EL PAíS › OPINION

Titanes en el ring

 Por Eduardo Aliverti

Este periodista cuenta con la certeza de que una notable mayoría de argentinos no sabe a ciencia cierta, ni mucho menos, en qué consiste la “coparticipación”. Hay algunos términos de difícil o imposible reemplazo, pero cuya rigidez seguramente espanta la posibilidad de que los debates se popularicen. Por ejemplo, se habla de la “criminalización” de la protesta social (es más, uno tipea esa palabra y el Word le pone el fideo rojo debajo porque no la reconoce). ¿Pero cómo se hace para definir de otra manera que miles de tipos que luchan son perseguidos por la Justicia? Con la “coparticipación” pasa lo mismo. Es el sistema usado por el gobierno nacional para repartir con las provincias la recaudación de algunos impuestos. Así que está perfecto. Se co-participa. Pero jure alguien que en estos días se encontró, en el colectivo, en el tren, en una oficina, en una reunión de familia, en cualquier lugar o situación que no sea de palacio político, digamos, con algún cristiano que dijese “qué bárbaro, che, el quilombo de la coparticipación entre Kirchner y Solá/Duhalde”. En una palabra, hay palabras que no sirven. Y hay otras que son perfectas. Uno dice “facho”, “gorila”, “zurdo”, y ya está. Pasa en la política y en cualquier aplicación del lenguaje. Sólo que en la política, y al menos por aquí, la derecha es bastante más viva que la izquierda para categorizar las palabras de acuerdo con su conveniencia. Figuras como “previsibilidad” o “gobierno previsible”, “gobernabilidad”, “moderación”, “negociación”, que el sentido común asocia con ser equilibrado, son empleadas por los sectores del privilegio para que no patear tableros, o pagar hasta el último centavo de una deuda ilegítima, o condenar la realización de un acto en la ESMA, queden emparentados con lo que corresponde, con lo más justo, con lo más conveniente. Son las victorias lingüísticas de la gente jodida. El más grande terrorista de este mundo se llama George Bush, pero resulta que ningún “moderado” se animará a llamar “terrorista” al gobierno de los Estados Unidos.
También es cierto que no siempre el uso de un recurso verbal proviene de la necesidad de manipular su significado. Parecería ser el caso de “coparticipación”. No suena lógico que se emplee esa palabra retorcida porque se quiere ocultar cómo se manejan fondos impositivos. Y si así fuera les sale mal, porque todo indica que el común de “la gente” podrá no saber qué es o cómo se aplica el dinero coparticipable pero, frente a la dura puja estallada entre el kirchnerismo y la banda duhaldista, tiene claro o huele muy bien que la pelea es, básicamente, por el reparto de la torta para financiar la forma de hacer política dentro del peronismo. Ninguna explicación sirve para ocultar que el verdadero problema es la inexistencia total de una discusión de base, a cualquier nivel, acerca de algún modelo de desarrollo que quiera darse este país.
Como sólo se trata de cuidar la quintita con el objeto que fuere, todas las preguntas y todas las respuestas pueden ser válidas. ¿La provincia de Buenos Aires merece más fondos que ninguna porque es donde vive más población, o porque su presente y horizonte sociales son mucho más explosivos que el resto? ¿Sería más justo o menos justo que se privilegiara a provincias eventualmente considerables como “de punta”, para activar economías regionales que pudieran sostener el crecimiento yrecién después pensar en una distribución equitativa? ¿O primero debe pensarse en una distribución equitativa? ¿Bajo qué parámetros no son lo mismo o sí son lo mismo Santa Fe que La Rioja, Chaco que Mendoza o Santa Cruz que Jujuy? Si una provincia aporta más y recibe menos, ¿está bien o está mal según cuál criterio de cuál papel estratégico que juega en cuál ingeniería económica y social que tiene cuáles fines? A estos y otros interrogantes por el estilo las contestaciones pueden ser sí, no, más o menos o todo eso a la vez. Y todas pueden estar bien y todas pueden estar mal, porque no existe el marco que las contenga. Ni Kirchner, ni Duhalde, ni Solá, ni ninguno de los gobernadores que se prendieron en la guerra declarativa de estas horas podría afirmar, sin ponerse colorado consigo mismo, que alguno de aquellos dilemas estructurales estuvo presente en sus apariciones públicas. Y como a su vez no existe una oposición seria, orgánica, porque por el momento lo único que hay en la Argentina es el Gobierno y los comentaristas de lo que el Gobierno hace o deja de hacer, el panorama es todavía más patético.
Son Titanes en el Ring, pero los de Karadagian. Alguno simpático, alguno repelente y ninguno en serio. Si para algo sirvió esta aparición de la troupe casi completa es para demostrar que el debate político nacional sigue siendo muy chiquito, y que ser dirigente de la clase dominante no significa saber dirigir más allá de los intereses propios.

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