EL PAíS › OPINIóN

Lo de siempre

 Por Eduardo Aliverti

Al revés de otros momentos o etapas de nuestra vida política más o menos reciente, hoy la escena es muy previsible y nadie debería llamarse a sorpresa. Si es por eso, no hay dudas. La incertidumbre, en todo caso, es si la mayoría de la sociedad puede quedar presa del ataque de pánico que promueven los archiconocidos actores en juego.

Entiéndase bien la diferencia. Una cosa es que se sepan de memoria el tablero, las fichas y hasta los movimientos que hará el contrario. Y otra, la posibilidad de que, aun cuando se comprenda todo eso, no alcance para evitar el temor, la zozobra, el nerviosismo permanente en torno de si el contrincante no terminará saliéndose con las suyas. Vayámonos a 2008. El Gobierno estaba ratificado en las urnas desde el año anterior, con una ventaja apreciable. La Argentina incendiada de comienzos de siglo había pasado del infierno al purgatorio, como decía Kirchner, gracias a un manejo osado de la economía, que incluyó una quita inédita de la deuda externa y la liquidación, en un saque, de los aprietes del FMI. Sin embargo, en esos primeros años y tras el fracaso –como emblema– del pliego de condiciones que el diario La Nación le elevó al presidente el mismo día de asumido, las variadas expresiones de la oligarquía se convocaron a silencio en cuanto a la administración general del país. El subsuelo desde el que se partió no dejaba mayor lugar para la queja extorsiva de los grupos monopólicos y oligopólicos, que por otra parte no habían sido afectados. En rigor, el huevo de la serpiente lo incubaba la cantidad y calidad de símbolos que el oficialismo le tiraba por la cabeza al conglomerado reaccionario. Uno ha escrito y dicho sobre eso en numerosas oportunidades: no era la afectación dineraria lo que enardecía a las clases dominantes. Eran las insignias que los K les trituraban. Aquel discurso presidencial en la ONU que nos proclamó hijos y nietos de las Madres y Abuelas, el cuadro de Videla a la basura, la reivindicación de los ideales setentistas; y, por sobre todo, la temida confirmación de que después de muchísimo tiempo había vuelto la política para imponerle condiciones a la economía. La víbora permanecía allí, dispuesta para la primera de cambio. Se le apareció cuando, en marzo de 2008, se combinaron errores y horrores de comunicación gubernamental con la primera o más rotunda medida de exigencia contributiva. Apuntaba a la renta del sector privilegiado por naturaleza. Y la reacción descomunal de las patronales agrarias fue el vehículo que, además de nuclear a los grandes incubadores, se allegó amplias porciones de las clases medias en las urbes preponderantes. El ataque se completó con la propaganda decisiva de las corporaciones mediáticas, que se veían perjudicadas como el que más porque son fracción inescindible del negocio agropecuario. El Gobierno perdió esa batalla y las elecciones del año siguiente, pero hay ahí el primer y enorme dato que ostenta distancia con la actualidad: se pensaba que ese articulado opositor sería imparable y resultó que, entre su ineptitud impresionante y los méritos contragolpeadores del oficialismo, se diluyó hasta la inexistencia. Los comicios de 2011 eximen de otros comentarios al respecto. El liderazgo de Cristina está intocado. Y como si fuera poco, no se trata solamente de un respaldo que empieza y termina en las urnas, sino de que el kirchnerismo mantiene un volumen interesante de militancia y movilización. Hace cuatro años, esa apoyatura estaba arrinconada por el efecto de la 125. Al suceder hoy todo lo contrario, son una malísima autofotocopia de otrora los esperpénticos cacerolazos de teflón que volvieron a sonar en algunos barrios porteños, con epicentro en las zonas de mayor poder adquisitivo; y los escasos centenares de pretendientes a gaucho que volvieron a rodear la Legislatura bonaerense, contra la tremenda presión estatal para cobrarles por hectárea algo más de lo que se paga por un auto de media gama. Todavía no salieron a protestar derecho viejo contra el cepo cambiario, pero no perdamos las esperanzas. De todas formas, y ya volveremos sobre esto, nada de subestimar.

