EL PAíS › OPINION
LAS PRESIONES DEL FMI Y LAS TACTICAS DEL GOBIERNO EN LA NEGOCIACION DE LA DEUDA

Hacia dónde mueven el arco

Los reclamos del FMI que no aparecen en los diarios. Una curiosa propuesta constitucional llega desde Washington. De cómo y de por qué el Gobierno se toma su tiempo. ¿No tenemos demasiada plata en el banco? Los cuellos de botella que teme Lavagna. El desempleo también se reparte desparejo. La necesidad de una política contra la desigualdad.

 Por Mario Wainfeld

Los funcionarios argentinos que negocian la deuda externa durante la administración Kir-chner tienen al menos una virtud que no fue usual en tiempos de la Alianza o durante la gestión de Jorge Remes Lenicov: no entran en pánico. La sempiterna costumbre de las contrapartes de mover el arco no los hace temblar ni los obnubila. Lo que no quiere decir que no los enardezca, pero esto es otro cantar. Sin ir más lejos, Néstor Kirchner en estos días de torbellino se despacha enconado contra las condicionalidades del Fondo Monetario Internacional (FMI), siempre mutantes, siempre crecientes.
¿Adónde está el arco, en este domingo sin fútbol? Por lo pronto, explican los negociadores argentinos, en cualquier lado menos donde se lo muestra. El FMI, cual una versión primermundista del tero, aprieta en un lado y pega el grito en otro. Cierto es que el organismo sacó del freezer el reclamo por la ley de coparticipación federal y que exhuma algunas formalidades pendientes del acuerdo del año pasado. Pero, según los argentinos, los puntos centrales del reclamo no siempre hecho públicos son:
u Una fuerte apreciación de la moneda argentina, que lleve el dólar a una cotización de 2,30 pesos. Este reclamo, que –como ya adelantó Página/12– saca de quicio a Kirchner, emana (aseguran en la Rosada) de Anne Krueger. Su consecuencia sería que con igual superávit Argentina podría cancelar más deuda y, según el Gobierno, un saque letal para la competitividad de la economía.
u Un compromiso de superávit “brasileño” para 2005 y los años siguientes. La cifra exacta exigida en un frenético ida y vuelta de telefonemas y correos electrónicos es retaceada en la Rosada y en Economía, pero no bajaría del 4 por ciento anual contra el 3 que ofrece Argentina.
u Delegados al fin de los países del G-7, los muchachos del FMI meten de rondón la deuda privada en la negociación. Y cómo. Exigen que Argentina obtenga una cifra record de aceptación de su propuesta a los acreedores privados. Este porcentual tampoco se blanquea pero estaría en el –inalcanzable hasta en sueños (o pesadillas)– rango del 80 por ciento del padrón de bonistas.
u A esta altura, la ley de Responsabilidad Fiscal al FMI non le piace. Fue un caballito de batalla durante meses pero ahora se reclama más. Se quiere que el Ejecutivo retire la ley del Congreso y arbitre, directamente, un régimen de sanciones a las provincias que se excedan en su déficit. Los argentinos les explicaron a los representantes del FMI que la Constitución Nacional no autoriza ese manejo del látigo. “Cambien la Constitución”, respondieron desde el otro lado, con su clásico respeto por las instituciones de los otros.
El Gobierno no piensa retirar la susodicha ley que le vale un buen desprestigio interno y que ya cuenta con media sanción del Senado y aprobación en Comisión de Diputados. Pero no es ésa la mayor “rebeldía” que imaginan hoy los argentinos. Por lo pronto, no habrá ningún apuro de su parte. En Washington están casi todos de vacaciones, en Argentina se actúa como si el transcurso del tiempo jugara a favor. Se seguirá con el rumbo de la política económica, se seguirá con (Economía dixit) “la implementación del canje de la deuda”. Desde mayo de 2003, aunque nunca lo confesaron, los negociadores argentinos “jugaron” con las demoras, ganando tiempo, reservas y reputación interior. Ahora “pasaron de pantalla” como en los videogames... y se nota que ese entrañable, bilardiano recurso recobra prestigio en el Gobierno argentino.
