EL PAíS › LAS ORGANIZACIONES QUE FORMABAN LA COORDINADORA ANIBAL VERON, A UNA DECADA DE LA MASACRE DE AVELLANEDA

Diez años después

La Coordinadora Aníbal Verón, en la que militaban Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, estaba integrada hace diez años por tres grupos principales, los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD) de Lanús, Solano y Florencio Varela. Luego de la represión que obligó a Eduardo Duhalde a convocar anticipadamente a elecciones, cada MTD tomó caminos diferentes. Hoy cuentan qué hacen, sus cambios políticos y cómo ven, a una década, la jornada del 26 de junio de 2002.

Entrevistas: Laura Vales

JUAN CRUZ DAFFUNCHIO, DEL MTD DE FLORENCIO VARELA Y CONCEJAL DE NUEVO ENCUENTRO

El camino de la politización

Imagen: Guadalupe Lombardo.

En 1997, Juan Cruz Da-ffunchio fue parte del grupo que organizó el Movimiento de Trabajadores Desocupados en Florencio Varela. Unos años más tarde, cuando se armó la Aníbal Verón, su MTD había logrado un fuerte poder de movilización en los barrios de ese municipio del sur del conurbano. Podían mantener cortes de ruta de varios días, hicieron uno incluso que llegó a los quince días, una extensión impensable para otros MTD de la Coordinadora. Los de Varela se asumían guevaristas, usaban pañuelos o pasamontañas para taparse la cara, iban con palos a las marchas; tenían una imagen de- safiante.

Poco antes de la Masacre de Avellaneda, como parte de las campañas que la mayoría de los grandes medios armaban para demonizar a los piqueteros, un diario publicó una foto que los mostraba como si fueran guerrilleros en el monte; los acusaban de estar haciendo entrenamiento militar. El planteo era una exageración, pero la foto era cierta: los más jóvenes se juntaban en la zona de Bosques y ahí se entrenaban para enfrentar a la policía. Aprendían a manejar los palos y cosas por el estilo.

Daffunchio era entonces el principal referente del MTD de Florencio Varela. Por todo este perfil, fue una sorpresa que a partir del 2003 liderara el acercamiento de su MTD –que se quedó con el nombre de Aníbal Verón– al gobierno nacional. La sintonía había empezado cuando Néstor Kirchner invitó a los familiares de Kosteki y Santillán y a los dirigentes piqueteros a la Casa Rosada.

“Nosotros, que veníamos de la Masacre de Avellaneda y veíamos llegar a Néstor acompañado por Duhalde, desconfiábamos. Por eso al principio no prosperó. Nos juntamos dos veces. A la distancia resulta entendible que no se diera, porque exigíamos medidas que el Gobierno tomó mucho después, cuando ya era presidenta Cristina. No había en ese momento condiciones materiales para acceder a lo que pedíamos, como la Asignación Universal por Hijo”, recuerda.

–¿Cuándo decidieron sumarse al kirchnerismo?

–Fue un proceso. Aunque simpatizábamos con Kirchner, entre los movimientos que veníamos de pasar juntos la resistencia había sectores que tenían una posición mucho más dura que la nuestra y no querían negociar con el Gobierno, sobre todo los grupos de la izquierda trotskista. En aquel momento optamos por hacer una alianza con la izquierda y confrontar con el Gobierno por las reivindicaciones. Terminamos mal, expuestos por la derecha y por izquierda como siempre, fracturados. Al plan de lucha lo hicimos en el Puente Pueyrredón mientras el resto de las fuerzas acampaban en la Plaza de Mayo, o sea divididos. Clarín y los sectores más conservadores presionaban al Gobierno para que reprimiera. Hay que reconocerle a Néstor que, si bien armó esa fuerza policial de los pacificadores, jamás reprimió. Para cuando Cristina lanzó su candidatura dimos un apoyo, y con la 125 nos terminamos de convencer.

–¿Hubo continuidad entre lo territorial y la política?

–Esa estructura que hace diez o quince años organizó piquetes en Florencio Varela fue la que se capacitó por ejemplo para ser fiscales en la elección, los que hicieron la campaña. En los barrios donde nosotros tuvimos más presencia en la época de la resistencia, nos fue muy bien. En las zonas donde no había trabajo territorial todo se nos planchó.

