ESPECTACULOS › LLEGA LA NUEVA CAMADA DE FANS CONCIENTIZADOS

Fans por los derechos civiles

Investigan la “explotación” a las Bandana, pelean una reforma del Registro Civil y cuestionan las reglas del star system.

 Por Julián Gorodischer

“Abran: toda la verdad del porqué de la despedida de Bandana.” Remitente: Mechi. El mail de la fanática circula y hace estragos, cambia las razones del fin del reality pop, atrae a periodistas y convoca al movilero al fans club en inusual cambio de foco para la noticia. La fan ya no se detiene durante varias horas en la puerta del Gran Rex; ahora sale a investigar con libretita y, claro, calculadora de bolsillo, para llegar a conclusiones. “Bandana saca 2410 pesos por función... ; una miseria comparada con los 140 mil que se lleva RGB. Desgaste físico y mental: hartas de la explotación pusieron un punto final.” Las fanáticas se reúnen cada quince días pero no para el clásico intercambio de mails o figuritas, sino para estudiar los pasos a seguir. “Apoyemos a Viri –pide Mechi–, ellas no pueden salir a decirlo.” Mandarán cartas a los medios, se saldrán del abrazo del oso (el apoyo de la productora) para constituirse como asamblea de los trabajadores del reality. “No son las únicas –sigue la denuncia–: pasó con Gamberro, Mambrú, Pablo, Luli... ¿Dónde están? ¡Se cansaron!”
Así todo el tiempo: fans revelados reconvierten el signo de su oficio. MC Jackson, el más famoso y pionero seguidor de Michael, libró su batalla en el Registro Civil para que lo dejaran inscribir a su chico Michael Jackson Rodríguez. El hijo coronaría la experiencia como fan: presidente del club, caracterización de tiempo completo y, ahora, hasta padre de la criatura. ¿Dormir con niños? La defensa llega hasta tan lejos: “Yo también dormí con chicos, saltábamos en la cama; son los únicos que pueden compartir con uno las ganas de jugar”. El fan insiste inicia una acción judicial y muestra orgulloso, después, a sus bebés: Michael y Jordan Jackson. “No sé si van a ser fanáticos –dice–, Michael puede ser. De Jordan, lo dudo.” Lo único seguro es que no paró hasta conseguir lo que quería: “A todo lo que llegué, lo conseguí gracias a Michael. Mi viejo me maltrataba, como a él, y yo buscaba en el ídolo apoyo. Tenía que homenajearlo”.
Los nuevos fans concientizados se desentienden de la espera interminable y reivindican el poder de ser la sombra. Lo que llega es una alianza entre fanáticos y cantantes que incluye el apoyo al fin de los recitales (de hecho las Bandana no quisieron prorrogar la serie “Despedida” en el Gran Rex) y recluta a abogados para pelear la cesión de derechos musicales. Mechi, del “Bestias Pop”, encabeza la revuelta bajo consigna novedosa: que se separen. La fan apoya el final del reinado Bandana en contra de su propio interés devocional, porque reivindica la dignidad de los derechos laborales: “Liberemos a la naranja. Que el cocodrilo no la exprima más”.
Hay un tipo que los sigue de cerca con la camarita y que retrató a muchos de ellos en su película sobre vidas de nuevos fans, simbiotizados, más activos que sus precursores, a la cabeza de un movimiento que inaugura peleas civiles. Ariel Winograd hizo Fanáticos, un documental recientemente exhibido en el Festival de Cine Independiente, que hereda las reglas del programa Televisión Abierta. La consigna fue salir a mostrar las criaturas del barrio con la pasión del catador de freaks. En los clubs de fans o la puerta de la casa de Sandro, no desplegó la bajada moral sino una narración poco convencional. “¿Por qué lo hacen? Sienten devoción, van más allá del hobby, plantean una defensa sin dudas. MC Jackson construye su vida como un espejo; es extremo, pasional, religioso. Ama al artista antes que a cualquier otro.” Lo que cambia, según parece, es el destino del amor: ahora se reivindica una causa civil como forma inédita de militancia. “No iba a parar hasta inscribirlo”, repite MC con el nene en brazos, síntesis de la marca del fan. Ya no conseguir la foto autografiada, sino la firma autorizada en la libreta de nacimiento, un salto cualitativo de la marginalidad de una guardia o persecución a la defensa de derechos de ciudadanía.
Pinta, alias Juan Carlos Andrizzi, inauguró una fuente de trabajo: por su actuación como fan y doble de Sandro pide doscientos pesos por hora, y cada fin de semana se reparte entre casamientos y despedidas de solteras para largar el “Rosa, rosa...”. Tiene eslogan rendidor y estrategia publicitaria: “El maestro me eligió, me regala sus smokings”. Si los fans estándar son aquellos que pueden pasarse una semana entera junto a la casa del ídolo, haciendo cola con un numerito para darle un beso en su cumpleaños, el “concientizado” explota el nicho: mil pesos en una noche por tararear unas estrofas y revelar los secretos de su relación: “Ser el doble significa tener la ropa que Roberto me regala después de sus recitales”. Como sea, para reivindicar un final, legislar de otro modo o llenarse de plata, la nueva ola de fans se corre a la zona del “negocio”. Generan la empresita familiar o denuncian el destino inescrupuloso de los fondos. “Dinero –dice Mechi–, las Bandana fueron dinero: bombachitas, fotos, posters, perfumes. Ellas no querían seguir siendo forreadas.” Como si despertaran de la letanía de la adoración sin dudas, ahora cuestionan el sistema de estrellas y, claro, nunca se quedan con las ganas... de nada. “Tuve hasta romances con fanáticas –confiesa el Pinta–. Yo cumplo muy bien con el papel, y ellas se hacen los ratones.”

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Los fans ahora van más allá de la devoción incondicional.
 
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