EL PAíS › OPINIóN

El lugar de la izquierda democrática

 Por Jorge Rivas *

El socialismo está atravesando una de sus recurrentes crisis con un cierto aire de familia, con diferencias y parecidos con las producidas a lo largo del siglo pasado. En particular, con el debate que se produjo en el partido ante el surgimiento del primer peronismo. Entre las diferencias se encuentran el contexto histórico, la calidad intelectual de los actores que intervienen en la discusión, y el hecho de que el socialismo era entonces una importante corriente no sólo de acción sino de pensamiento, capaz de proyectar una idea de futuro. Entre los parecidos, la cuestión de qué hacer ante el populismo.

De lo que se trata, en última instancia, es de cómo debe actuar una fuerza de izquierda ante un gobierno de carácter populista y de centroizquierda, y cuyo sujeto social debería ser el sustento de cualquier gobierno popular. No cabe duda de que si hace política sin mezquindad, ella debe ayudar a remover los obstáculos que impiden las transformaciones profundas que la sociedad demanda.

La Argentina ya no es lo que era seis años atrás, un país desolado y ganado por la desesperanza. Su ciudadanía, en ese momento, eligió a Néstor Kirchner entre otras cosas porque él supo interpretar la demanda de la sociedad, como otros no supimos. Esa Argentina cambió. Y no bien empezó a sacarse de los hombros el polvo de las ruinas, pasó a demandar lo que había dejado para mejores momentos. Y está bien, así son las sociedades modernas, y por eso avanzan. A lo que está obligada nuestra Presidenta mientras la oposición sigue cirujeando en la carroña del desastre es a tener el oído atento al murmullo de la sociedad, para escuchar que la demanda cambió y para evitar que sea caldo de cultivo de la derecha. Ella puede hacerlo, porque es de las pocas dirigentes de nuestro escenario político con capacidad para entender esos datos de la realidad.

Nunca como ahora, por otra parte, se había dado en la región una oleada de gobiernos populistas de izquierda ni se había empujado tan fuerte hacia una integración multilateral. Un avance, es bueno reconocerlo, que no se debió a la penetración en el tejido social de nuestro discurso esclarecido, sino al saldo del consenso de Washington y de la aplicación salvaje de sus políticas económicas.

No podemos, entonces, desentendernos del presente y volver a cometer el repetido error de esperar nuestro tiempo óptimo para irrumpir en la escena política, sin reparar en la posibilidad de que cuando llegue ese momento –si es que llega–, tal vez nuestra posición haya devenido históricamente inútil. Alguna izquierda se empecina en esmerilar al Gobierno, como si su desgaste fuera funcional a alguna fuerza de avanzada, y no a la mera derecha. Otros compañeros están tan confundidos que llegan a ser portavoces del más rancio capital.

Apoyar, sin embargo, no significa disimular el espíritu crítico. Flaco favor les haríamos al Gobierno y a las transformaciones que pretendemos si acalláramos nuestras diferencias por temor a las represalias. Respaldar toda iniciativa que provenga del oficialismo nos haría perder tanta autonomía como a aquellos que se oponen a todo por la misma razón. Y tampoco sirve pararse en los bordes para tratar de extorsionar, un lamentable tic de la vieja política.

Ser parte del gobierno y mantener autonomía es una tarea tan ardua como imprescindible, ya que lo que le da valor agregado a nuestra presencia es mantener nuestra identidad, por más que alguno se incomode. La izquierda argentina cercana al Gobierno, consciente de que su falta de anclaje popular la hace más vulnerable, teme tal vez quedar casi sometida a una decisión administrativa. Pero trabajar con una mirada de mediano y largo plazo, para arrebatarle a la derecha la idea de futuro que históricamente ha sido patrimonio de la izquierda, obliga a desdeñar el miedo a mancharse con la gestión de gobierno.

Debemos empujar para incluir en la agenda la problemática de la desigualdad como tema principal. Parafraseando a Juan B. Justo, hay algunos que ocupan demasiado lugar en el banquete de la vida. Y si de algo podemos estar seguros, es de que ellos no se van a correr gentilmente. Hay que juntar toda la masa crítica disponible para desplazarlos de los lugares de los que se apropiaron impúdicamente.

No lo entiende así la conducción del Partido Socialista que milita en la oposición salvaje. Es probable que ya no forme parte de la corriente de pensamiento que alumbró a nuestra fuerza, sino que sólo sea un aparato burocratizado capaz de aliarse con el diablo, como ya lo hizo, aun en contra de la propia clase social que decía representar: un grupo de dirigentes que ha cambiado la vocación transformadora sencillamente por la vocación de durar.

* Dirigente socialista. Diputado nacional (electo). Ex vicejefe de Gabinete del gobierno nacional.

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