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Clientelismo y filosofía política

 Por Horacio González *

La palabra conciencia se nos escurre entre las manos. Es raro tener una palabra entre las manos. Pero ella significa muchas cosas, que tan pronto terminan de insinuarse, se diluyen en múltiples equivalencias. También resbaladizas: razón, intención, lenguaje, discurso, inconsciente, juicio, conocimiento, sabiduría, cuidado, alma, escrúpulo, ego, espíritu, persona. ¿No usamos la palabra conciencia, cuando la solicitamos en nuestra lengua común, para cualquiera de estas acepciones? Con este ambiguo repertorio, la palabra conciencia ha estado siempre en el estrellato de la filosofía y se convierte en el trasfondo de todo lo que estamos discutiendo actualmente. Porque no puede dejar de ser invocada precisamente por su equivocidad. Postulamos a la conciencia cuando preguntamos: ¿En qué creer? ¿Se induce el voto? ¿Qué es el clientelismo? ¿Qué es la conciencia respecto a las normas o las leyes? ¿Hay conciencia de clase? ¿Lo popular es una forma de la conciencia? ¿Un gesto político es una forma de la conciencia? ¿O ya no es posible, salvo para los sempiternos fenomenólogos y existencialistas tardíos, elaborar nociones sociales y políticas sobre la base de las expresiones de la conciencia?

En mi opinión, aun una teoría de la conciencia (o de las creencias) nos es necesaria para proseguir las discusiones acuciantes en relación a la justificación de porqué los conglomerados humanos producen sus acciones políticas. Se discuten las razones del voto y una cámara judicial de Tucumán propuso una justificación para anular las elecciones –ya suficientemente comentada por muchas voces críticas– que encerraba la teoría de la conciencia en una suerte de cámara aséptica. La congelaban en un recinto no susceptible a las compulsiones del contexto histórico. Ignorando que las conciencias son un diálogo de la compulsión con la pulsión, prácticamente la resumía en el “alma bella” que en su pureza “se consume a sí misma”. Así lo proclamaba el maestro Hegel, que tomaba este tema (en forma crítica) de todo el romanticismo alemán. En este caso tucumano, eran las huellas palpables de la imposibilidad judicial de preguntarse por el origen de las creencias, las adhesiones y las escalas de materialidad que siempre operan, lo que no necesariamente son el sinónimo para abandonar los votos “a las contaminaciones del bolsillo”. Rara cuestión, que por la negativa, en las pasadas elecciones en la Capital Federal, un candidato resolvió, sin pretenderse clientelista, con la consigna de “vote con el bolsillo”.

Pues bien, el momento del voto, en todas nuestras perfectibles mas no perfectas democracias, es el más apropiado para observar estos movimientos de la conciencia, donde los distintos planos del interés objetivo y subjetivo están dramáticamente en juego. El voto representa una conciencia en actividad electiva, solicitándose a sí misma en una torsión de decisión entre opciones diversas. ¿Cómo actúa allí una conciencia, si no es impregnada de formas de encendido (como si fuera un motor) donde el elemento iniciador son compromisos tanto materiales como inmateriales, siempre plurivalentes ante sí mismos? Tanto pueden ser persistencias ideológicas como fragmentos disueltos de antiguas creencias, compromisos complejos con el entorno o cálculos ante la solidaridad comunitaria y a veces conjeturas fatalistas sobre el “mal menor”. Y el consabido “mal menor” puede componerse de elementos moralizantes, hipótesis catastróficas o conveniencias puntuales. Muchas de estas facetas son susceptibles de ser catalogadas en el libro infausto del clientelismo, la forma más baja de la ciudadanía.

En torno del complejo caso Nisman, se ha conjeturado sobre la figura del “suicidio inducido”. En verdad, esta expresión resulta una verdadera redundancia, pues no hay ningún elemento en ese comportamiento extremo que no sea “inducido”. Arriesgamos la idea que la discusión sobre la “personalidad” y la “decisión” de Nisman, contiene los mismos elementos que la discusión sobre las fórmulas de creencia en relación al voto. Las sociedades en las que vivimos padecen una compulsión consensual que se torna persistente bajo toda clase de incitaciones. En general, incitaciones genéricas al consumo, cuestión que no debe llevarnos a moralismos “marcusianos” anti-consumistas sino a nociones de consumo más despojadas de la coacción simbólica del mercado de imágenes banales. Este mercado, a la vez que critica el clientelismo de los viejos punteros (comida por voto, en un inmediatismo que falsifica toda creencia social) produce el clientelismo mediato de la “inducción inmaterial” (canje de votos por las imágenes del más pobre hedonismo que ha imaginado una larga y rica historia del mundo moderno).

Pesada forma de inducción, con clientelas medidas en ratings y escalas de deseos estamentalizados por agencias especializadas según el modelo de “inducción” en que se han dividido las nuevas clase sociales. Esto es, conforme al modo en que son inducidas a un comportamiento, que por un lado restringe libertades abstractas valiosas, pero deja un resquicio para la libertad en la necesidad, que puede o no manifestarse como tal en el momento del voto. De todos modos, la imagen banal nos pone en peligro, pues no se trata de que ella no sea elaborada con las tecnologías artísticas más destiladas, sino que banaliza los problemas que trata. Ejemplo: el programa de Mirtha Legrand donde se trató el caso Nisman con la pregunta “¿es culpable o no Lagormarsino?” Fórmula insustancial para una cuestión esencial, pero también: alta tecnología de escrutamiento visual, televisión judicial, ficcionalización de una mesa familiar, simulacro de conversación burguesa, perfidia telenovelesca, inimputabilidad del intento de imputar en primera y última instancia, en suma, temas cruciales tratados bajo una abrumadora sandez. Filosofía del clientelismo estólido en el seno de discusiones fundamentales de la nación. Ese clientelismo existe porque las fuerzas populares no han encarado como debían una necesaria crítica del gusto colectivo.