–¿El MTD sigue existiendo?

–Las bases sociales existen, las asambleas se siguen realizando, el trabajo social sigue, pero tomamos el camino de politizarnos.

–A diez años, ¿cómo entiende lo que pasó el 26 de junio?

–Lo veo como un correlato organizado de la explosión popular del 19 y 20 de diciembre. Mucho más pequeño, por supuesto, en cantidad, pero con una consistencia política que determinó que (Eduardo) Duhalde se tuviera que ir. Al mismo tiempo, cuando llega esta fecha lo que vuelve es un gusto amargo. Pero la lectura general es ésa.

–¿Lo veían así en ese momento?

–Veíamos que no teníamos otros caminos que salir a resistir, salir a la confrontación en términos políticos, continuar con la protesta. Nosotros lo discutimos mucho. Si no avanzábamos, si no confrontábamos con esa postura irreductible que tenía el gobierno de Duhalde que era reprimir... porque (el ministro de Economía) Lavagna se estaba por sentar con el FMI y el Fondo le reclamaba mayor control social a cambio de una refinanciación de la deuda, es decir que le estaba pidiendo a Duhalde que reprimiera. En ese contexto nos pusieron un cepo mediático y político, y nosotros decidimos romper con ese cepo porque si no, no podíamos seguir ejerciendo la representación de un montón de personas que estaban en situación de vulnerabilidad. De poder cambiar algo, haría lo imposible para evitar las muertes, pero la decisión política fue correcta, tanto que desencadenó otros hechos que, aunque no fueron los únicos, nos plantaron en esta situación en el país.

–Hoy es concejal de Nuevo Encuentro. ¿De qué temas se ocupa un ex piquetero como concejal?

–Lo que hago es abordar la labor institucional que me compete. Si bien hay una tendencia a lo social, trabajo en todo lo que corresponde a un concejal. Porque una cosa es que haya un modelo que excluye y reprime y otra cosa es cuando empieza a caminar un proyecto político que hace andar al país. Dejás de ser un organizador de la resistencia que pide cosas para pasar a ser parte, desde el punto de vista político, del proyecto nacional y popular. Además, este proceso puso a la política en el centro, ya no es la resistencia a un modelo lo que está en el centro. Hoy todo aquel que esté lejos de la política está fuera del centro de la escena. Lo que intentamos es consolidar en votos todo eso que hicimos durante los ’90. Creo que es lo que debemos hacer los dirigentes sociales, como una manera de brindarle herramientas a Cristina para que profundice el modelo.

NEKA JARA, DEL MTD DE SOLANO

Una nueva identidad

Imagen: Rafael Yohai.

Autonomía, horizontalidad y democracia directa eran las ideas con las que se identificaba a los piqueteros de la Coordinadora Aníbal Verón. Esas prácticas tenían como principal difusor al Movimiento de Trabajadores Desocupados de Solano. En el vacío político de la época, habían logrado mucha fuerza y se contagiaban con rapidez al interior de la militancia de la izquierda no partidaria.

De Solano salían las propuestas más diferenciadoras de la Verón, y en ese sentido eran ellos los que, en el 2002, le daban identidad política al movimiento. Sin embargo, después de la represión en Avellaneda, los integrantes de Solano se retrajeron de la escena pública. Adoptaron un perfil bajo, el más bajo de todos los posibles. Mientras los otros MTD empezaban a hacer del puente su lugar, cortándolo los 26 de cada mes para impulsar el reclamo de justicia, haciéndose más visibles desde el Pueyrredón, ellos decidieron dejar de ir.

Neka Jara explica las razones: “Cuando llegamos al puente formábamos parte de la Aníbal Verón. Después de la represión, las diferencias que teníamos entre los grupos que coordinábamos ahí, que eran diferencias políticas y también de prácticas, se profundizaron. Dentro de esas diferencias estaba también lo que significaba para nosotros la acción directa. A nosotros, sostener acciones de lucha reivindicativas sobre la memoria de lo que pasó en el puente Pueyrredón nos pareció una contradicción”.

–¿Por qué?

