EL PAíS › SE DEFINEN LA NEGOCIACION CON EL FONDO Y LA ELECCION PORTEÑA

Muchas fichas en juego

Las tratativas con el FMI entran en su etapa final. Lo que falta para que se cierre trato. Los que aún ponen escollos. La presencia del Presidente en la negociación. Cuál es el acuerdo deseable según el Gobierno. La Jefatura de Gobierno porteña, una competencia con final incierto. El mapa electoral, un territorio mañoso y complejo.

 Por Mario Wainfeld

Empezó septiembre, mes de jaleo y de definiciones. Tal como se adelantó en esta columna el domingo pasado, el Gobierno afrontaba con más ansiedad la campaña electoral porteña que las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Al cierre de las presentes líneas, las tratativas con el organismo están al rojo vivo, pero en el oficialismo prevalece el optimismo: la hipótesis dominante es que el convenio llegará en un puñado de días y será el mejor posible. En cuanto al maratón electoral que comienza a definirse hoy, el suspenso parece aún mayor. Dos provincias estratégicas –Buenos Aires y Santa Cruz– ya están ganadas, suscitando la consiguiente poca pasión. En Santa Fe, siempre que no haya escándalo, el gobierno no puede perder. En Capital y Misiones, está para alquilar balcones. Pero vamos por partes.
El cierre del acuerdo con el FMI detonó reacciones emocionales dispares en el Gobierno. El jueves las sonrisas eran demasiado anchas para la mayoría de los rostros. El viernes a la tarde, algunos ceños se fruncían en demasía. Nada había cambiado demasiado, aseguran a este diario importantes protagonistas de las tratativas. Lo que ocurre es que se ha llegado al tramo final de una pulseada que tiene sus lógicas etapas. “La Misión” (curioso apelativo de evocación religiosa para designar a burócratas más bien desangelados), los representantes del FMI que están en Argentina, han concertado una base de acuerdo que es el límite máximo de sus competencias. Pero la decisión final está “allá” en el Norte, en Washington y otras capitales primermundistas que tienen un punto en común, una desconfianza forjada por la historia hacia los gobiernos argentinos y también intereses divergentes entre ellos. Esa decisión llegará seguramente en los primeros días de la semana que empieza mañana. En la Rosada y en Economía piensan que hay altísimas posibilidades de que el acuerdo se cierre en los mismos términos que se pautaron acá con “la Misión”.
El acuerdo que el Gobierno aspira a firmar contiene el compromiso de un superávit primario de 3 por ciento. La mayoría de las versiones periodísticas explican que en verdad la pauta regirá para el primer año y que los dos siguientes se renegociarán. La interpretación enfada a Roberto Lavagna y sus huestes. “El superávit se concertó por tres años y es el 3 por ciento. Podrá ser revisado, pero sólo en función de tres variables bien precisas: crecimiento del PBI, empleo y pobreza. Pero la pauta básica está”, broncan los negociadores. Y aseguran que la compensación a los bancos por la pesificación asimétrica también “se cerró acá con la misión” y no será otra que la que recibió media sanción en Diputados el miércoles. La emisión monetaria tampoco es percibida como conflictiva. “Lo negociado es muy similar a lo que se pactó en el 2002.” Se determina una pauta pero se la condiciona a la demanda, lo que permite (como ocurrió el año pasado, previa pulseada entre el FMI y el Banco Central) eventuales incrementos respecto de lo fijado en el papel.
El punto más arduo siguen siendo los aumentos de tarifas a las privatizadas de servicios. El FMI pujó por establecer un cronograma y Lavagna era en principio permeable a ese reclamo si es que no se le añadían cifras de incrementos. Pero –y ésta fue también una de las claves de la negociación– Néstor Kirchner se puso durísimo sobre el particular. El Presidente intervino enérgicamente en las conversaciones, por sí y representado por el jefe de Gabinete Alberto Fernández, delimitando un territorio más estricto que el que delineaba en un primer tiempo el ministro. Una de las diferencias, diríase conceptuales, entre el Presidente y el ministro era la complejidad misma del trato. Kirchner pensó, y bregó, por un acuerdo de pocos ítem, claro para los del Norte pero sencillo y definitorio de cara a la sociedad argentina, aquella que le prodiga niveles de consenso homéricos, su principal fuente de poder. Lavagna es un excelente político, peronista por añadidura, y como tal no desdeña para nada esos indicadores, pero también piensa que el acuerdo es una carta de presentación ante terceros países, una “señal”, como suele decirse ahora. Y esas señales, cuanto más pródigas y minuciosas sean, mejor. Hay cláusulas que no son muy gravosas, porfían cerca del ministro, pero que agregan precisiones, que calman más los nervios de “allá”. Kirchner quiere un acuerdo menos barroco, aun a costa de emitir menos señales.