¿Qué pasa si se anoticia que 19 empresas explican el 50 por ciento del movimiento cambiario de todos los días, y que 120 empresas explican el 80 por ciento? ¿Y que un dos por ciento de los productores concentra el 50 por ciento de la producción de trigo? Son números que contextualizan la temática por su simple peso, pero seguramente pierden su valor como construcción de sentido si se advierte que los brindó Guillermo Moreno, la semana pasada, en una charla con militantes en la Unión de los Trabajadores de la Educación. Señaló que se logró parar la corrida bancaria del año pasado, “que fue una corrida en serio y no esta estupidez que tenemos ahora”. Relató lo que el Gobierno hizo en aquella instancia. Primero comprimió la demanda administrando el flujo de las empresas; y luego generó oferta, a través de presionar a las multinacionales para que aportaran liquidez en dólares. La figura del secretario de Comercio Interior es la preferidísima de los medios opositores para desbarrancar, incluso, lo irrefutable de ciertas cifras y procedimientos. Lo que no se entiende, si acaso Moreno no fuera el personaje más adecuado para lanzar al ruedo comunicacional, es por qué el Gobierno se priva de arreciar con otra tropa informativa, capaz de ser tan masivamente clara como lo es él frente a los militantes. Al no haber una conducción gubernativo-noticiosa unificada, o una bajada de línea que permita moverse en parámetros comunes, se producen las boutades individuales sucedidas en estos días. Mientras el oficialismo se decide a corregir esa duradera falencia de comunicación, si es que se le ocurre hacerlo, está a mucha mejor mano recurrir a aportes extragubernamentales. Cabe citar entre ellos el excelente artículo de Hugo Castro Pueyrredón, economista y profesor de la UBA, en Página/12 del jueves. “En Buenos Aires votan las vacas”, tal el título, sencillamente enseña que las secciones agrícolas más productivas, donde reside apenas el 11,3 por ciento de los electores, obtienen el 33,3 por ciento del total de los representantes parlamentarios bonaerenses. Los votos del interior agropecuario valen seis largas veces más que los del conurbano, lo cual, como apunta el académico, no puede definirse de otra forma que como voto calificado. En su nota hay también una certera ironía acerca de si los “productores” son efectivamente eso, o meros arrendadores que no llegan a constituir una burguesía agraria. Sean lo que se quiera, debe insistirse con que ellos y sus socios mayores, dentro y fuera de la esfera agropecuaria, conservan su poder de presión y extorsión por vía –-entre otros motivos, pero no el menor– de que la ayuda de los medios es inmensa.

De modo que ahí están, los mismos de siempre. Exactamente los mismos de toda la historia nacional. Hay sí algunos cambios en la capacidad de incidencia, que en realidad se remiten a la penetración mediática. La prensa reaccionaria jamás tuvo un papel tan preponderante, no sólo por la vastedad de los recursos tecnológicos sino porque directamente comanda a una oposición que no tiene ni tan siquiera figuritas de fuste. En ningún lado. Ni político, ni social, ni sectorial, ni intelectual. Las avanzadas de que disponen son, justamente, recursos de stand up televisado, junto a la batería de pálidas y derrumbe próximo o inevitable, que sus medios militan con una persistencia tal vez nunca vista. Y desde ya, nada menos, no cuentan con partido militar. Carecen de cuarteles para golpear la puerta. Por lo demás, los mismos de siempre. El campo, los especuladores financieros, sectores del “gran capital”, ese periodismo que les responde. Más clase media asustadiza y, dentro de ella, tilingaje potenciado por las redes sociales, bien que su fuerza nociva no les da ni de lejísimos para considerarlos una amenaza seria. Esto último viene a ser una suerte de oxímorom, en verdad, porque si hablamos de tilingos es obvio que se lo hace –para el tema aludido– de gente a la que lo más apasionante de la vida le pasa por dejar puteadas en Facebook, Twitter o los contestadores de las radios.

Lo que deberá certificarse, otra vez y no será la última, es el grado de convicción de las grandes mayorías para no caer en el juego de esa gente. No de los políticamente vacíos: de los corporativamente lúcidos y agresivos, para hacerles creer a aquéllos que el interés de sector es el de la Patria.

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