–Porque el asesinato de los chicos, la represión, los compañeros heridos de bala, las torturas psicológicas en la comisaría, merecían para nosotros otro nivel de elaboración. No estoy diciendo que no había que reclamar justicia, sino que nos pareció que la justicia se construía desde otro lugar, que además de reclamarla hay que construirla con los compañeros que quedan. Y por otro lado sentimos que el tema de los piquetes estaba agotado. A partir de eso empezamos a meternos más dentro del barrio, a fortalecer espacios de pensamiento, grupos de trabajo, a tratar de concretar los proyectos productivos que teníamos.

–¿Y eso transformó el movimiento en otra cosa?

–Se fue transformando de a poquito... Lo que fue esa identidad fuerte de desocupados se fue desarmando de a poco y se fueron construyendo grupos con otras características. Como MTD, nos daba la sensación de que teníamos que construir otro tipo de movimiento, no sólo con desocupados sino con otros grupos que se habían acercado, de arte, de salud, de comunicación, y a los que un planteo de MTD no incluía.

–Hoy no son MTD.

–No. Somos Movimiento de Colectivos.

–Pero siguen trabajando territorialmente.

–Sí. Estamos trabajando en salud, en educación. Tenemos un centro de salud comunitario.

–Imaginemos que llega a su movimiento un adolescente que no vivió el 2002. ¿Cómo le contaría lo que pasó en el Puente?

–Le diría que en ese tiempo había una situación económica y política crítica, muy difícil. Que había personas que desde hacía tiempo se venían organizando por eso, construyendo espacios, reinventando la vida, y que en medio de todo el proceso de lucha y de resistencia... porque había una resistencia a muchas cosas, a entregarse y a quedarse esperando una solución que no iba a venir de ningún lado, a etiquetarse como desocupado, y mucha valentía para poder pensar desde el conurbano cómo salir adelante... El Puente Pueyrredón fue un poco como una llegada de ese proceso, pero al mismo tiempo también significó un quiebre, porque en esa acción directa fueron asesinados compañeros.

–Con el kirchnerismo, algunos reclamos de los movimientos sociales comenzaron a tener respuesta. ¿Cómo lo vivieron?

–Por un lado, muchos compañeros nuestros están conformes con el kirchnerismo, lo que no quiere decir que el movimiento esté relacionado con el Gobierno, sino que vemos bien algunas cosas que ayudaron a mejorar la calidad de vida. Por otro lado, vemos que hay un montón de cosas que están pendientes. No podemos hablar de una transformación radical, pero sí de que hubo una oxigenación en varios aspectos. El tema de las jubilaciones... nosotros estamos trabajando con el programa Argentina Trabaja y pudimos avanzar muchísimo, pero vemos que la desigualdad sigue estando. Estos lugares donde vivimos siguen estando empobrecidos. Radicalmente no hubo cambios importantes.

–Decía que la represión en el Puente significó en parte un quiebre. Si existiera una máquina del tiempo y pudieran volver al 26 de junio, ¿qué harían distinto?

–Las cuestiones de seguridad. Esto de la exigencia colectiva, la exigencia entre nosotros mismos... lo que tenga que ver con el cuidado del otro... Eso es lo que habría que repensar. Como el caso de Darío, que se quedó con otro compañero en la estación. Más allá de que fue heroico lo que Darío hizo, hay un debate pendiente y es cómo aprender a cuidarnos colectivamente.

ADRIANA PASCIELLI, DEL MTD DE LANUS

Organización multisectorial

Imagen: Rafael Yohai.

A un lado de la estación Avellaneda hay un polo textil y un anfiteatro. Su historia es parte de lo que siguió al 26 de junio de 2002. Después de los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, la estación fue cerrada; liderado por el MTD de Lanús, un conjunto de organizaciones de desocupados la reabrieron, la rebautizaron Estación Darío y Maxi y mantuvieron a lo largo de los años la nueva señalización, convirtiendo al lugar en un escenario del reclamo por justicia. Finalmente, lograron que el espacio les fuera cedido.

Adriana Pascielli conoció las dos épocas. Empezó a militar a mediados del 2001 en el barrio La Fe –“donde uno de mis compañeros era Darío”, cuenta–- y desde entonces continúa en el MTD. En esos diez años el MTD de Lanús, asociado a otros asentamientos y sectores, se transformó en el Frente Darío Santillán. En este camino, la organización buscó también extenderse a otras áreas.