No puede decirse que la híper presencia del Presidente en las negociaciones, tan diferente al estilo de Eduardo Duhalde, haga feliz al ministro de Economía o le prodigue el modo de funcionamiento que le resultaría más grato. Pero tampoco debe dejarse de observar que, puesto a negociar, todo el gobierno argentino, con el Presidente y el ministro de Economía a la cabeza, funcionó como un equipo armonioso y decidido. El Gobierno entiende que no puede moverse de lo establecido, que es procurar, como les dijera Alberto Fernández a las contrapartes del organismo internacional, “una economía sustentable con un sistema social sostenible”.
¿Y ellos?
“Ellos –define un alto inquilino de la Casa Rosada– tienen más internas que nosotros”, refiriéndose a las grandes potencias del mundo, de cara al caso argentino. Y seguramente no exagera. En efecto, hay países que ponen todo el pressing en el punto de las tarifas, con España a la cabeza, en defensa de sus propias empresas de servicios públicos. Hay otros que miran con ojeriza el tema del superávit primario porque piensan en sus paisanos tenedores de bonos de deuda argentina, tal el caso de Italia. Y los norteamericanos y varios europeos se ponen especialmente recios en lo atinente a la compensación a sus pobrecitos bancos de bandera. Los más duros entre los duros, empero, no son los representantes de intereses sectoriales sino un bloque comandado por belgas, holandeses y países nórdicos, que recelan de conceder demasiadas franquicias a la Argentina, sentando lo que para su paladar es un riesgoso precedente. “Si Argentina recibe este trato, ¿qué no podrán esperar en su momento Turquía o Brasil?”, discurren, y esa sospecha da la medida, según los negociadores argentinos, de cuán razonable es el acuerdo cuya firma es inminente.
¿Es inminente? Requiere, al fin, el aval de todos los países del
G-7. Los más permeables, para la óptica oficial en la tarde del sábado, eran Estados Unidos y Francia. Con el resto faltaba remar o prender algunas velas.
La realidad ama complicar los temas más intrincados con contingencias anecdóticas: en los últimos días de la semana Horst Köhler, el mandamás del FMI, decidió gratificar su cuerpo en un resort de Tailandia ubicado, colmo de colmos, fuera de su capital Bangkok. Néstor Kirchner tuvo que sudar la gota gorda para comunicarse con él desde Caleta Olivia, mientras un traductor terciaba en Buenos Aires. La comunicación (una versión sofisticada de aquella publicidad “adiviná desde dónde te estoy llamando”, la del gaucho de Clemente Onelli con la que supo promocionarse una telefónica foránea) se logró anteayer, a despecho de dificultades técnicas y de once horas de amplitud horaria. Pero, aseguran irreprochables fuentes de Gobierno, no hubo un cierre definitivo sino una ratificación de la firmeza de la posición oficial argentina. Mañana Köhler estará, esperemos que gratificado por el week end, en Washington y allá se dirá la última palabra.
Si esa última palabra es “Yes” (lo que debería traducirse como “ma sí”) en la Rosada y en Hacienda crecerá la autoestima. Tal vez pululen algunos ditirambos lindantes en la soberbia. Lo cierto es que la negociación de Argentina viene teniendo una inusual dignidad tanto en la persona del Presidente como en la de Lavagna. Pero las cosas son también lo que son.Un superávit de 3 por ciento es lo mejor que se podía transar pero es una enormidad, muy superior a lo que exigía el acuerdo de Maastricht para sus firmantes. Una mochila gravosa a tres años vista. Y que un país dependiente defienda con uñas y dientes sus posiciones mejora la correlación de fuerzas pero no decreta su abolición.
