EL PAíS › OPINIóN

Rápidos y furiosos

 Por Eduardo Aliverti

Debería haber un reconocimiento recíproco, al menos sobre cierta evaluación informativa puntual, entre quienes abrevan en la defensa de este gobierno y aquellos que se le oponen.

Si el top ten noticioso pasa porque Macri quiere a Buenos Aires como la capital mundial del amor, de la mano de Ravi Chantar; por el uso de la cadena nacional en el día más deprimente de la semana y en el horario en que “la gente” quiere o sólo querría despejarse con novelas, culos, tetas y peleas guionadas, por lo que la propia oposición mediática definió como “sainete de pago chico”, a propósito del enfrentamiento entre Casa Rosada y la gobernación de Santa Cruz, o por las dificultades cambiario-impositivas de viajeros al exterior, significa francamente que en política no pasa nada de nada. O que lo que pasa es nada más que una suma de chicanas entre los unos y los otros.

La propuesta de esta columna, tomados esos hechos específicos, es que ni tanto ni tan poco; aunque el cierre vaya a ser que, antes que poco, más bien es tanto. En orden aleatorio, si toda la Capital está empapelada con afiches de gurúes de la respiración, inteligentes emocionales y otros militantes del espíritu bien pagado, todo bajo el auspicio del Gobierno de la Ciudad y con títulos de portada en los medios que protegen al macrismo a como sea, nadie seriamente puede creer que detrás de eso –o de casi cualquier cosa, ya que estamos– no hay una intencionalidad política. Espíritu relajado contra confrontación permanente hasta el punto de que Macri, que no puede coordinar dos oraciones seguidas, se le anima a una disertación sobre el amor ecuménico. Hay gente que compra esa tontería con una ingenuidad asustante. Oscar Graizer, docente e investigador en Sociología de la Educación, lo plasmó en una nota periodística con sencillez indesmentible (en Página/12, el lunes pasado): “La censura de material sobre el Bicentenario producido por especialistas del propio Ministerio de Educación de la Ciudad, por ser gramscianos (léase zurdos) y por no tomar como válida la tradición liberal de la historia, no es política. La aparición de un funcionario de la Ciudad en un spot publicitario, que se puede ver en la red de subterráneos, promocionando la entrega de netbooks a estudiantes de nivel primario con niños felices con sus netbooks y con un sonriente funcionario, eso es publicidad de actos de gestión. No es política. La realización de cursos para los docentes de la Ciudad sobre “relajación y meditación”, llevadas a cabo en acuerdo con representantes locales de un líder espiritual indio, no es política. Estar en contra de esto sería estar a favor, al menos, de los nervios y de exabruptos de furia. Sólo por dar una muestra extraporteña, que en escuelas públicas de una provincia se rece (según el credo católico apostólico romano) cada día, antes del comienzo de clases, y una virgen presida las aulas, no es política”. O sea, no jodamos. Ni con eso ni con creerse que ese cinismo macrista tiene su anverso en la pretensión presidencial de usar “inocentemente” el sistema obligatorio de difusión. Esperar a que termine el fútbol y largar cadena nacional a las diez y media de la noche, sin ningún anuncio de trascendencia institucional, un lunes, parece pautado por el enemigo para que al otro día tengan de qué agarrarse los amplificadores del desánimo que el oficialismo denuncia. Si no es así, daría para pensar que, en realidad, Cristina lo hace a propósito para divertirse con la neurastenia de sus contreras. Como era obvio, ese lunes salió a cacerolear el conchetaje de Belgrano y Barrio Norte en defensa de su derecho de ver a Tinelli o Graduados. Y la frase de que sólo debe temerse a Dios y a ella un poquito fue la comidilla mediática de los días siguientes. Listo, con eso se arman tapas, programas periodísticos y colifas de portales y redes sociales apuntando a que estamos al borde de ser Venezuela, Irán o Corea del Norte (Venezuela es lo más ridículo de ese grotesco porque, ¿hay caudillo más democrático que Chávez, capaz de haberse sometido a un veintena de elecciones, plebiscitos y referéndum cuya limpieza no fue objetada ni desde dentro ni por organismos internacionales?). Esta columna ya comentó que el deporte de los últimos tiempos es valerse de oraciones presidenciales para trazar, desde ahí, el centro del universo. ¿Alguien podría decir, con recato intelectual, que esa superficialidad periodística no habla del raquitismo mediáticoopositor?

