EL PAíS › EL ESCENARIO POSELECTORAL Y LAS PRIMERAS MEDIDAS DE MACRI

Ajuste, decretos y opciones

Opinión

Lo nuevo y lo viejo

Por Rodrigo Carmona *

Lo nuevo y lo viejo, tal como afirma Antonio Gramsci, constituyen elementos indisociables de la dinámica política. En los resultados de las últimas elecciones estos componentes se entremezclan de distinta forma. Entre lo novedoso se observa el triunfo a nivel nacional de una coalición de derecha por primera vez en la historia democrática de nuestro país junto a la derrota del peronismo en la gobernación de la provincia de Buenos Aires. Diversos factores multicausales de corto y mediano plazo confluyen en ese proceso, entre otros: dificultades en la campaña del Frente para la Victoria y en la selección de sus principales candidatos, crisis internacional y efectos en el plano interno, desgaste natural luego de doce años de gobierno, presión mediática constante y formadora de sentido, medidas con impacto negativo sobre los sectores medios (Impuesto a las Ganancias y restricción a la compra de dólares), falta de respuesta por parte del kirchnerismo a los nuevos humores y demandas de cambio especialmente en los centros urbanos más poblados, organización y aprovechamiento político de la situación por parte de Cambiemos.

Las elección reciente muestra a su vez el fin del bipartidismo clásico y el armado de opciones frentistas con un clivaje centrado en coaliciones que disputan entre un ideario, más solapado o no, de tipo neoliberal, promercado, extranjerizante y de alineamiento con Estados Unidos y las principales potencias occidentales, y otra cuyo eje es más nacional, intervencionista en lo estatal, con base en la demanda interna, el multilateralismo y la integración regional. Los resultados en la primera vuelta dejan entrever también una tendencia hacia la renovación de liderazgos y formas de hacer política más ancladas en la empatía, la gestión y la proximidad, que en un contexto como el de la Provincia de Buenos Aires permitieron el arribo de una nueva gobernadora e intendentes jóvenes de distinto signo político orientados a resolver demandas más concretas de la ciudadanía. En efecto, los cambios a nivel social y cultural desplegados en estos años (desde mejoras socioeconómicas y derechos adquiridos hasta nuevos patrones de consumo, mayor individualismo e influencia mediática marcada) promueven que parte importante del electorado se oriente por un voto más emotivo y estético, en función de lo ofertado y la imagen que transmiten los candidatos, y menos ideológico, respecto a los postulados programáticos y las alternativas políticas en juego. Si bien estas orientaciones no logran reducir el componente político de fondo, lo reconfiguran y lo hacen más fluctuante en términos de adhesiones e ideas aglutinantes.

Entre los aspectos más tradicionales que intervienen es posible advertir la realpolitik de los actores que tercian en el juego político en función de sus intereses concretos. Desde sus inicios el kirchnerismo buscará imponer un modelo de Estado activo, regulador de la vida social y generador de derechos a contracorriente de la tendencia dominante durante la década previa con fuerte predomino de los sectores concentrados de la economía. La disputa entre dos modelos de país con un vértice que reconoce la centralidad del Estado como promotor del desarrollo social y económico frente a un proyecto neoliberal vinculado a los intereses de las grandes corporaciones y antipolítica en el discurso, se hace evidente en la última elección y permanece latente más allá de no prevalecer por poco en el voto popular. Del mismo modo, persisten detrás de los resultados cuestiones aspiracionales, simbólicas y de cultura política arraigadas (por ejemplo, antiperonismo/antikirchnerismo) que inciden también en las preferencias.