Pero, al mismo tiempo, el Presidente se muestra –audible, ostensiblemente– hastiado de las condicionalidades del FMI. La bronca presidencial se ha convertido en un tópico de sus pláticas en la “mesa chica”, tan habitual como el conteo de “las reservas que tengo en el Central” y las profecías acerca de cuán pronto llegarán a 20.000 millones de dólares. La conjura de esas dos obsesiones lleva a allegados al Presidente a analizar escenarios clásicos en instancias de crisis en las negociaciones. En los pasillos de la Rosada se vuelve a hablar de una virtual ruptura con el FMI, que podría llegar por el camino más obvio y brutal que sería dejar de pagarle. Al fin y al cabo, Argentina ha sido en esta gestión pagador neto de una pequeña fortuna a los organismos internacionales de crédito que de “prestamistas de última instancia” han pasado a ser “acreedores privilegiados” y únicos, una paradoja bastante amoral.
Pero, aunque nadie lo diga en voz alta, parece imposible que Argentina patee de ese modo el tablero, en la actual correlación de fuerzas. En algunas oficinas de la Rosada se especula acerca de otra hipótesis de salida, tan novedosa e inédita como lo viene siendo el default argentino. Se trata de pagarle al FMI y salirse así de su esfera de custodia. Pagarle y luego iniciar alguna reclamación internacional por los daños causados. El tema a primera vista sugiere una ristra de imposibilidades legales, amén de inconveniencias económicas y hasta éticas. Costosas contrapartidas de lo que sería un iniciático gesto de ruptura. Eppur hay quien lo estudia.
Bronca existe, pero patear el tablero no ha sido, hasta ahora, el desideratum de los argentinos. Las hipótesis de ruptura son, apenas, embrionarios planes “B” o “C” que brotan a partir de algún gesto del Presidente. Por ahora, el plan A de la Rosada y Economía de cara a una negociación que se empioja es mantener la flema, no entrar en las provocaciones y perseverar en...
El manejo del tiempo
Para Roberto Lavagna, agosto no será un mes sabático como el que llevarán hombres y mujeres del FMI. Será hora de meterle pata al canje de bonos. En Economía, aun en momentos de templado optimismo, se admite que las aceptaciones tardarán y llegarán por goteo, en fila india. Y que jamás alcanzarán las proporciones que exigen las mandas del FMI. Pero se confía en que algunos aparecerán. Como de puja de intereses se trata, los primeros en hocicar serán los más débiles, rango que les calza a las AFJP. En el oficialismo no sobran precisiones pero está claro que la posición de las administradoras, titulares de bonos cuyo valor actual de mercado es cero, tienen la muñeca débil y no están para pulsear demasiado. Los plazos son de difícil determinación; los trámites ante la SEC de New York, engorrosos y muy lentos. Con esa mochila a cuestas, en el Gobierno confían en que la primavera podría advenir con las primeras aceptaciones de ofertas. Serán de acreedores argentinos, las AFJP. En Economía confían en que otros tenedores locales también empezarán a bancar, una vez que se abran las ventanillas. Nadie fantasea aglomeraciones, claro está.
Los pagos a realizar este año a organismos internacionales no son tan fastuosos y eso alivia a los negociadores de una presión adicional.
A su vez, Kirchner confía en que con la primavera empezarán a percibirse los primeros indicios de creación de empleo vía el plan de construcción de viviendas, lo que acrecerá su consenso y el PBI al unísono.
Ya se dijo, mutatis mutandis, en variados despachos gubernamentales se remeda la situación de 2003, cuando consolidar el frente interno implicaba fortalecerse de cara a la negociación. Quienes los cuestionan postulan que la mejora de las finanzas ceba a las fieras acreedoras, que van por más. Y cuestionan la profecía de Lavagna acerca de que Argentina no necesitará volver a los mercados internacionales de crédito en 2005 o 2006. Según ellos, el pago de los títulos emitidos por el país después del default (que empiezan a pagarse en 2005) necesitarán flujo de capitales prestados, como en los buenos tiempos.
