EL PAIS › PANORAMA POLITICO

Un mundo feliz

 Por Luis Bruschtein

Susana Malcorra perdió todas las elecciones en la ONU porque un canciller argentino nunca podrá convertirse en secretario general mientras no se resuelva la cuestión Malvinas. Ningún país que mantenga un conflicto de soberanía no resuelto con una de las potencias del Consejo de Seguridad tendrá esa posibilidad porque ellas tienen la última palabra en la distribución de poder mundial. Por eso la campaña de Susana Malcorra estaba perdida de antemano, aunque tuviera el apoyo no muy firme de los Estados Unidos. No había ninguna posibilidad de que ganara y, por el contrario, la campaña por su candidatura puso en situación vulnerable para Argentina al tema Malvinas. Pero con esa campaña la canciller quedó bien posicionada en el escenario internacional para su desempeño futuro en el ámbito privado internacional, que es el escenario del cual proviene. Hace muchos años que su residencia está en el exterior.

Se supone que cuando un funcionario realiza una campaña para algún cargo internacional, debería pedir licencia. No es una cuestión formal o ética en abstracto, sino de fondo y muy concreta. Porque durante la campaña podría aprovechar su estratégica función para tomar decisiones que pongan su objetivo electoral por encima del interés concreto de su país. O porque la campaña que realiza puede hacerle perder legitimidad a las acciones que decida como funcionaria. Es decir, tomar decisiones simpáticas para los demás pero que perjudiquen los intereses del país. En todo caso hace más difícil explicarlas. Si no fuera por la complicidad de los grandes medios concentrados, esta doble situación de canciller y candidata tendría que haber sido por lo menos polémica. Lo mejor era pedir licencia. Porque en el medio de esa campaña se plantearon temas delicados, como el boicot a Venezuela en el Mercosur, tan requerido por Washington, y una declaración mistonga con Gran Bretaña por Malvinas muy favorable para el Reino Unido.

Es cierto que su campaña sirvió para plantear una problemática de género en las Naciones Unidas. Y por supuesto sirvió también para dar visibilidad internacional al incipiente gobierno de Mauricio Macri. Pero no es buena la imagen de un gobierno haciendo gestos hacia el mundo sobre Malvinas para ganar las elecciones en Naciones Unidas, donde el principal obstáculo era justamente el conflicto por las islas.

Ese fue el motivo también por el cual en ningún momento, ni siquiera cuando habló en la Asamblea General de la ONU, Macri se refirió al respaldo firme de todas las naciones de Latinoamérica y el Caribe al reclamo argentino de soberanía sobre las islas y contra el colonialismo británico. Es un tema que molesta a Gran Bretaña porque la ubica en plan hostil con toda la región.

Con Malvinas, a este gobierno le pasó lo mismo que a la dictadura. Despreció la solidaridad latinoamericana y además Estados Unidos nunca respaldará a fondo a la Argentina en un tema que lo confronta con Gran Bretaña. La Corona, consecuente, votó en contra de Malcorra porque no cederá a un contrincante espacios de poder que debilitarían su posición en el conflicto. Hablar de negocios sí, porque es un reconocimiento de hecho de la ocupación británica. Pero nada de ceder terreno. Es difícil imaginar que Malcorra no fuera consciente de esta situación.

Aceptar que se retire de las negociaciones la demanda argentina de soberanía en medio de una campaña para agradar a Gran Bretaña y seducir su voto en la ONU, colocó al tema Malvinas como moneda de mercantilismo electoralista. No fue justo para los caídos ni para los ex combatientes. Ni para un país que no ha terminado de cicatrizar sus propias heridas internas por ese conflicto.

Esa fue la imagen que proyectó aunque es cierto que ambas acciones diplomáticas relacionadas con Malvinas y el Mercosur están en el ADN de este gobierno conservador.

