ESPECTáCULOS

Molière también puede ser aquel genio de la botella

“En busca de los tesoros robados”, de Luis Tenewicki, integra con acierto varios elementos del imaginario infantil, en una obra de princesas despistadas, piratas e institutrices malvadas.

 Por Silvina Friera

La princesa ya no soporta su rutinaria vida en el palacio: protocolo y ceremonial, clases de macramé, ortografía, música y baile. Las obligaciones y deberes empastan las horas de una niña que se aburre y se rebela contra la monotonía y la estrechez de un mundo artificial y previsible. Para colmo de males, Madame Lamala, con sus ínfulas de mujer refinada que se dedica a enseñarle a la princesa el manual de buenos modales y costumbres de la realeza, sólo pretende conquistar al rey y transformarse en una legítima reina y madrastra de la niña. El rey embelesado con la ambiciosa institutriz no tiene mejor idea que realizar un largo viaje de negocios. Las naves están a punto de zarpar y la princesa encuentra en la fuga el único camino para liberarse de la opresión de la tirana institutriz. Sin embargo, huir de esa mole, vigilada por guardias, perros y hasta cámaras de seguridad (un castillo propio de estos tiempos) no resultará una empresa sencilla. La angustiada niña frota con insistencia una tetera y de ésta emerge Jean Baptiste Poquelin, el mismísimo Molière, devenido en un aparatoso genio de una lámpara. En busca de los tesoros robados, comedia musical ideada y dirigida por Luis Tenewicki, integra eclécticamente los retazos dispersos de cuentos populares tradicionales que han alimentado el universo infantil de numerosas generaciones.
Lo ecléctico no sólo reside en el modo de suturar, sin que se descubran las “costuras”, heroínas de la realeza estilo Perrault con piratas made in Emilio Salgari, sino también en la concepción de una puesta que, a partir del hibridaje conceptual, opta por subrayar las acciones y las intrigas. La música (Nino Rota, Robert Fripp y nada menos que Goran Bregovic, entre otros) se incorpora en la trama con una potencia inusitada y poco frecuente en las piezas infantiles. Luego de cuatrocientos años de encantamiento, el genio de Molière cumplirá con el anhelo de la princesa, pero ella deberá responder con precisión –el reglamento del genio es severísimo– hacia dónde quiere trasladarse (unidad de acción, lugar y tiempo, un guiño ex profeso hacia el teatro de Molière).
Mientras la princesa se desplaza a un muelle sucio y decadente, la escenografía va mutando paulatinamente de los colores fulgurantes del palacio hacia un decorado más despojado y precario. Cuando requiera auxilio, la niña deberá repetir las palabras mágicas y el genio regresará para ayudarla. La princesa escucha el lamento de un capitán que está solo porque el pirata Jetatuerta le robó su barco y su futuro. Desdichado y melancólico, le cuenta a la niña sus desventuras con la pandilla de La Bucanera, el extravío de los mapas de los tesoros escondidos en la isla Negra y la traición del pirata Jetatuerta. Testigo del relato, Jetatuerta irrumpe en la escena amenazando con acabar con el fracasado capitán. La princesa, que percibe que el altercado por el asunto del mapa se está poniendo espeso, decide que es el momento oportuno para convocar nuevamente al genio. El suspenso que genera la situación (la princesa se olvida de las palabras mágicas) involucra a los chicos de la platea que le recuerdan la fórmula a la despistada niña. La interpretación de Valeria Massa transita con soltura la parodia entre el ser y el parecer. A veces su princesa, heroína sui generis, resulta excesivamente timorata y torpe; en otras circunstancias, el sentido común le sirve para superar los obstáculos. El capitán (notablemente representado por Luis Tenewicki) y Jetatuerta (encarnado por Lucas Pujol) se trenzan en una discusión bizantina mientras arremeten con las espadas y exhuman un vocabulario estrafalario -poligrillo, papanatas, badulaque y mostrenco– para insultarse. La pérfida Madame Lamala, encargada de la educación de la princesa, es La Bucanera, la que persigue los mapas y el tesoro, la que no puede creer en la nefasta coincidencia: El Capitán y la niña, sospecha la brutal mujer, son novios. Los mapas no aparecen y los personajes se desafían con las miradas. Todos son sospechosos y en cualquier momento el ambiente estalla en mil pedazos.
Con la ayudita de Molière –un deus ex macchina, esa fuerza capaz de desenredar una situación complicada–, el rey retornará, antes de lo previsto, en el momento en que la embustera institutriz se impone sobre sus contrincantes. En el final, la niña reivindica su rol de princesa arriesgada y corajuda, los mapas aparecen, los malvados reciben su merecido y un casamiento corona el desenlace. Pese a la convencionalidad de la resolución, la comicidad avezada, el gag, la parodia y la tensión permanente de los conflictos revelan la calidad de una propuesta original y estimulante para disparar la prodigiosa imaginación de los espectadores.

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Los despistes de la princesa provocan intervenciones de los chicos.
 
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