En Economía, realistas, tampoco creen que la eventual rúbrica del tratado genere un ingreso importante de capitales a corto plazo. “Los únicos que reaccionan veloces son los inversores especulativos que no tienen mucho que ganar por acá”, explican, aunque sí piensan que, despejada la incógnita del Fondo, pueden crecer las inversiones directas extranjeras y también las de capital nacional. En rigor, aunque nadie lo diga (sería “económicamente incorrecto” decirlo) lo que se espera es que sean los capitales nacionales guardados en algún colchón o en alguna off shore los que refluyan. Una fuerte corriente inversionista extranjera hoy por hoy es inimaginable y, tranquilizan numerosos economistas nacionales y populares, no imprescindible en el corto plazo.
Urnas, sábanas, escenarios
La realidad es difícil y, encima, es complicada. Piénsese en las elecciones de hoy en Santa Fe, donde pululan boletas de pesadilla, lemas, candidatos de primera y segunda marca, escrutinios a gusto del consumidor. El gobierno nacional arranca bien porque tiene fichas puestas con los dos favoritos, el peronista Jorge Obeid y el socialista Hermes Binner. Pero el capcioso sistema electoral urdido por el PJ, contextualizado por una historia negra de elecciones sospechosas en esa provincia hacen temer un escenario lamentable que puede complicar a la Rosada. Si detonan en efecto sospechas de fraude y acusaciones entre Binner y Obeid, el Gobierno tendrá que hamacarse. Y hay cierto tufillo a eso en el aire. Ojalá que los hechos lo disipen.
Otro incordio, si se quiere menor pero perdurable para Kirchner, será la unción de Carlos Reutemann como senador nacional. Lole está degradado, con su prestigio pasado por agua si se quiere ser sarcástico. Pero el hombre, auguran los sondeos, se alzará con una carrada de votos y puede ser otro de los ofertantes para la maltrecha derecha peronista que sigue buscando un paladín para desafiar a Kirchner. Entre paréntesis (para que Reutemann obtenga los votos que auguran los sondeos uno de cada tres santafesinos debería cortar boleta, una hazaña en un cuarto oscuro con centenares de boleta tamaño consorcio, cerremos paréntesis).
El huevo se empolla
Pero Lole-amenaza es algo virtual, futuro, quizá futuro remoto. En el acuciante presente Mauricio Macri es el mejor postulante a liderar la derecha peronista, el huevo de esa serpiente que Kirchner (con inobjetable lógica política) percibe como una amenaza y combate en consecuencia. La elección porteña promete un final cabeza a cabeza cuyo resultado es difícil de augurar. Las encuestas que maneja el Gobierno, similares a las que nutren a Aníbal Ibarra, le dan a éste pocos puntos de diferencia. Apenas por encima del error muestral. O sea, un virtual empate técnico. Algo parecido a lo que comentan los consultores en las páginas dos y tres de esta misma edición.
El final de una campaña demasiado larga, que seguramente ya saturó a la gente del común, muestra a los dos candidatos tratando de convencer a una compleja masa de indecisos y posibles abstencionistas. Macri ha elegido un inteligente manejo de la segunda vuelta buscando difuminar su pasado y su historia, mostrándose como lo nuevo, lo exótico a la política. Un hombre de familia que “quiere vivir en esta ciudad con sus hijos”, preocupado por la seguridad. No se priva de castigar a su adversario con los tópicos más reaccionarios, incluyendo un ma -nejo avieso de la “bandera” de indignarse por las violaciones que se ha tornado un issue que comparte su ladero Horacio Rodríguez Larreta. Pero también engalana su verba con alusiones al “estado inteligente” y a las preocupaciones sociales. El formato del debate que se pactó entre los respectivos comandos fue una victoria táctica del macrismo. Un debate sin debate, con tiempos tarifados, sin réplicas ni repreguntas, que bien pueden pautarse limitando las interrupciones descomedidas. La ventaja que le sacó Ibarra fue mínima, algo que las reglas casi garantizaban a priori.
