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El club del pajarito

En Argentinos Juniors, el genocida Guillermo “Pajarito” Suárez Mason era “el señor Suárez”, un socio y presidente honorario que le consiguió dineros y apoyos de la dictadura y la banca. Lo que explicaría que todavía tenga amigos que le organizaron el asado que le costó la prisión domiciliaria.

 Por Gustavo Veiga

El señor Suárez, un genocida de mirada cínica y un tanto encorvado que se hacía llamar así en Argentinos Juniors hasta que lo expulsaron como socio honorario del club, habría comido un asado en el nuevo estadio de La Paternal y no en el polideportivo Malvinas, como se sospechaba, cuando violó su arresto domiciliario la noche del 23 de enero. La información que provocó un escándalo diplomático con Ecuador por la participación que tuvo en el hecho el ex embajador de ese país, Germánico Molina, ahora parece que no es tan difusa: dos barrabravas se jactaron de que disfrutaron del banquete en la cancha, aunque el presidente de la institución, Luis Segura, desmiente de modo tajante que cualquier instalación haya sido utilizada para agasajar al represor que durante un tiempo olvidó su segundo apellido de origen inglés.
Suárez Mason es un personaje omnipresente en el club de La Paternal desde el 13 de abril de 1977. Ese día, con su ahora devaluado aire marcial, irrumpió en el complejo de la calle Punta Arenas 1271. Veintiún años después, la noche que finalizó con su expulsión, huiría de ese mismo lugar saltando una medianera con la ayuda de una escalera. Quiso evitar el escarnio pero no pudo, como ahora, con 80 años recién cumplidos. Un ex dirigente de Argentinos le confirmó a Página/12 que un par de barrabravas, en un comercio gastronómico de Boyacá y Alvarez Jonte, a metros del estadio, describieron el éxito que tuvo la comilona con cierta pedantería. El represor, de esa manera, habría cumplido con creces su deseo: festejar su octogésimo cumpleaños en el flamante escenario que no conocía.
“Mezclar a estos personajes con el fútbol es un disparate. Yo le aseguro que en Argentinos no estuvo y no tengo idea de dónde salió esa versión”, repitió en dos diálogos distintos Segura, un empresario al que varios militantes políticos del club vinculan con Suárez Mason en el pasado. En rigor, el actual presidente ejerció la vicepresidencia entre 1979 y 1981, cuando el poder del ex militar estaba en su apogeo. “Es su amigo, lo visitó en su casa. Incluso, hasta consiguió que le habilitara la mitad del hotel alojamiento Y, de Nogoyá y Terrada, cuando Segura era el dueño”, deslizó otra fuente, obviamente sin pruebas de lo que afirma, que participó en dos conducciones diferentes de la institución en los últimos veinticinco años.
Segura se enerva cuando le comentan estas historias. “Nunca pisó mi casa. Yo no le pedí nada y muchos de los que defenestran ahora a Suárez Mason le rendían pleitesía. El hotel alojamiento, además, lo habilité el 1º de enero de 1974, durante un gobierno democrático”, evocó con una memoria envidiable. El presidente de Argentinos Juniors también relató que Alberto Fernández, el jefe de Gabinete (un reconocido simpatizante del club), lo llamó preocupado por las informaciones que se difundieron sobre la inquietante presencia del genocida. “Le dije que se quedara tranquilo, que no había pasado nada”, completó.
Sea como fuere, el fantasma del represor que voló de su jaula recorrió toda la semana las instalaciones de una entidad fundada por militantes libertarios y cuyo primer nombre duró lo que un pestañeo: “Mártires de Chicago”. Esa denominación fue rechazada hasta que le quedó la actual, un 15 de agosto de 1904. “Zurdos hay en todos lados, ellos siempre se mueven así”, habría dicho Suárez Mason en un reportaje a mediados de los ‘90.
Con el tiempo, el poder del general que tuvo en sus manos miles de vidas en el Primer Cuerpo de Ejército trascendería fronteras adentro del club y no por un antecedente estadístico y hasta risueño: su hijo Marcos, ingeniero de profesión, jugó en las divisiones inferiores de Argentinos. Era un puntero derecho veloz que no llegó demasiado lejos en su carrera de futbolista. Pero hay hitos más emblemáticos que marcan hasta dónde se desvelaba el represor por la camiseta: con fondos de dos empresas por entonces estatales, Austral e YPF, consiguió que Diego Maradona permaneciera en el club hasta 1980 y le consiguió un régimen especial en el servicio militar. Al año siguiente, ya retirado, gestionó un crédito en el Banco Río por 350.000 dólares para la alicaída economía de la institución. Favores semejantes fueron correspondidos y se le dieron los títulos de presidente patrimonial y socio honorario.
Prófugo desde 1984, capturado en Foster City (EE.UU.) en 1987, repatriado al año siguiente e indultado en 1990 por Carlos Menem, el criminal no tardó en regresar a La Paternal para seguir a su equipo. Hasta disfrutó de un efímero instante de reivindicación gracias a Emilio Asad, un empresario de la carne y ex boxeador. Este ex candidato a presidente de la institución en la elección interna del 27 de abril de 1996, lo definió durante una cena proselitista como “un hombre del club” que “se acerca a colaborar, como hacen muchos”.
En Argentinos Juniors aseguran hoy que Asad no paga la cuota social desde hace catorce meses, pero habría sido uno de los fieles laderos del represor en el asado del viernes 23, que algunos muchachos del tablón dicen se sirvió en la nueva cancha. La barra brava que hace pata ancha en La Paternal es la misma que cumplió labores proselitistas para la fuerza política que lideró Mauricio Macri en el último comicio porteño, Compromiso Para el Cambio.

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