EL PAIS › OPINION

Un momento nuevo

 Por Mariana Moyano

Cuando recurrieron a la aparentemente inofensiva –pero ideológica y políticamente tramposa formulita “la gente”–, me dije “Zas, una nueva derrota”. Corría esa década en la cual todos los días, las mayorías –estuviésemos anestesiados, derrotados o en asumido franco retroceso– nos desayunábamos con una nueva capitulación. Y eran tantas y tan poderosas las entregas y los fracasos que esa –la receta lingüística a la que me refiero– que a mí me atravesó de un dolor tan profundo parecía a tal grado menor, que hasta temor me generaba comentarlo.

La usaron la primera vez, seguro, a modo de test. Para ver si estaban en condiciones de elevar el umbral de permisividad de los argentinos. Y los habilitamos. Y pudieron. Y, en consecuencia, siguieron. “Si es bueno, la gente tiene derecho a elegirlo”, se lanzaron. Para luego animarse a más, a mucho más, en 1999 con un “Si la política no cambia, pierde la gente”.

Estamos hablando, por supuesto, de un conglomerado de medios. De un grupo económico, sí. Del poder comunicacional más extraordinario del que tenga memoria la historia argentina. De un oligopolio con comportamiento monopólico cada vez que encuentra –o le dejan abierta– una hendija. Pero también –y me tiento de decir, sobre todo– estamos hablando de la corporación con el dominio más fenomenal durante décadas de los modos de decir y pensar de los argentinos; del imperio que mejor supo medir y oler el estado de situación de las mentes locales; del emporio proveedor de sentidos cuya supremacía tuvo como pilar el profundo y acabado conocimiento de cómo era la clase media argentina a la que ellos le hablaban, que ellos moldeaban y a la que ellos se referían.

Ese sector de la sociedad que decía como verdad bíblica una estupidez mayúscula: “Vos tenés a La Nación, que es de derecha, y todos los sabemos; tenés a Página/12, que es de izquierda. Y tenés a Clarín, que es de centro, que es más independiente y objetivo”. Y la hilada avanzaba (avanza, porque aún algunos quedan) engañada, ciega o con fiaca de pensar.

Ellos le tenían el timing a la democracia. Sabían cómo esmerilar cuando lo necesitaban, cómo construir climas cuando les hacía falta, cómo bajar el pulgar o subirlo, cómo elevar o enterrar personajes y figuras, cómo modelar nuestros modos de ver y de vernos, cómo banalizar lo peligroso, cómo licuar lo riesgoso, cómo volver inofensivo lo disruptivo y cómo meter hasta a sus propios enemigos dentro de sus propias lógicas. Así, Abuelas de Plaza de Mayo, ex detenidos desaparecidos, políticos valientes, voces discordantes y hasta los antisistema aparecían entre sus páginas y sus notas mezclados en un igual a igual obsceno con canallas, gerentes de canallas, aprendices de canallas, dueños del poder y entregadores de la patria de turno. Todo valía lo mismo. Cuando la política estaba de rodillas, un tema de los Redondos de Ricota podía ser cortina de un noticiero para hablar de la caca de perro. No importaba si la banda más contracultural los estaba, incluso, denunciando o creaba espacios –aunque más no fuera mínimos– de contención de los desangelados abandonados por todo y por todos, incluido el por ese entonces espejo de la Argentina.

Ellos tenían la enorme capacidad de fagocitar lo insubordinado, lo sucio, lo revoltoso y volverlo digerible. Y así, no sólo le instalaban una pátina no perturbadora ni turbulenta al personaje o tema en cuestión. Lo hacían suavecito, liviano, asimilable hasta que perdiera toda la originalidad. Lo quebraban, lo recuperaban, lo eliminaban. Sí, sí. Bien les queda el léxico castrense de la política dominante de los años negros. Bien les va, porque mucho, muchísimo tuvieron que ver en su instalación.

Le tenían el tiempo tomado a la democracia. A políticos corajudos y a los cobardes. A los entregadores y a los honorables. Les sacaron el jugo a dictaduras y exprimieron a 25 años de gobiernos institucionales. Engañaron, mintieron, sedujeron. Ellos, los dueños, los gerentes y varios periodistas que hicieron el trabajo sucio.

“Yo les pido que lean el Clarín, que se especializa en titular como si quisiera hacerle caer la fe y la esperanza al pueblo argentino”, bramó Raúl Alfonsín el 13 de febrero de 1987, como solía hacerlo el líder radical, mal que les pese a quienes pretenden edulcorarlo luego de muerto. Nadie, salvo ellos, oyó con atención. Y lo devastaron, lo rompieron, le arrodillaron el gobierno. Se lo sacaron de encima.

“Cometí un error”, se arrepintió el que les dio todo y más de lo que alguna vez habían soñado. “Derogar el artículo 45 de la ley de Radiodifusión fue un error. No medí las consecuencias y se monopolizó la prensa”, dijo incluso él, que se jactó de todo lo malo posible. Porque a Carlos Menem le hicieron lo mismo, lo propio, hasta convertirlo en el ejemplo de lo más pavoroso para una República en el mismísimo espacio periodístico que sin el riojano jamás sería de ellos.

Se los había dicho, aclarado y explicado el CEO del grupo a los dirigentes de la Alianza que pensaban, ingenuos, que en esos años ’90 podían sacar la cabeza más alto de lo que los propietarios lo permitían. “La oposición a Menem somos nosotros. La señora y yo.”

