EL PAíS › TOMAS ABRAHAM, FILOSOFO

“Hablar de populismo sirve para no pensar”

Abraham ve al kirchnerismo como “un movimiento democratizador respecto del duhaldismo”, pero alerta que se frustre por el peso de estructuras como las que permitían hacer su negocio a la policía “y sus socios”. Un análisis sobre la seguridad, las percepciones, Blumberg y los que integran, según él, “una aristocracia liberal” que califica de “arrogante”.

 Por José Natanson

Tomás Abraham está enojado. “Critican con mala fe, con una arrogancia supuestamente liberal, una supuesta aristocracia democrática, en momentos en que la Argentina por primera vez ha decidido ayudar a millones de personas expulsadas del sistema”, dice en referencia a quienes acusan de “populista” al actual gobierno. Aunque por momentos el tono de sus palabras se vuelve excesivamente autosuficiente, hay que reconocer que Abraham dice cosas interesantes, y que las dice con elegancia. Autor de libros fundamentales como Historias de la Argentina deseada, Abraham dialogó con Página/12 sobre Néstor Kirchner, la crisis de seguridad y los riesgos de que el Gobierno se duhaldice.
–¿Por qué está tan enojado con los que critican los planes sociales?
–Fue una reacción. Habían salido una serie de notas en La Nación, de Natalio Botana, Marcos Aguinis, Juan José Sebreli, Enrique Krause, el ex presidente Julio Sanguinetti, sobre la situación argentina. Analizaban lo que estaba pasando como un retorno del populismo. Dictaban una cátedra democrática acerca de este “desvío” que se había dado en el país a partir del gobierno de Kirchner. Y me parecía que era una crítica de mala fe y de una arrogancia supuestamente liberal, de una aristocracia democrática, en momentos en que la Argentina por primera vez ha decidido ayudar a millones de personas expulsadas del sistema. Cobran menos que el mínimo, un subsidio a la pobreza, que en los países civilizados se da multiplicado por no sé cuánto. Y estos personajes letrados empezaban con el tema del clientelismo, el populismo, porque consideraban que se daba de un modo que esclavizaba el alma de la gente. Esta especie de notables de las letras, cualquiera fuera la disciplina, que supuestamente defendían los derechos del hombre y la democracia, lo hacían de un modo tan snob, tan fuera de la realidad en la que viven, que me movió a responder.
–¿A qué atribuye esta visión?
–Se inventan un país, se inventan una democracia y una república. Tienen ganas de identificarse con personalidades y valores del Primer Mundo, de ser como una avanzada liberal en la barbarie. Es una conjunción entre virtudes republicanas y desprecio por la gente. Me parecía que era de mala fe, porque si algo hay que defender de este gobierno es que decidió que una parte del presupuesto debe darse a millones de personas sin trabajo, en un país que desde 1995 tiene un 20 por ciento declarado de desocupación. Por supuesto que si miran nuestra historia en ningún momento van a encontrar nada rescatable. Se horrorizan. No encuentran nada rescatable.
–Siempre hablan de la Generación del ‘80.
–Es cierto. En algunos puntos estoy de acuerdo, pero la diferencia es que había una visión de grandeza. Ellos plantean una especie de civilización y barbarie, pero no al modo de un genio como Sarmiento, sino a un modo mezquino. Sarmiento decía que los indios no quieren laburar, que los negros tampoco, pero quería hacer los Estados Unidos, pujantes, fundaba escuelas, quería ver chimeneas por todas partes. Pero esto es la mezquindad de una campaña peligrosa.
–¿Definiría a Kirchner como un líder populista?
–La palabra populismo me parece que es como el término posmodernidad: sirve para no pensar. El llamado populismo está basado en enormes masas excluidas del sistema. No era sólo una reacción, sino un modo de volver a establecer un Estado integrador. Ahora, bajo el nombre populismo se reúnen en una misma etiqueta realidades muy diferentes, y se desprecia a la gente. Sobre todo si se empieza con esta vertiente, gente que estaba con López Murphy. No es que piense que López Murphy es el genio del mal, pero si hubiera llegado no hubiera dado ningún subsidio. Estaríamos todos refugiados. Decir que el que quiere ganarse el pan que labure es un neodarwinismo tremendo. Una sociedad que se fractura de este modo toma alguna medida, seguramente insuficiente. Le buscan el costado negativo. Por supuesto que tiene puntos negativos, que hay uso político, pero nuncahan tenido esa misma sutileza para buscar los puntos débiles cuando por ejemplo Menem hacía sus contratos. Ahí se buscaba lo positivo. Es un arribismo intelectual de buscar el punto negativo. Uno puede decir que debería ser de otro modo, por ejemplo con tarjeta magnética. Bueno, que escriban artículos sobre la tarjeta magnética, no sobre el populismo.
–¿Qué le criticaría al Gobierno?
–Por suerte no le criticaría muchas cosas. No estoy muy excitado por la política de todos los días. El país es un desastre. Las estadísticas son aterradoras. Se ve en la calle. Esto no lo provocó este gobierno, es resultado de una historia. Me excitaría si pudiera ver un cambio en esa situación. Y no lo veo.
