EL PAíS › OPINION

Las cuatro estaciones

 Por Eduardo Aliverti

Los represores, el Fondo, las tarifas y las elecciones. Desde el debut de este gobierno, nunca se habían conglomerado de semejante forma los cuatro temas que marcan el paso de la agenda pública. Y sin embargo, lo sustancial sigue pendiente. Porque esas cuestiones atraviesan el asunto central, pero tomadas por separado se agotan –o corren el riesgo de hacerlo– en sí mismas.
El orden cronológico de los factores no es, en esta oportunidad, un hecho secundario. Fue una secuencia que revela el andar del interés colectivo. A comienzos de semana se trató de las declaraciones de los muertos vivos a la televisión francesa. Debería ser un golpe terminal para quienes abogan por la impunidad, siempre y cuando el rumbo de la economía no vaya a marcar que lo que se gana en lo político se pierde allí.
Los vómitos de las bestias son un episodio que habrá de generarles la baja o la destitución; y se suma la reapertura de las causas de la ESMA y del Primer Cuerpo, que volverán a ubicar, en la cárcel que fuere, a varios de los genocidas. Pero como ejemplo debe repararse en que, ya hacia mediados de semana, las animaladas de Díaz Bessone, Bignone y Harguindeguy fueron cediendo paso, casi de manera abrupta, a la confirmación de que el acuerdo con el FMI podría ser inminente. Y el cambio de eje informativo lo terminó de dar la polémica interrupción del suministro de agua, no sólo o no tanto por los problemas que suscitó sino porque el Gobierno volvió a sospechar de una mano negra, que estaría a la orden del sabotaje, para presionar por el reajuste tarifario. Finalmente, recién hacia las últimas horas –a la par del convenio con el Fondo– la atención se posó, no demasiado, sobre el debate entre Ibarra y Macri y, aún menos, en torno de las elecciones santafesinas. Mientras se calienta un poco, nada más que un poco, el ritmo de los comicios bonaerenses.
Un lúcido hombre de derechas, Rosendo Fraga, dijo hace pocos días, ante una consulta de la CNN, que la política de Kirchner respecto del juzgamiento del genocidio cuenta con el apoyo de la mayoría de la sociedad; pero que no es eso lo que a la sociedad más le importa. Es imposible desmentirlo. La desocupación, los magros salarios, la inseguridad, están muy por delante en las preocupaciones de los argentinos. Asimismo, los procesos electorales, que hasta diciembre terminarán de conformar el mapa partidario e institucional de los próximos años, son vistos mucho antes como una necesidad burocrática que como un agente de entusiasmo. En la propia Buenos Aires, donde se da la confrontación más trascendente y atractiva desde los símbolos ideológicos, el ausentismo histórico de la primera vuelta y el simple registro callejero revelan un ánimo muy cercano a la apatía.
Quedó dicho que, si se repasan en forma individual, todas son materias que tienen por qué liderar el ranking informativo. La lucha contra la impunidad castrense y la firme determinación gubernamental en ese sentido son noticias excelentes, que en verdad le dan a la Argentina un perfil de país más serio; y que en ese aspecto la ubican a años luz de la década de la rata, del inmovilismo y la catástrofe de la Alianza y de la dramática transición de Duhalde. Cualquier bien nacido siente hoy que, por una vez en la vida, después de tantas traiciones y de dobles discursos, y a pesar de las dificultades, algunos que las hacen las pueden pagar. También es cierto que los negociadores locales se muestran infinitamente más firmes que los de gestiones anteriores en el toma y daca con el Fondo. En el caso de las tarifas hay una lucha a brazo partido, donde las privatizadas no pueden imponer sus intereses (por el momento). Y las características comiciales son que la derecha sobrevive –y cómo– pero ganar votos quedó muy lejos de resultarle un simple trámite. No sólo no tiene líder político sino que le falta dirigencia plena, y de allí que Macri sea su única carta siendo que López Murphy –cuidado: sólo por ahora– quedó en cuarteles de invierno. En un país muy propenso a los cambios de humor repentinos, un panorama como el descripto puede conducir rápidamente al exceso de optimismo. De por sí, una gruesa porción de la prensa sufre un ataque de ‘oficialitis’ aguda y en el Gobierno, horas antes de que el arreglo con el FMI volviera a complicarse, reinaba algo así como la felicidad final. Es correcto que no se trate de renegar de las buenas nuevas ni de las actitudes más saludables: supondría un extremo contrario, de oposicionismo porque sí. Sin embargo, nadie puede dejar de convenir que apenas estaríamos ante el comienzo de algo y nunca ante el final de nada. En la mejor hipótesis, por caso, el trato con el Fondo Monetario significa de cualquier forma un formidable esfuerzo fiscal, del que sigue sin saberse sobre cuáles espaldas recaerá. Pero mucho más importante es que un acuerdo no es un plan, ni menos que menos un modelo ni menos que menos un modelo distinto. Si la deuda argentina desapareciese por arte de magia, las condiciones de dependencia, el atraso industrial y la concentración y extranjerización de la economía no tardarían en volver a reciclar su empobrecimiento atroz.
Para entender ciertas cosas no hace falta ilustración ni sapiencia económica. Apenas, lucidez. La estrategia para el crecimiento argentino; sus parámetros de integración; la solución estructural y no asistencialista de la desigualdad social; las pautas sanitarias y educativas; el desarrollo tecnológico, son las únicas decisiones que tendrán la última palabra. Este gobierno acaba de cumplir cien días y más que injusto es hijaputesco pedirle la contestación a tamaños interrogantes. Empero, hay alguna gente que está vendiendo la piel del oso antes de cazarlo. Y eso no se hace.

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