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“Me ataron, me pegaron, de verdad creí que me terminarían matando”

Raúl Salinas, un desocupado que participa en la asamblea de Floresta, fue secuestrado durante 36 horas. De ese grupo surgió la protesta por el asesinato de tres jóvenes a manos de un policía retirado.

 Por Irina Hauser

Lo apresaron en la Plaza Vélez Sarsfield, en Floresta, a plena luz del día, y le vendaron los ojos. Lo metieron en el piso de atrás de un auto y ahí mismo lo empezaron a moler a golpes. “Los apellidos, queremos los apellidos de esos dos”, le gritaban sus captores aludiendo a asambleístas de su barrio. Raúl Salinas, de 48 años, integra una asamblea popular que funciona en la misma plaza donde lo secuestraron. Es un grupo de autoconvocados que nació después del 29 de diciembre de 2001, cuando el policía Juan de Dios Velaztiqui asesinó en el maxiquiosco de una estación de servicio a tres chicos de ese vecindario. Salinas estuvo 36 horas sin ver la luz, sin beber ni comer, sometido a las torturas incesantes de tres desquiciados cuyos rostros sólo vio difusamente. Ayer, respaldado por la Defensoría del Pueblo porteño, hizo una denuncia penal.
Con el pulóver arremangado, a Raúl se le ven las marcas de la golpiza en los brazos y las manos. Está desocupado hace tiempo, no tiene vivienda ni familia –sólo algunos tíos en Entre Ríos– y suele ir rotando de casa en casa de sus compañeros caceroleros, o duerme en la calle. En la asamblea encontró hace tres meses un lugar donde comer y, sobre todo, donde estar contenido y decir, aun con su timidez, lo que piensa.
Cuando lo interceptaron en la plaza, Raúl venía de la casa de Lidia, otra integrante de la asamblea, con quien tenía que verificar si había llegado alimento para la olla popular de los sábados, a la que concurren hasta 300 personas. “Me agarraron cuando estaba en la esquina de Bahía Blanca y Bogotá. Eran dos tipos y otro que esperaba en el auto. Alcancé a ver unos segundos antes que era un Renault 9 gris. Pero enseguida me taparon los ojos y me empujaron atrás, al piso”, cuenta, fatigado. El secuestro ocurrió el lunes cerca de las 16.30 y recién lo liberaron el miércoles a la madrugada. De las intimidaciones sufridas por asambleas barriales –que han incluido secuestros más breves, seguimientos y disparos a sus lugares de reunión hasta amenazas telefónicas– quizá sea una de las más graves.
“Me pedían esos nombres completos de dos asambleístas y yo les decía que no los conocía, porque no los conozco de verdad. Tengo la impresión de que hablaban de gente de otra asamblea que funciona en la misma plaza. Y así seguí cobrando hasta llegar a destino. Me ingresaron a un lugar con una pendiente, era como un subsuelo. Me ataron de los brazos al borde de una cama y nunca me sacaron la venda de los ojos. Sólo me seguían pegando trompadas en las costillas, en la espalda, los brazos. Insistían con lo de los apellidos. Yo les dije ‘mátenme si quieren porque no tengo nada que decirles’. De verdad creí que me mataban”, reconstruye.
Lo único que pidió Raúl durante su encierro fue un vaso de agua. Le dijeron que no había. A sus agresores casi no los escuchaba, parecía que estaban en otro ambiente. Pero sí escuchó cuando ingresó alguien más y dijo: “Boludos, no ven que no era éste”. Entonces lo desataron y lo subieron al mismo auto. Lo dejaron, cuenta, “atrás del cementerio de Moreno, sobre Gaona”. Gustavo Lesbegueris, adjunto de la Defensoría, advirtió: “Hemos recibido muchas denuncias pero nunca una cosa así. Debían sentirse muy impunes para moverse como lo hicieron, o muy protegidos. Parece un mensaje a todo el movimiento de asambleas”.
Sus pares asambleístas, que estuvieron con Raúl desde que fue liberado, no pueden dejar de relacionar la entrada en pendiente por la que él describe que lo llevaron “con la de la Comisaría 43ª”. “Esa seccional desplegó su accionar represivo contra los vecinos que protestaron después del crimen de los tres chicos. Fue la movilización del barrio la que garantizó un juicio con una condena a reclusión perpetua”, dice Anahí, encuestadora y cacerolera de Floresta. “Nuestra asamblea es hija de ese asesinato. Pero hasta ahora los aprietes no se habían dirigido a nosotros sino a los involucrados más directos, como los testigos”, señala. Dora, otra asambleísta, psicóloga, ve en lo que le pasó a Raúl “el accionar dela dictadura”. “A más de uno le molestamos las asambleas –sostiene–, y esto parece agravarse de manera alarmante en la etapa preelectoral.”

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Raúl Salinas, un desocupado de 48 años, fue metido en un auto y golpeado por desconocidos.
 
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