Algunos de estos rasgos aparecen expresados en las primeras medidas y la conformación del gabinete de Mauricio Macri, con la entrada mayoritaria de cuadros gerenciales del sector privado y postulados de corte noventista asociados con el ajuste del gasto público, el endeudamiento, el denominado “sinceramiento de precios” y la generación de condiciones para el arribo de inversiones extranjeras. Luego de los primeros días, el gobierno macrista ha generado un brusco cambio en el plano económico (con la eliminación de las retenciones agropecuarias e industriales y la rebaja de 5 puntos para la soja, el levantamiento de las restricciones para la adquisición de moneda extranjera, la supresión de cupos para las exportaciones algunas de ellas muy sensibles en el mercado interno, carne, trigo y materias primas fundamentalmente, la apertura comercial para las importaciones, la eliminación de regulaciones bancarias y de encajes para el ingreso de capitales especulativos, un mayor endeudamiento externo y una amplia devaluación del peso respecto al dólar propicia para los sectores exportadores de alrededor de un 40 por ciento inicial, sumado al despido deliberado de miles de empleados públicos como preanuncio de una nueva etapa con mayor desempleo y ajuste regresivo en el ingreso de trabajadores, jubilados y sectores medios) y en la dinámica institucional del país (con el uso extendido de decretos presidenciales, algunos muy controvertidos como la designación provisoria sin acuerdo del Senado de dos jueces de la Corte y el reemplazo de la Afsca y la Aftic desconociendo la vigencia de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y el lugar del Congreso como espacio de debate público, junto a señales represivas frente al conflicto social, como pudo apreciarse con los reclamos de trabajadores de Cresta Roja y de la Municipalidad de La Plata). La apuesta a una restauración conservadora, a un prekirchnerismo, con eje en el interés corporativo y los poderes más concentrados, un tándem que conjuga lo económico (centrado en lo agropecuario y financiero), judicial (a partir de la posición mayoritaria y favorable de jueces de las diversas instancias y la Corte a las nuevas autoridades) y mediático (en tanto principales usinas de crítica al gobierno saliente y protección deliberada del actual), parece plasmarse con tintes arbitrarios y represivos desde sus inicios, en detrimento de los intereses de los sectores asalariados y de menores ingresos.

Tal como asevera Gramsci, lo nuevo que pugna por surgir y lo viejo que lucha por no morir determina un conflicto donde lo viejo puede restaurarse. En ese tránsito parece estar el kirchnerismo a partir de la derrota electoral. Quedará por verse entonces como se reacomoda el escenario político poselectoral en uno y otro extremo. Por un lado, el lugar del peronismo (con sus múltiples expresiones) y el de su conductora Cristina Kirchner, en tanto oposición y factor de gobernabilidad. Sobre la base de una minoría activa y movilizada, que despuntó en el último tramo de la campaña y alcanzó en paridad la mitad menos uno de los votos, el desafío potencial estaría en poder construir para adelante defendiendo lo conseguido y sumando las adhesiones necesarias, que alguna vez se tuvieron, para lograr una mayoría. La movilización masiva del 9 de diciembre último y las manifestaciones espontáneas de los últimos días brindan un capital importante, que deberá ampliarse en el marco de una autocrítica genuina por los errores cometidos y una apertura real y democrática a otros sectores. Por otro lado, si Macri y sus aliados continúan en la línea de los cambios estructurales desarrollados habrá que observar la profundidad e impactos que las medidas alcanzan, además de la tolerancia social que generan. De lograr a lo largo del tiempo la aceptación y consolidación de ese programa neoliberal estaremos en una situación de “hegemonía” gramsciana, donde un pequeño grupo social acomodado hace de sus intereses los del conjunto de la sociedad. El escenario está abierto y como siempre es dinámico y sujeto a la influencia de las distintas fuerzas sociales y políticas que intervienen.

* Politólogo UNGS-Conicet.