–¿Y un principio de cambio?
–La situación de pobreza no muestra un horizonte de cambio. Lo que me tranquiliza un poco es que este gobierno tiene una visión diferente de los valores. Es gente más sana. Lo que pasó con la Corte, un cierto panorama de lo que es una sociedad civil, en eso estoy bastante de acuerdo. Pero no veo en el día algo que nos saque de la situación. El problema es que la situación social hace difícil que un gobierno democrático se democratice.
–¿Por qué?
–Por ejemplo el tema de la seguridad. Uno puede encarar una política de depuración y mejora del servicio policial. Se puede encarar y pelear. Pero en un país con cientos de miles de jóvenes de entre 17 y 23 años sin trabajo, sin ocupación, sin educación, mirando la cerveza que se toma otro, el pucho que no se puede comprar, la moto que les encantaría tener y la mina que quiere invitar a bailar y no puede, ¿qué seguridad va a haber? No es una cuestión abstracta, de decir que el delito tiene que ver con la pobreza. Claro que tiene que ver, y por supuesto que hay organizaciones mafiosas que construyen el delito. La pregunta sería: ¿cómo se puede construir un Estado, con el monopolio de la violencia, que arrincone el delito? Hace agua por todas partes.
–La idea es que hay condiciones estructurales que impiden los cambios.
–Claro. Se puede hacer que el Estado poco a poco tenga una cierta construcción pública para poder hacer frente al delito. Pero no es fácil. ¿Cómo se paran los secuestros, la intranquilidad de la calle y el miedo de la noche, en una sociedad donde hay cientos de miles de jóvenes sin nada que hacer? La conversión al otro lado es muy fácil. Hay sectores de la sociedad que lo entienden rápido y se arman, o se encierran en murallas.
–Y eso tampoco funciona.
–Nadie se salva. Tienen que invertir cada vez más. Lo que pasa en Buenos Aires pasa en México, en San Pablo. Si no deja de pasar allá no va a dejar de pasar acá. Lo que sucede es que estábamos en una mejor situación urbana. Bueno, pues no lo estamos más.
–¿Cómo evalúa la movilización generada en torno del caso Blumberg?
–Es la manifestación del miedo de un sector importante. Es un sector dinámico, que fue a la calle. Está pidiendo respuestas al Estado. Es un sector más que le pide al Estado. Tipos como Blumberg, Graciela Fernández Meijide, Hebe de Bonafini o Laura Ginsberg salieron a la calle porque se les metieron en la casa. Y se metieron porque no había nadie en la puerta para que el otro no entre. La reacción es ir a la calle, porque no se puede ir a la comisaría o a hablar con el juez. Blumberg fue a la calle, y le sale cierta ideología, cierta idiosincrasia. Lo mismo pasa con Nito Artaza. Le metieron la mano en el bolsillo y salió a la calle.
–Usted dice que “se meten” en la casa porque falla el Estado, o porque no hay instancias adecuadas para plantear los reclamos. Lo que pasa es que el desmantelamiento del Estado no es un episodio aislado, ni reciente, sino consecuencia de un proceso largo avalado por parte importante de la sociedad, quizá por muchos de los que ahora le reclaman una mayor presencia.
–Es cierto, pero yo no creo que haya que ser vengativo. No vale decir que como quizá votó a la UCeDé entonces si le secuestran al hijo que se la aguante. Eso me parece hasta frívolo. Pero sí hay algo políticamente siniestro. La gobernación de Duhalde y la de Ruckauf implicaban una presencia del Estado, y lo que se derrumbó fue ese modo de ejercer la autoridad. Consistía en algo que sí hay que discutir. Se aseguraba la tranquilidad de los sectores con propiedades con una fuerza policial que hacía sus negocios. Se garantizaba la tranquilidad en las calles a cambio de que dejaran hacer sus negocios a la policía y a sus socios. La gente dormía tranquila. Cuando hay un intento de un gobierno elegido, con ciertas ideas democratizantes, de desarmar el negocio, como ahora, resulta que no duerme nadie. Si la gente va a la calle con una vela diciendo: “Queremos dormir tranquilos, déjenlos lucrar con las putas, el juego y la merca”, eso es lo que hay que discutir políticamente.
–Es que ése parece ser justamente el camino cuando se reclama un aumento de penas o se crea el espacio político que aprovechan Ruckauf o Jorge Casanovas.
–Es que muchas veces se siente que por ese lado hay más dureza, y se notan actitudes ambiguas del otro lado. Y es cierto que para el progresismo las políticas de seguridad cuesta mucho trabajarlas. Siempre hay una explicación social para el fenómeno delictivo. Y si entraron a tu casa y mataron a tu hijo, la verdad es que no querés ver a un sociólogo sino a un policía. No querés que venga Raúl Zaffaroni y te explique la reacción marginalidad-delito. Esto es general. Por eso veo que son este tipo de problemas, problemas estructurales, los que no permiten una democratización. Yo veo al kirchnerismo como un movimiento democratizador respecto del duhaldismo. Pero si la situación persiste puede llegar un momento en que el kirchnerismo se duhaldice. Es difícil mantener una ética política en un país con estas estructuras.

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