Cristina y Macri –si por un segundo se da por aceptado que pueden compararse una líder nacional con iniciativa política constante y un nene de papá que no trabajó en toda su vida y cuya máxima realización como intendente consiste en haber trazado bicisendas más pintar Buenos Aires de amarillo– trabajan el efectismo de la política como todos; cada uno a su manera, más allá de las diferencias abismales de capacidad retórica y experiencia de gestión. Cristina usa la cadena nacional a piacere; Macri vende que el amor espiritual es trascendente en la ciudad de la furia; Clarín promociona en título de portada que Chantar respira bárbaro y La Nación, siempre la vaca sagrada de una oligarquía venida a menos porque ya no cuenta con partido militar que le satisfaga sus intereses, divaga sobre cuestiones constitucionalistas por vía de, es cierto, (mucho) mejores plumas que la tropa de Magnetto. Todos, oficialismo y oposición, juegan al debate o señalamiento de quiénes son más “republicanos”. Mentira. Esto es una batalla política entre quienes defienden unos intereses y quienes defienden otros, con la salvedad de que si esa antinomia –natural y saludable– queda atravesada por prejuicios gorilas o arrebatos de soberbia populista todo se empioja. Basta de jugar a ese republicanismo vacuo. El Gobierno puede tener lo suyo en materia de actitudes autoritarias, cómo no. Pero que vengan a correrlo con eso los emblemas de la derecha es patéticamente gracioso, y que lo haga Macri es directamente inverosímil. Este jueguito de hacer “como que” ya no resiste, o no debería. Es todo un dato, al respecto, que una discusión entre panelistas de 6, 7, 8 fuera subida a la marquesina de los portales de la oposición. ¿No era que es 67rocho, que no lo ve nadie, que es un programa sin polémica posible? Parece una nimiedad, pero expresa cómo se intenta ocultar, o minimizar, que a partir del kirchnerismo hay un revulsivo que pone en cuestionamiento el histórico discurso único de los medios hegemónicos. Hay una derecha muy nerviosa; en todo caso, del mismo modo en que el elenco gobernante no debe dormirse en esos laureles que parecía improbable conquistar. Hay el dicho adjudicado a Napoleón que en estos días fue refrescado por un colega de la “corpo”, algo escondido entre la parva de páginas publicitarias en el país del todo se pudre: “Si ves a tu enemigo cometiendo un error, no lo distraigas”. El colega, sabiamente, se lo enrostró a la propia oposición, debido a lo que sería la táctica cristinista de dejarlos hacer sus papelones o su inmovilismo. Pero bien vale para adjudicárselo igualmente al Gobierno. Es decir: ojo con suponer que alcanza con reposar en que la oposición no existe.

Los gurúes de Macri, el uso abusivo de la cadena nacional, la transformación en tragedia colectiva de los problemas para conseguir dólares si se viaja al exterior, las tapas dedicadas a la comedia dramática de Santa Cruz y hasta el 0800 facho o las actividades de La Cámpora en las escuelas no dan, ni por asomo, la altura para ser considerados batallas profundas. Lo profundo es lo que representan, no lo que son por sí mismas. No vale tomarse de esos episodios aisladamente. Eso es trampa. Lo que vale es el fondo, vaya obviedad. Ni que Cristina abuse de la cadena nacional a cada rato encarna que es una déspota, ni que Macri se valga de hábiles fumados del Himalaya personifica que es simplemente un tarado. Y si hay inconvenientes para viajar no implica que no se puede salir del país, ni convertir a quienes lo hacen en rehenes de la AFIP. Sobre esto último hay que ser particularmente más serios, porque los números no dejan mentir y los publicó la oposición: en julio de este año la cifra de argentinos que viajó al exterior creció más de un 20 por ciento, y se patinaron una millonada de dólares que supera en casi un 26 por ciento lo gastado en 2011.

Decíamos, entonces, que basta de engancharse con provocaciones frívolas. Hay un modelo y hay otro, y chau. Uno se para de este lado o de aquél, pero no hagamos trampa dándoles valor a pelotudeces.

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