Plata en caja
Otro debate posible, impensable hace un par de años, es si las reservas que atesora el Banco Central no son, ya, excesivas. Mientras regía la convertibilidad, la polémica era, por definición, imposible. La posesión de reservasera, sin cortapisas, cuanto mayor mejor. En un régimen de flotación no es automático que así sea. El proceso de monetización de la economía argentina, un éxito de la actual gestión que los gurúes conservadores negaron hasta el día después, ha avanzado significativamente. La economía no es una ciencia exacta como para decir que ha llegado a su punto óptimo, pero sí es claro que no hay una acuciante necesidad de seguir acumulando reservas para garantizarlo. Tal como ocurrió en Chile, la Argentina está madura para discutir si las reservas que tiene no resultan ya un contrapeso para el crecimiento, esto es, si no reflejan una carencia relativa de gasto público o un exceso de presión impositiva. La plata es (¡ay!) un bien escaso, y si sobreabunda en algún lugar puede ser faltante en otro.
En estos días Kirchner y Lavagna parecen estar más de acuerdo que nunca. Tanto que calcaron su respuesta a la “autocrítica” del FMI. La dureza y la concordancia del presidente y del Ministro son datos a computar.
El ejemplo de las reservas es otro punto de consenso entre ellos. Kirchner, cuya obsesividad lo lleva a informarse diaria y personalmente sobre el importe exacto obrante en las arcas del Central, asocia las reservas con “la Caja” que le da certeza y tranquilidad al administrador. Si se mira con puntillosidad, las reservas del Central no son Caja, su transferencia al Tesoro está regulada y limitada con severidad. Pero su idea (contar con recursos es poder, de cara a la negociación y a eventuales ataques de “los mercados”) tiene su lógica. Los especialistas coinciden en que, con relativamente poco dinero prestado por los bancos, los 18.000 millones de dólares actuales superan en consistencia a las cifras, numéricamente más altas, que se llegaron a alcanzar en los momentos más estables de los ‘90.
Lavagna también está convencido de que no es tiempo de cambiar. A su ver, un exceso de oferta monetaria podría provocar inflación excesiva. Y el crecimiento tiene (por usar palabras que no son las del ministro) una cadencia que debe respetarse. Con su actual ritmo, la economía ya tiene cuellos de botella severos, maquina el ministro. Qué no pasaría si se aumenta la oferta de dinero. De cara al futuro inminente, el ministro pondera posibles cuellos de botella, producto de la asimetría entre los recursos existentes y los desafíos del crecimiento.
u Uno de ellos es la oferta energética, que produjo un sofocón hace unos meses. Es de reconocer que, en este caso, los anuncios del gobierno sobre sus efectos en 2004 vienen siendo más ajustados que las apocalípticas profecías de su oposición. Pero en Economía se teme que los problemas se repitan si sigue aumentando la actividad. Cierto es que hay medidas para ampliar la capacidad instalada en trance de ejecución, pero no terminan de plasmarse. “Hay muchas fichas en el aire. A Lavagna lo tranquilizaría más ver alguna ya posada sobre la mesa” dice alguien muy cercano al pensamiento del ministro.
u Otro cuello de botella podría afectar el abastecimiento de insumos para el Plan de Construcción de Viviendas. La demanda de materiales de construcción ha crecido abruptamente. Y si el plan se despliega (algo que sigue generando dudas en algunas oficinas de Gobierno), su magnitud podría generar faltantes. Página/12 se permite agregar que ese escenario puede ser exacerbado y aprovechado por los –monopólicos u oligopólicos– proveedores de esos materiales.
u Por último, Lavagna insiste en que ya existe un cuello de botella respecto de la cantidad de mano de obra calificada para surtidas actividades industriales. El desmantelamiento de la industria, el desempleo frenético, la erosión de la tradición laboral en las familias dejan impactos perdurables. Uno de ellos es la ausencia de trabajadores calificados.