–Cuando creamos el Frente ya nos planteamos como una organización social y política multisectorial, con un sector estudiantil, un sector de trabajadores, un sector territorial. Hace poco se sumaron además compañeros del sector rural.

–¿Cambió lo que hacen en los barrios?

–Lo que fue variando es que sumamos actividades, como talleres para jóvenes, de música, de arte, un espacio de género. Seguimos con lo que hacíamos, pero que hace diez años era una cosa incipiente. En La Fe, por ejemplo, había una panadería mínima y hoy tenemos una panificadora con horno rotativo y un montón de cosas que permiten que más compañeros trabajen por un salario. El horno no es el horno a leña o el horno reciclado que teníamos entonces. En ese sentido logramos muchos avances, tanto en maquinarias como en la capacidad de los compañeros, que estudiaron oficios.

–¿Esos emprendimientos ya generan ingresos propios?

–Sí, entre los compañeros hay muchos que, además del cobro del Plan Argentina Trabaja, que es de 1200 pesos, producen en su núcleo productivo y así retiran un plus. La hora de trabajo es una de las maneras que encontramos en estos ensayos nuestros de cómo producir y distribuir lo que generamos. Otra cosa que dio un salto muy grande en los últimos 5 años fueron los bachilleratos populares, que hoy funcionan en muchos de los lugares donde estamos. Pudimos abrir en todos los barrios más centros comunitarios, más lugares de trabajo. En los últimos dos años empezamos a abrir radios comunitarias de alcance local.

–El Frente ha mantenido una postura crítica con respecto al kirchnerismo.

–Seguimos haciendo lo que antes, aunque entendiendo que hay una diferencia de contexto. Pero creemos que las cosas que se consiguieron en estos años son producto de las luchas aquellas. Es difícil pensar cualquier cosa que haya hecho este gobierno sin un 2001 y 2002 previo.

–¿Cómo se definen hoy políticamente?

–En el documental que hizo Miguel Mirra sobre Darío hay un video en el que él aparece explicando “somos una organización social con cada vez más definiciones políticas”. Esa definición habla de lo que somos todavía: una organización político social, multisectorial, que se propone la autonomía, el cooperativismo, generar aquí y ahora nuevas relaciones sociales, prefigurar una sociedad cooperativa donde haya una propiedad social de los medios de producción.

–¿De qué organizaciones están cerca?

–Con las que más coincidencia tenemos son con las que siguen siendo independientes de los gobiernos. El Frente de Organizaciones en Lucha, el MTD Aníbal Verón-Nueva Fuerza, el movimiento popular la Dignidad. Nosotros formamos parte de la Compa, la Coordinadora de Organizaciones y Movimientos Populares de la Argentina. Buscamos articular luchas con las organizaciones que planteen autonomía e independencia del Gobierno. Esto no significa confrontar siempre con el Gobierno, pero sí mantener una autonomía.

–Como Frente, en estos años se ocuparon de impulsar el juicio a Fanchiotti y los escraches a Eduardo Duhalde. ¿Qué balance hacen de ese esfuerzo?

–Creo que la Masacre de Avellaneda fue uno de los pocos casos, tal vez el único, que a los cuatro años ya tenía condenados y presos a los autores materiales. Eso fue producto de la lucha. Duhalde pagó un costo político por los escraches. Al mismo tiempo, no dejamos de indignarnos porque muchos de esos responsable políticos hoy son legisladores o tienen cargos en el Gobierno. Nosotros tomamos mucho el ejemplo de Hijos, y creemos que la condena social, cuando no hay condena efectiva, sirve. Hoy venimos de hacer una caravana a Baradero por los beneficios que le dieron a (el comisario Alfredo) Fanchiotti. La consigna de Hijos nos marcó a fuego. Nos parece que la condena a los autores materiales es muy importante, y que todavía falta resolver la condena a los autores políticos e intelectuales. No sólo de la Masacre de Avellaneda, sino también de los asesinos de Mariano Ferreyra, del de Carlos Fuentealba, de la desaparición de Luciano Arruga. Casos donde hubo no solamente autores materiales sino también responsables políticos que planificaron los asesinatos.

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