Las campañas electorales, a pesar de que están casi totalmente tomadas por la inmediatez de esa inducción, algo tienen todavía de los antiguos torneos en los que válidamente se disputaban porciones de la creencia colectiva. Estas creencias siguen existiendo incluso en casos sobradamente estudiados en donde reinan formas obtusas del clientelismo (el peronismo nació en contra del clientelismo conservador: “acepten lo que les dé el patrón y luego voten lo que quieran”) pero también subsiste en acciones practicadas más de medio siglo después por importantes secciones del peronismo ya mimetizado con las añejas formas conservadoras. (En Tucumán, el peronismo ganaba igual la elección, pero precisaba, por razones que ese curioso mimetismo de la historia debe esmerarse en explicar, la onomatopeya del más rancio conservadorismo. “Acepten lo que les damos e igual voten por nosotros”). Admitamos que siempre hacemos algo con lo que nos hacen y solemos considerar a ese segmento de auto-deliberación el precio de nuestra libertad. El problema de ambos clientelismos, el costumbrista y el de la globalización de las conciencias, debe originar un único debate sobre el estado de las creencias autónomas en las sociedades contemporáneas.

De la resolución de este dilema depende el futuro de los movimientos populares. Gramsci esperaba “elevar los sentimientos del sentido común popular” con un original enfoque de las herencias intelectuales de la nación. Pero en su época, se podía pensar en este tema de otro modo. Prácticamente no había radio y no existía la televisión. Gramsci era crítico teatral y Pirandello solicitaba la atención de todos los sectores culturales populares e intelectuales. Hoy todo el universo es teatro, pero teatro donde se puntúa a sectores de la vida popular según canten, bailen o forjen su intimidad pública en torno a un patronazgo que ya tiene incorporadas sus formas de imitación (y de allí ese tipo de mímesis operando como clientelismo simbólico). Laclau, por su parte, intentó la hazaña conceptual de ligar el populismo a la forma plena de la vida intelectual como método de la conjunción lógica de “intereses desinteresados”, cuando en su diversidad, coinciden con interpelaciones que se les dirigen a ellos, y que ellos también desean.

La doctora Carrió fue la que inauguró entre nosotros la crítica al populismo no como “la elevación de los pobres” sino como la “política que produce pobres”. Era una nueva versión contrahecha y maligna del contrato social: se precisan pobres para que voten a los populistas que dicen que se ocupan de los pobres, y de allí, el clientelismo pasa ser el fondo teórico de esta idea recaudadora de votos. Igual que en el dictamen de la cámara de Tucumán, las elecciones quedaban anuladas por deficiencias estructurales en la conciencia inducida del elector. En la teoría de Carrió, más profunda de lo que imaginamos en sus alcances obtusamente elitistas y en su fondo, antirepublicana, se imagina un sistema que se retroalimenta de los daños sociales que produce. En este caso solo quedaría espacio para una estrecha política crudamente moralizadora. No en términos de una necesaria moral pública que mediatiza siempre la existencia social, sino de una moralización correccional bajo el modelo (sin duda involuntario, pues no calcula las consecuencias fácticas de sus decires) de una república penitenciaria.

No es posible la postulación de una conciencia transparente de punta a punta, la cual es imposible de conseguir aun para el republicanismo más combatiente. La conciencia, si seguimos postulándola, es porque siempre tiene un repliegue que se dirige hacia sí misma: es la magia de la autoreflexión. El poder pensar sobre sus actos, aunque sea como un balbuceo penitente. Ese plegarse opaco sobre sí es la base de las religiones, las plegarias, la autocrítica, la astucia, la responsabilidad o el lenguaje. Y por supuesto, del populismo en todas sus versiones, desde la toscamente clientelista hasta la más refinadamente teorética. Este acto auto-reflexivo nunca podría tener una ilusa transparencia, pues el yo se construye en la imposibilidad de pensar todas sus prácticas aunque en la desesperación quimérica de querer hacerlo. ¿Qué tiene que ver esto con el clientelismo y la idea de que las conciencias siempre son inducidas?

Un enjambre de creencias (eso es una sociedad) es siempre un juego mutuo de inducciones. Pero en todo caso, de una inducción democrática, con emisores visibles y poseídos públicamente por su argumento, no del silogismo surgido del subsuelo anónimo de las operaciones que imprimen “creencias” a través de sus líneas de montaje en las penumbras. Con todo, hay en nuestro país un debate profundo sobre las creencias. Como en todo el mundo, se discute no solo sobre lo que se cree sino sobre lo que sería necesario para un retorno activista del reino de las creencias. Más allá de la “inducción”, es decir, de las formas coactivas de los tratos colectivos. Pero sería un error situar las creencias firmes y remanentes tan solo en la zona de las minorías activas de carácter ideológico, cultural, electoral o confesional. La disputa es por las creencias populares, donde el clientelista las confirma en su apatía, pero el pensamiento popular lucha por darles su horizonte libertario, que siempre les fue inherente. Hay una querella en el seno de los movimientos populares para reconstruir autonomismos, para que vivan en su siempre anhelada mayoría de edad, para que no los alcancen las críticas al clientelismo. Críticas a ese clientelismo tosco que torna hueca a la vida popular, pero críticas que en general emanan del clientelismo de las ideologías financiarizadas que ultrajan simbólicamente a esa misma vida popular.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

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