El punto suscita una contradicción, típica de esta época: la demanda de mano de obra especializada crece, siendo que casi no hay desempleo en ese tramo de la clase trabajadora. En cambio, crece mucho menos la demanda de mano de obra no especializada, siendo que la mayoría abrumadora de los trabajadores sin empleo revistan en esa condición. La fragmentación social, consecuencia y estrategia del modelo neoconservador, reproduce sus efectos, aun al interior de la clase obrera, aun en situaciones de relativa mejora.
El Indec acusador
Un gobierno celoso de la institucionalidad, ansioso de que la Argentina devenga “un país normal”, no debería controvertir en público al Instituto Nacional de Estadística y Censos. El Indec tiene ganado un prestigio razonable y, en cualquier caso, es una institución estatal cuyas competencias no pueden ser sojuzgadas cotidianamente por otros funcionarios, así sean de rango superior. Que el ministro de Economía, sin lograr credibilidad, insista en ningunearla proponiendo datos propios es una mala señal. Y un modo poco feliz de encarar una discusión que el Gobierno debería pensar mejor.
Más allá de la cantidad exacta de pobres, el Gobierno debería plantearse nuevas estrategias de cara a la perduración de la pobreza. La mayoría de los pobres argentinos lo son en razón de sus ingresos, lo que implica la necesidad de un debate sobre el salario y la distribución de ingresos, algo demorado en la actual gestión.
El ciclo ulterior a la devaluación de 2002 hizo que el país creciera “de forma distinta” a la usual en otras reactivaciones, esto es, mucho más en el interior y en las pequeñas ciudades que en los grandes centros urbanos. El impacto del crecimiento en el nodal conurbano bonaerense es sin duda mínimo. Nada tributa al azar que su desempleo duplique o triplique al de Cuyo. Así seguirá siendo, si se respeta el ciclo inercial de la economía. Por ejemplo, retomando lo dicho en el párrafo anterior, los desocupados bonaerenses en su mayoría revistan en el sector menos requerido, aquel que no cuenta con capacitación previa.
La presentación de Lavagna, amén de su afán polémico, debe preocupar porque deja la sensación de que el Gobierno supone que está en el rumbo adecuado para aminorar la pobreza y la brecha entre los pobres y quienestodavía zafan. Y no lo está. Es muy controvertible que, con más de lo mismo, se altere la estructura social vigente.
El Gobierno aspira a impactar fuertemente en la pobreza con dos herramientas –diríamos– clásicas: la obra pública y la asistencia social directa. Y, a más largo plazo, la extensión del trabajo formal. Sin negar su pertinencia ni su necesidad, da la impresión de que se trata de acciones –a fuer de convencionales y adecuadas a otros tiempos– insuficientes para atacar a fondo la pobreza y la desigualdad del siglo XXI. El ataque a la inequitativa distribución de riqueza y a la magrura de los sueldos requiere un arsenal más vasto y algo más sofisticado. Sin agotar ninguna nómina, pero sí marcando la necesidad de ensanchar la política oficial, valga sugerir que la reforma impositiva, una política salarial amplia y expansiva, el ingreso ciudadano universal y la implantación de una canasta alimentaria básica subsidiada para los más humildes deberían estar en el centro de la agenda y no pospuestos para un futuro más bien difuso.
A fe que no será la oposición de derecha, apoltronada en la temática de la seguridad urbana y presta a encolumnarse tras las espaldas de Juan Carlos Blumberg, la que desagregue esa agenda necesaria para que este dolido país no termine desaprovechando la oportunidad que, más bien que mal, encarna este gobierno. Es una tarea que a él le concierne y también a una oposición de centroizquierda que tiene (y de momento no capitaliza) una formidable oportunidad para promover políticas, además de denunciar políticos.
Dentro de tres años Gustavo Beliz habrá, seguramente, “vuelto” a la política que abandonó con bombos y platillos en estos días. Posiblemente habrá formado nuevas coaliciones y, verosímilmente, las habrá abandonado autovictimizándose. El Gobierno, que no manejó bien los modos con que lo despidió, no será juzgado en las urnas por esa crónica menor sino por el modo en que combatió la innoble desigualdad.

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