Y un tiempito después, con las urnas a favor y la creencia equivocada de que con eso alcanzaba, se le animó Chacho Alvarez, con el traje de vice electo ya calzado: “Viste, Magnetto, ya tenemos el poder”. De un plumazo, el verdadero hacedor lo cortó en seco: “No te equivoques, el poder lo tenemos nosotros”.

Es que el líder del Frente Grande se olvidaba de un detalle no menor, de esos datos simbólicos que no sólo sugieren, sino que definen en un solo gesto el modo de ser y hacer de todo un movimiento, de todo un gobierno o de toda una década: el acuerdo electoral entre la UCR y el Frepaso se había terminado de definir en julio de 1997 en los estudios de TN. No es inocente el lugar, el rol, que se le da al dueño de casa en semejante operación.

El país le estalló a Fernando de la Rúa, por supuesto, no a Ernestina de Noble. Así son las cosas cuando el poder “de en serio” maneja los hilos. Se prenden fuego los gobiernos, las instituciones, incluso todo el sistema democrático, pero no los patrones.

Y a Adolfo Rodríguez Saá le alcanzó una semana para aprender clarito y rápido cómo eran las reglas en estas tierras. Jorge Rendo se lo había dicho con toda nitidez: “No queda otra que devaluar”. El puntano, en lugar de hacer los deberes. recibió a Hebe de Bonafini, en un gesto folklórico que salió caro y la tempestad completa le cayó encima.

Tiempo después, unos cuantos años más tarde, fue a buscar la escupidera al territorio de Jorge Fontevecchia, cuando el titular de Perfil era aún un adversario más o menos digno de la patria paralela construida por el grupo del barrio de Constitución. “A mí me sacó Clarín”, afirmó rotundo luego de explicar con pelos y señales el operativo devaluación puesto en marcha desde las oficinas de la calle Piedras.

Y tiempo después, cuando otro presidente interino sí hizo la tarea encomendada, hasta Elisa Carrió se atrevió a dejar sellado para la posteridad en la taquigrafía parlamentaria que había leyes hechas a medida de un diario.

No eran los primeros ni habían sido los únicos. En los ’80, César Jaroslavsky, un dirigente radical de fuste, corajudo y conocedor como pocos de los entramados de una patria, lo había dicho de un modo que aún no ha sido superado por la retórica política autóctona: “Hay que cuidarse de este diario. Ataca como partido y, si uno le contesta, se defiende con la libertad de prensa”.

Pero vino un viento. Un huracán. Y un día, no se puede exactamente definir cuál de ese año bisagra que fue el 2008, se vio por primera vez un afiche. Y la leyenda se repitió en paredones con fondo de cal y letra celeste. “Clarín Miente”, habían escrito. Sí, sí. Así, cortito. Eficaz. Contundente. “Clarín Miente”. ¿Cuándo? ¿En qué? ¿Siempre? Por supuesto que esa consigna arrancaba una sonrisa cómplice y no había ninguna otra alternativa que acompañar esa afirmación que, tímidamente primero y con fuerza después, se iba instalando. Pero cerraba. Abroquelaba. Clausuraba. “Qué bien –me dije–, por fin, un adversario real de la democracia aparece escrachado con nombre y apellido en esos espacios de trinchera barrial que son las paredes urbanas. Pero faltaba increparlos, interrogarlos, hacerlos salir.”

Y una tarde, una de esas 90 tardes de rutas cortadas y chacareros golpistas, el ex presidente, el santacruceño que nos había dado decenas de sorpresas, el mismo que por no haber sabido o podido romper de entrada con la lógica dominante del vínculo entre dueños del poder político y dueños del poder les había extendido las licencias de sus canales de TV, hizo un movimiento desconcertante. En medio de un acto en Tres de Febrero les espetó sin que nadie lo demandara en voz alta y lo esperara: “¿Qué te pasa, Clarín? ¿Estás nervioso?”.

Y la historia se paró. Se detuvo un rumbo. Una página se dio vuelta y se inició un ciclo completamente distinto del que acaba de terminar segundos antes. “¿Qué te pasa, Clarín?”, les había dicho. “Hablá con la verdad”, sumó.

Ese instante congeló vasos conductores de sangre, pero sobre todo paralizó una secuencia de la historia. En ese preciso segundo las relaciones de fuerza entre política y poder real dieron un giro copernicano. “Que me saquen una foto es como que me fusilen”, había dicho el ex impune Alfredo Yabrán, casi como deslizando para la posteridad un mandamiento de lo que significa el anonimato para los dueños de todo y de todos. Y Néstor Kirchner había lanzado al centro de la escena el nombre de lo intocable. Lo puso ahí, en el medio de la arena de la política para que se las arreglara de igual a igual con todos los mortales, con todos los otros nombres cuyo destino ese diario digitaba bajo la presión de un adjetivo o del centimetraje.

“En el campo –me dijo mi marido, conocedor de lo telúrico– funciona así. Cuando queremos que los bichos y las fieras salgan, echamos agua. Y eso acaba de hacer Néstor. No les dejó más remedio que mostrarse.”

Les dio con el reflector de lleno. Porque la política no tiene muchas más herramientas que la palabra y la visibilización de los conflictos. Así es el juego limpio, a cara descubierta.

Y aquí estamos, a días de saber si la democracia podrá, si tendrá la fuerza suficiente como para torcerles el brazo a las corporaciones. Y si sucede, si eso es lo que pasa, nadie sabe cómo será lo que viene. Porque será un momento nuevo, absolutamente original. Será la primera vez en la Argentina de los conglomerados mediáticos y del poder transnacional en que las instituciones habrán puesto en su lugar a los que siempre, desde hace 200 años, se vienen llevando puesta a la República.

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Imagen: Télam
 
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