fundador del grupo separatista Jaish e Muhannad, viajó varias veces a Afganistán para reunirse con Osama bin Laden. Según informes de inteligencia hindúes y norteamericanos, ambos grupos separatistas reciben financiamiento de Al Qaida.

No es un detalle menor que hasta el atentado contra las Torres Gemelas el presidente paquistaní Pervez Musharraf apoyaba a los grupos independentistas cachemiros en India a través de su servicio de inteligencia, el ISI, que junto con los talibanes afganos liderados por Bin Laden recibía financiamiento de la CIA durante los últimos años de la Guerra Fría. Un informe publicado por el Asia Times en el 2002 señala que una figura clave del ISI, Ghulam Mustafá, también era uno de los principales líderes financieros de Al Qaida. “De esta manera, Mustafá cumplía dos funciones. Una, como uno de los coordinadores de los grupos independentistas en Cachemira. Otra, como organizador de las transferencias de dinero y recursos humanos de Pakistán a Afganistán.”

Los vínculos entre los terroristas globalizados y los grupos independentistas que operan en Cachemira merecieron una declaración, nunca inocente, del secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, en julio de 2002, un período de muchísima tensión en la frontera caliente. “Hemos visto indicios de que Al Qaida está operando cerca de la línea de control de las Naciones Unidas (el límite entre Cachemira y Pakistan)”, dijo el halcón de George W. Bush.

Es que la invasión norteamericana de Afganistán provocó un éxodo de guerreros árabes y afganos hacia la zona de Cachemira, con la anuencia del ISI, según demostró una investigación del respetado Christian Science Monitor poco después del atentado a las Torres Gemelas. Ese informe incluye una entrevista con el jefe regional del servicio secreto paquistaní, Mohamad Muslim, quien llamativamente acusa a Estados Unidos de emprender “una guerra en contra del Islam” y agrega: “No tenemos que estar de acuerdo con Musharraf. El es el líder de Pakistán, pero no es un líder electo”. El desplazamiento, según analistas de inteligencia occidentales citados por USA Today, tuvo dos objetivos. Por un lado, fogonear una “guerra santa” en un territorio más favorable, ya que no es lo mismo enfrentar al ejército norteamericano que a la policía india. Por el otro, obligar al ejército paquistaní a ocuparse de la frontera con India para quitarle recursos al frente afgano. No parece casual que desde entonces el poder de fuego y la sofisticación de los grupos independentistas cachemiros han crecido gradualmente hasta llegar a la masacre de ayer, que parece calcada del modus operandi que Al Qaida utiliza en todo el mundo. Es evidente que a Al Qaida nada le vendría mejor que una guerra nuclear entre India y Pakistán. En Indonesia, en Palestina, en Irak y en Filipinas la red terrorista ha demostrado una tendencia a promover y fogonear conflictos regionales en su beneficio. No hay razones para pensar que lo de ayer se aparta de esta lógica.

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