La visita del impresentable Michel Fora Temer sirvió para mostrar su compenetración con el mandatario argentino con respecto a Venezuela y el Mercosur en general. Es inaudito que un país del poderío, la riqueza y complejidad de Brasil y con su decisiva gravitación regional esté conducido por un personaje que fue elegido como elemento decorativo de una fórmula presidencial. Nadie lo quiere en Brasil. Y su gobierno solamente tiene el respaldo del 14 por ciento de los brasileños. Tanto Macri como Temer son el fruto insólito del reflujo de los gobiernos populares en la región. Hablan el mismo idioma. “Tudo joia” le dijo Macri a un Temer de madera frente a una ristra de chorizos en Olivos.

Con una legitimidad tan pobre y un respaldo aún menor, Temer ha tomado decisiones estratégicas que cambian de raíz la tradición de la política exterior brasileña, con lo cual renuncia de hecho a cualquier actitud de liderazgo regional para subsumirse en el coro de economías periféricas con gobiernos neoliberales que buscan un lugar a la sombra de Washington. La idea de ambos mandatarios de flexibilizar al Mercosur para que cada país establezca relaciones por su cuenta con los grandes centros económicos pulveriza la intención de fortalecer esa negociación haciéndola de manera conjunta con esas economías.

Obviamente la idea de Mercosur de Temer y Macri es diferente a la de Kirchner, Lula, Chávez, Evo Morales, Pepe Mujica y Rafael Correa. Después de dar un golpe parlamentario judicial a su presidenta Dilma Rousseff, Temer tuvo el tupé, junto con Macri, de reclamarle credenciales democráticas al presidente venezolano Nicolás Maduro que soporta una fuerte ofensiva interna y externa, incitada desde Miami. La decisión de negarle a Venezuela la presidencia del Mercosur que le correspondía puso al bloque regional al borde de la ruptura. En la concepción del neoliberalismo representado por Macri y Temer, el Mercosur no tiene relevancia, dejaría de ser un bloque para convertirse en otro sello de superestructura, en tanto sus países miembros confluirían hacia un nuevo ALCA con el Tratado del Transpacífico concebido para limitar la influencia de China y afianzar la hegemonía norteamericana. Hay quienes ya hablan de un Tratado Transatlántico similar al Transpacífico, en el que Brasil, Argentina y Venezuela tendrían un papel central. Pero para eso deben desbancar al chavismo venezolano y consolidar las propuestas neoliberales en Buenos Aires y Brasilia. En ese ordenamiento, como lo muestra la letra del Tratado del Transpacífico, las grandes corporaciones trasnacionales están equiparadas legalmente a los gobiernos de cada país. De alguna manera, Washington cede ese poder a las grandes corporaciones en un mundo que parece orientarse en una alucinación apocalíptica del futuro hacia la institucionalización de un doble gobierno. Uno formal organizado por el juego político y otro real controlado por las grandes corporaciones.

En su momento, Uruguay había planteado objeciones a la rigidez del Mercosur, pero ahora se convirtió en el principal defensor de la institucionalidad del organismo y rechazó la decisión de Brasil, Argentina y Paraguay de boicotear a Venezuela. El gobierno uruguayo es consciente que la hostilidad de Macri y Temer hacia Maduro esconde la intención de enfriar al bloque regional.

En todo el discurso de Macri, ya sea sobre la estrategia con Malvinas o con respecto al Mercosur, no se habla de bloque regional o integración regional. No existe este concepto cuando se habla de una economía abierta al mundo. Según esta cosmovisión mundial –spenceriana o peor aún, de un primitivismo malthusiano que asusta–, existe una cantidad de naciones que pujan por incorporarse a un mercado global que se ordena según la fuerza de cada una. Es la división mundial del trabajo que defienden las trasnacionales y que se concreta en la forma de un mundo profundamente dividido entre muchas economías periféricas cada vez más débiles y empobrecidas, subordinadas a las pocas pero grandes economías centrales. Este sistema es el que provoca las guerras y las grandes corrientes migratorias en el planeta.

El neoliberalismo profundiza la brecha entre ricos y pobres por el desenfrenado proceso de concentración del capital que constituye su esencia. Lo mismo se produce entre países ricos y países pobres, donde la brecha se agranda cada vez más. En esa polarización, las franjas medias –de medianos recursos o de mediano desarrollo– tienden a desaparecer. Los países de desarrollo intermedio –con economías llamadas emergentes– como las de Argentina o Brasil, son los que más tienen para perder.

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