Ibarra enfatizó en la polémica su gestión, esto es su punto débil. La idea de su gente era “penetrar en el terreno del adversario” y bien puede ser sensata en tales tenidas. Pero las propias mediciones de opinión que el ibarrismo realizó “on line” –esto es mientras transcurría el debate– revelaron que los consultados se entusiasmaban más con el Jefe de Gobierno cuando éste confrontaba con su adversario. Una muestra para una encuesta es apenas eso, pero la lección parece patente: el núcleo del voto ibarrista es “la política”, la división de líneas entre dos proyectos. Algo que en el rectángulo de juego de momento ha entendido más el propio gobierno nacional que el de la Ciudad Autónoma.
Con una virtualidad mayor para crecer en electorado vacante, con menos rechazo que Macri, Ibarra tiene racionalmente las de ganar, pero le viene costando crecer entre los indecisos. “A Macri muchos no lo quieren, a Ibarra no lo ‘compran’”, define un consultor muy cercano a éste describiendo el estado actual de la competencia. La nacionalización de
comicio sigue siendo la carta más potente del oficialismo porteño. Aunque parezca mentira, la coalición Kirchner-Ibarra, progresista como la que más, tiene mucho que esperar del cierre de la negociación con el FMI.
Provincias bichocas
“Van a ganar Aníbal y Binner”, cuentan allegados muy cercanos, fue el último pálpito de Kirchner tras broncar ante la tele en Olivos viendo a la selección del cabeza dura de Marcelo Bielsa. “Aníbal es tropa propia”, definen en Olivos y la Rosada, en cuya agenda Capital es máxima prioridad.
Lo real es que Kirchner juega, con pocas cartas propias, parte de su destino futuro en el laberinto electoral que pergeñó Duhalde cuando adelantó su salida. Despegadas de la presidencial, las elecciones atadas a la de gobernador van teniendo hasta ahora un tono localista que no es el ideal para el proyecto K. El Frente Cívico, cuyo disco rígido es radical, revalidó en Catamarca, los radicales tout court ganaron en Tierra del Fuego y Río Negro. Los radicales, recuérdese, son los que están poniendo escollos berretas al avance del juicio político a Eduardo Moliné O’ Connor. La elección rionegrina, en la que el PJ fue dividido, no fue un desastre para el Gobierno, pero nada le quedó para festejar. Eduardo Rosso, quien hizo profesión de fe kirchnerista, terminó cuarto y Carlos Soria se terminó quedando con el apoyo formal de Kirchner pero sin la gobernación. Para Kirchner, al interior del PJ es ése un mal dato. En el Gobierno responsabilizan a los propios actores. “Rosso debió bajarse, nosotros se lo sugerimos pero el hombre estaba enfurecido porque Soria lo atacó malamente, con imputaciones a su propia familia y decidió seguir adelante”, describe un puntal del ala política del gabinete. Lo cierto es que es difícil tallar con candidatos prestados o débiles. Y que a Kir-
chner no le queda otra que tallar fuerte con esa dificultad.
Cortando clavos
El lunes 15 se sabrá mucho sobre el futuro de la Argentina. Kirchner ha generado un prestigio propio que viene arrastrando a su vera al peronismo, pero necesita algún éxito electoral propio en el que anclarse. Su contrato con la sociedad argentina marcha bien pero es por esencia precario y sujeto a revalidación permanente. Las cuentas le vienen dando bien. Pero no todas las cuentas le dan igual, aun en la perdurable luna de miel. Las propias encuestas de opinión que este gobierno, como todos, consulta con fruición repara en que la aprobación se asienta en la decisión política del Presidente, en su vocación de confrontar con los poderes fácticos. Pero los números, siendo buenos, son menores cuando se juzgan sus resultados en materia de economía y de empleo. La deuda social permanece impaga. El acuerdo con el FMI podría ser el comienzo de una etapa más centrada en ese núcleo formidable. Mucho tiene que ganar y mucho que perder en días que valdrán como meses, un gobierno que acumuló bastante desde su débil origen pero que, como suele ocurrir en estos pagos, está condenado a apostar buena parte del capital acumulado en cada baza.

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