EL PAíS › INCIDENTE CON LA CUSTODIA DE DROMI

Como en los viejos tiempos

El hijo del asesinado mayor Alberte increpó duramente a Dromi, al cruzárselo por la calle. Minutos después, un auto con la chapa tapada lo cruzó y un grupo lo “detuvo”, le sacó los documentos y lo interrogó con dureza. Lo salvaron los vecinos, que llamaron a la policía. No se sabe quiénes son los custodios.

Por Miguel Bonasso

El hombre cerró la puerta de la tintorería y se alejó caminando por Juncal al 800. Eran las siete y media de la tarde del 28 de enero pasado y estaba lejos de imaginar la pesadilla que le esperaba a pocos metros de distancia.
Estaba cansado, hacía calor, la ciudad vibraba con gritos y cacerolazos que parecían no tener fin. Caminó hacia la Nueve de Julio. Treinta, cuarenta años atrás, esa tintorería familiar que había dejado a sus espaldas también vibraba, pero en sordina, con las eternas conspiraciones de su padre, “el Yorma”, “el Tintorero”, como le decían tanto los compañeros como la propia policía al mayor de Ejército retirado Bernardo Alberte. Que había sido delegado personal de Juan Perón y una de las figuras más honestas e intransigentes de la izquierda peronista. También la primera víctima de la dictadura de Videla, cuando en la madrugada del 24 de marzo de 1976 sus antiguos camaradas de arma irrumpieron en su departamento de Libertador al 1100 y lo arrojaron al vacío desde un cuarto piso; un crimen que sigue impune.
Bernardo Alberte hijo, que ha heredado la voz, los principios y la famosa tintorería del padre, que ha hecho un culto de su memoria y odia al menemismo como “suprema traición al peronismo histórico”, ignoraba ese anochecer que estaba por toparse, frente a frente, con uno de sus epítomes.
Caminaba por Carlos Pellegrini y lo vio por casualidad bajando de un auto: allí estaba frente a él Roberto Dromi, el ex ministro de Obras y Servicios Públicos de Carlos Menem, el privatizador, “el entregador de Aerolíneas Argentinas”, que se aprestaba a entrar al edificio de Carlos Pellegrini que lleva el número 1325. Sin pensarlo dos veces comenzó a increparlo:
–¿Qué hace tan tranquilo por acá, Dromi? Usted debería estar preso porque es uno de los principales responsables de la entrega del patrimonio nacional. ¡Un vendepatria!
Dromi observó atemorizado al desconocido que lo increpaba y se metió presurosamente en el edificio. Alberte, enfurecido, siguió recordando a los gritos la performance privatizadora del ex ministro, hasta que empezó a “arremolinarse la gente”. Entonces el privatizador de Aerolíneas Argentinas se asomó a la puerta de Carlos Pellegrini 1325, acompañado por un custodio de civil. Pero la jugada le salió mal, porque los curiosos que habían comenzado a juntarse, convocados por la furia de Alberte hijo, al verlo en la vereda comenzaron a gritar, rítmicamente: “¡Hi-jo-de puta!, hi-jo-de puta!”. Logrando que Dromi y su custodio volvieran a meterse en el edificio, con evidente premura.
El episodio parecía haber concluido y Bernardo Alberte retomó el camino hacia su casa. Sin embargo, al llegar al segundo boulevard de la 9 de Julio observó cómo un Volkswagen Passat color celeste se detenía abruptamente a su lado y descendían primero dos sujetos mal encarados y finalmente un tercero, que iba al volante. Vertiginosamente, como en un close up cinematográfico, observó que el Passat tenía la chapa patente cubierta con un trapo. No tuvo tiempo de pensarlo mucho, pero lo asaltaron de un golpe los peores recuerdos de su infancia y juventud, cuando “la tintorería” y “el tintorero Alberte” eran el blanco favorito de Coordinación Federal por sus frecuentes denuncias contra las policías dictatoriales.
Los tres tipos se le tiraron encima; uno de ellos le metió la mano en el saco y le arrebató el documento de identidad. Otro le preguntaba:
–¿Por qué lo puteó a Dromi?
Alberte logró desasirse con un tironeo y un grito firme: “¡Suéltenme, carajo!”. Los tipos, que se identificaron como policías y custodios del exministro, lo soltaron, pero le retuvieron el documento y lo rodearon para cortarle la salida. El que interrogaba quiso saber ahora si había participado en un “escrache anterior” contra el ex ministro de Menem. “No –contestó Alberte– porque no me enteré. Sino hubiera participado”.
La gente volvió a juntarse ante el nuevo escándalo, exigiendo que los custodios de Dromi dejaran ir al desconocido que estaban reteniendo. Alguien protestó: “¡Esto es privación ilegítima de la libertad!” Un patrullero de la comisaría 15 se acercó a ver que ocurría y uno de sus ocupantes llamó a la seccional. De inmediato se presentó en el lugar el subcomisario Claudio Abbondanza, ante quien Alberte denunció que lo estaban deteniendo ilegalmente. También le mostró el trapo cubriendo la patente del auto. El subcomisario llevó a los custodios aparte y, por sus gestos, Alberte dedujo que “los estaba retando. Quería diferenciarse claramente de los tipos, para que nadie pensara que les había asegurado una zona liberada para operar”.
Después de sermonear a sus colegas, el subcomisario Abbondanza regresó hasta donde esperaba el agredido, le devolvió el documento y le dijo que podía “irse a su casa”. Otro hubiera aceptado, dando por finalizado un mal rato que se había prolongado durante una hora, pero Alberte se negó enérgicamente: “No, subcomisario, esto no puede quedar así, yo voy con usted a la comisaría para hacer la denuncia correspondiente por privación ilegítima de la libertad”. El policía accedió y lo llevaron a la seccional, donde Alberte formalizó la denuncia para que fuera elevada a la justicia correccional. “El subcomisario Abbondanza y el personal de la 15 que intervino tuvieron una conducta muy correcta”, le diría después a Página/12.
Al día siguiente Alberte inició algunas averiguaciones y se enteró que Roberto Dromi había concurrido a la seccional para presentar a su vez una denuncia. También supo que uno de los custodios que lo habían retenido ilegalmente contra su voluntad era el suboficial auxiliar retirado de la Policía Federal Miguel Angel Manetti. No pudo establecer en cambio si ese suboficial y los otros custodios (también presuntamente retirados de la Federal) formaban parte de una vigilancia oficial otorgada por las actuales autoridades al ministro que diseñó las privatizaciones o eran integrantes de alguna agencia privada de seguridad.
Aunque el ataque se redujo a forcejeos y tironeos y no le provocó ninguna lesión física, Bernardo no dejó de preguntarse qué podía haberle ocurrido si el episodio, en vez de producirse en pleno centro y a la vista de decenas de testigos, hubiera ocurrido en una calle desierta. Viejos y nuevos fantasmas lo habitaron. Como esa pesadilla circular que regresa todas las noches: los hombres de verde irrumpiendo en el departamento de su padre al grito de “¡Alberte, venimos a matarte!”

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