ESPECTáCULOS › GUSTAVO CERATI TOCO NUEVAS VERSIONES DE “SIEMPRE ES HOY”

Tiempo de remezclar y dar de nuevo

El ex Soda Stereo completa hoy una tríada de shows en el Gran Rex, donde muestra versiones potenciadas de nuevas canciones.

 Por Pablo Plotkin

“No hay ningún artefacto que sea visionario”, canta Gustavo Cerati en una de las canciones más elocuentes de Siempre es hoy (2002), su tercer disco solista. En Artefacto, los “ecos de mil radares” interfieren en una relación desvencijada: el narrador contrapone sensaciones complejas e inteligencia artificial. Un posible cuadro de honor de la avanzada electrónica del centro de Buenos Aires (Flavius Etcheto, Leandro Fresco, Capri, Bad Boy Orange, DJ Zuker) puede representar el artefacto colectivo más preciado para un autor ocupado en pulir y actualizar la armadura de sus canciones. Esos satélites, sin embargo, giran en la órbita del centro del sistema (sólo a veces lo alteran): un dandy que congenia hedonismo y aflicción, pose superada y corazón roto. Un hombre de negro (y corbata roja) que se para en el centro del escenario y convierte sus cuerdas vocales en una salva a veces insidiosa, a veces inmediata. Casi siempre punzante.
Los tres shows del ex Soda Stereo en el teatro Gran Rex (cinco meses después de su presentación en el Luna Park) coinciden con la puesta a punto de un disco de remixes de Siempre es hoy. Como sugirió Cerati el viernes, tal vez sea un álbum doble. La tónica predominante parece ser vigor rockero y velocidad rítmica digital (“175 BPM”, leyó Cerati en su consola, al final de la versión recargada de “Altar”). La canción de amor despechada “No te creo”, en vivo, comprime elementos de producción a la moda (scratches, bases entrecortadas) y digresiones hard rock (Cerati en plan Ritchie Blackmore). En lugar de difuminarse como ocurre en el disco, la banda extiende una especie de zapada y el cantante pone el punto final con una frase terminante. De fondo, sobre una pantalla blanca granulada, imágenes de animé, psicodelia hippie y corazones en disolución actúan en sincronía con la música. En “Camuflaje”, por ejemplo, las tomas epilépticas de dos jugadores de squash responden a la multiplicación de un fragmento rítmico (loop) que deriva en una orquestación de acid jazz, con Flavius en rol de trompetista.
Si Siempre es hoy es un disco directo y de emociones mezcladas, Bocanada (1999) era la fotografía de un estado atmosférico parejo. “Perdonar es divino”, “Raíz” y “Río Babel” reavivaron esa elegancia épica del primer Cerati post Soda Stereo. El interregno instrumental “+ Bien”, un tema compuesto para la banda de sonido de una película olvidada, impuso cierto ánimo de discoteca y auspició la aparición de invitados decisivos. Bad Boy Orange, referente local del drum’n’bass, revistió “Altar” con manipulación de púa y perillas, efectos que salpicaban el slogan “soy mi propio altar”. Capri, joven compositor y productor pistero, incidió de un modo más profundo en Karaoke, tocando teclados y haciendo las veces de alter robótico de Cerati, generando ecos de vocoder y erigiéndose en personaje central del tema. Los acólitos más puristas lo consideraron una herejía, una prótesis que vino a “ensuciar” la voz prístina de Gustavo. Pero funcionó. Ocurría poco después de un pequeño festín Soda Stereo, esa bestia pop que la mayoría del público se resiste a dejar de añorar y rogar por su regeneración. “En remolinos”, “Te llevo para que me lleves”, “Danza rota” y “Sobredosis de TV” fueron el paquete de regalo Stereo previo a la aparición de una chispeante Déborah de Corral, actual musa del crooner y antagónica segunda voz en “Casa”. Richard Coleman, líder de Los 7 Delfines, llegó en forma, con borceguíes altos y cresta capilar para tocar la guitarra en “No vuelvas”, el momento más estremecedor de la noche. Fin de un show que supo construir un muy buen clímax.

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Rodeado de buenas compañías, Cerati concilia pulsión rockera y vértigo electrónico.
 
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