Opinión

El miedo al estado de emergencia

Por Pablo Ezequiel Stropparo *

Hasta hace un mes, para muchos argentinos (al menos para una parte de ese 51 por ciento que votó a Cambiemos) el país vivía uno de los períodos más oscuros de su historia: una dictadura estalinista, fascista, hitleriana, totalitaria, chavista, que socavó las instituciones y la democracia. Sin embargo, los últimos doce años constituyen el período más democrático de Argentina. A contramano de la historia, todas las voces fueron toleradas y las autoridades nacionales fueron sometidas a una devastadora crítica de los medios de comunicación y de una parte de la ciudadanía. La tolerancia ante las críticas fue total. Otro aspecto importante es que no se reprimieron las protestas sociales, lo que representó mucho en un país en el que la represión se llevó muchísimas vidas. Desde que asumió Néstor Kirchner, una de sus banderas fue no usar los garrotes ni las balas de goma. Al tener en cuenta, al menos, estos dos derechos cruciales, hasta el 9 de diciembre de 2015 hubo libertades que fueron ejercidas plenamente.

El hecho de que ese período haya sido juzgado como no democrático por algunos se opone a la definición de la democracia que sustenta al liberalismo. Joseph Schumpeter brinda una definición mínima y procedimental de democracia, como una competencia periódica por el voto del pueblo. Para Schumpeter, este modus procedendi es un indicador de si un país es democrático o no. Desde este punto de vista, la Argentina debe ser considerada una democracia: hubo elecciones periódicas en las que las elites políticas compitieron libremente.

Los gobiernos kirchneristas dejaron, como todo gobierno, deudas pendientes, por lo que sería cínico valorarlos positivamente por la sola práctica de este modus procedendi. Sin embargo, durante doce años, con todas las contradicciones habidas y por haber, se fue fortaleciendo la liberal democracia. Según Giovanni Sartori (1997), la liberal democracia intenta conciliar las lógicas de la democracia (igualdad) con las del liberalismo (libertad). Desde 2003, muchas leyes, medidas y decretos presidenciales intentaron fortalecer las libertades y la igualdad. El memorioso las recordará. No hace falta ser Funes para tener un poco de memoria.

En un artículo publicado en este diario el 30 de diciembre se citan ideas del filósofo italiano Giorgio Agamben, quien critica el proyecto del gobierno francés de François Hollande, que, entre otras cosas, propone el Estado de Emergencia mediante una reforma constitucional. Agamben señala los problemas que trae al Estado de Derecho gobernar en Estado de Emergencia, pues provoca miedo generalizado, despolitización de los ciudadanos y renuncia a toda certeza de derecho.

Teniendo en cuenta que el actual Gobierno argentino no convocará a sesiones extraordinarias del Congreso y que administra desde el 10 de diciembre mediante decretos de necesidad y urgencia, cabría preguntarse si no se está asistiendo a un Estado de Emergencia, con el slogan de la lucha contra la inseguridad y el narcotráfico. A lo que se suma la implementación de medidas regresivas para racionalizar la economía nacional.

La libertad puede dar lugar a una disyuntiva: o se hace un uso activo de la libertad o se busca algún tipo de sumisión en la que el individuo se sienta protegido. La segunda opción, el miedo a la libertad, llevó a horrores como el fascismo durante el siglo XX. De acuerdo con el resultado de las últimas elecciones, la sociedad argentina parece estar dividida en dos mitades. Un interrogante abierto es si una de esas dos mitades (la del 49 por ciento), o, al menos gran parte de ella, quiso seguir haciendo uso de su libertad, sin miedo, y luchando por una mayor liberal democracia, buscando mayores libertades e igualdad, mientras que la otra mitad (la del 51 por ciento), o parte de ella, tuvo miedo a la libertad y prefirió la sumisión. Y, entonces, lo que quizá sentimos muchos del 49 por ciento que no votó a Cambiemos es un miedo en este caso no a la libertad, sino más bien a todo lo contrario: un miedo al Estado de Emergencia permanente con el que está gobernando la gestión actual desde que asumió el 10 de diciembre (así lo ratifican los principales referentes del Gobierno día a día: ellos gobernarán mediante decretos y DNU, por lo menos hasta marzo, sin convocar a sesiones extraordinarias del Congreso). Más allá de que sea aventurado decir mucho sobre un Gobierno que asumió hace un mes, ya se puede tener la sensación de que está generando un Estado de Emergencia.

* Doctor en Ciencias Sociales; docente en UBA y en la Universidad Nacional de Moreno.

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