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Domingo, 1 de agosto de 2004

THE WIZARD KNIGHT: GENE WOLFE DESENVAINA DE NUEVO

Catacumbas, dragones y todo eso

En un año pródigo en ficciones pobladas de espadas, fuerzas misteriosas, dragones y héroes en peligro, el gran Gene Wolfe ha publicado The Knight, la primera parte de un díptico que coloca al género en su punto más alto.

 Por Rodrigo Fresán

Todavía sacudidos por la onda expansiva de lo sucedido en la última noche de los Oscar con El retorno del rey y ya listos para el estreno mundial de Arthur –la nueva revisión cinematográfica del mito de Camelot–, está claro que el 2004 está resultando un gran año para el género fantasy y sword and sorcery: ese sitio más allá del tiempo y del espacio donde cabalgan caballeros, rugen los dragones y los reinos tienen siempre nombres deliciosamente impronunciables. Súmese a lo anterior que este año, por fin, Stephen King cerrará la saga de La torre oscura -protagonizada por el errante Roland–, que ha venido forjando desde los dieciocho años; que George R.R. Martin publicará la cuarta entrega de su Canción de hielo y fuego y queda claro que los adictos a la espada pesada, a los magos todopoderosos y a la inspección, una y otra vez, de esas páginas iniciales donde siempre hay un mapita, están de parabienes.
Pero lo mejor de todo –la noticia más importante, la aventura más esperada– es la de que el gran Gene Wolfe ha publicado a principios de este año The Knight –el primer tomo del díptico The Wizard Knight– y que el próximo noviembre saldrá su conclusión: The Wizard. Y que una vez más se trata de un libro muy inteligente que no sólo se consagra como una de las obras maestras del género sino que –como suele ocurrir en las novelas de Wolfe– se divierte reinventándolo a partir de la manipulación de viejos materiales donde la ambición nunca duerme y, sobre todo, el músculo jamás descansa.

MUSCULOS
A la hora del fantasy y el sword and sorcery –término creado por el escritor Fritz Leiber a pedido del escritor Michael Moorcock–, los bíceps, tríceps y pectorales son importantes, son imprescindibles, son definitorios del asunto. Aquí, la fuerza hace la unión. Y ahí está –como evidencia incontestable– la literatura pulp y casi fundacional del suicida Robert E. Howard y su contundente Conan. Es cierto: H. Ridder Haggard, Edgar Rice Burroughs y hasta Lord Dunsany ya habían insinuado el asunto, pero no es hasta la llegada del rey de Aquilonia que la cosa se pone divertida, sangrienta y popular. Ya se sabe: continentes perdidos, dinastías malditas, hechiceras voluptuosas y un más que atendible tufillo a desesperación adolescente por no contar con el físico necesario para conquistar a la chica más linda de la clase. Tras los pasos de Conan surgieron múltiples guerreros de nombre onomatopéyico (mucha letra k, siempre tan útil), las versiones nobles (Tolkien y White), las parodias (Cohen el Bárbaro de Terry Patchet) y la irreverencia del ya mencionado Moorcock con su guerrero albino Elric, quien le sirvió para poder financiar apuestas más audaces en su revista New Worlds.
Pero no es sino Gene Rodman Wolfe (nacido en 1931, veterano de la guerra de Corea, alguna vez ingeniero y habitual colaborador de la NASA) quien toma al toro por las astas y al dragón por la cola y refunda el territorio fundiéndolo y confundiéndolo con otro género bastardo: la space-opera. De esta intención surge un clásico moderno y un personaje inolvidable: Severian el Torturador, paseándose como una nueva versión de Cristo por las muchas páginas de los cuatro volúmenes –más uno a modo de coda– que constituyen el llamado Libro del nuevo sol. Wolfe exploró otros mundos en cuatro entregas más –El libro del sol largo, donde se narran las idas y vueltas del místico Patera Silk y de la nave-mundo Whorl– y fundió los tres ciclos de su cosmogonía-religiosa con las tres partes de El libro del sol breve, donde el narrador es Horn, un fabricante de papel, y donde vuelven a fluir las sombras líquidas de Severian y de Patera Silk. Todos estos libros –considerados como una sola y magna obra– han convertido a Wolfe en el autor más admirado entre sus colegas. Aquellos que detestan los conjuros inmemoriales y las dimensiones alternativas y los planetas desolados se limitan a compararlo en las páginas de los suplementos literarios más prestigiosos con Proust, Dickens, Kipling, Chesterton,Borges, Nabokov, Fowles, Pynchon, y hasta lo sintetizan como “el mejor escritor norteamericano en actividad, muy por encima de Roth, Updike y Bellow”. De acuerdo, son palabras fuertes y poderosas que atemorizarían hasta al guerrero más curtido de Lemuria, Atlantis y Harlem. Pero algo atendible hay en la épica de semejantes loas. Wolfe es un escritor distinto, inclasificable (buscar y encontrar Peace, su extraña historia funeraria de 1975, una de las más secretas Grandes Novelas Americanas; o la colección de relatos de interconectados en 1980 bajo el juguetón e insistente nombre de The Island of Doctor Death and Other Stories and Other Stories). Alguien dueño de una prosa exquisita y al mismo tiempo funcional, que supo descubrir temprano en su carrera (las tres nouvelles, conformando novela secreta en La quinta cabeza de Cerbero de 1972) cuál sería su fuerza y su recurso: la primera persona singular y narrativa que, por diferentes motivos, nunca es del todo merecedora de nuestra confianza.
Los motivos para ello son muchos y variados: puede ser la amnesia recurrente de Latro, mercenario en la Antigua Grecia (ver las magníficas Soldier of the Mist de 1986 y Soldier of Arete de 1989, todavía pendientes de una tercera y última parte; o recordar las vacilaciones de Severian a la hora de aceptar su misión divina; o disfrutar ahora de lo que le ocurre a un típico joven del Medio Oeste norteamericano en The Knight, primera parte de The Wizard Knight).

CEREBRO
Éste es uno de los grandes aciertos de lo último de Wolfe: vestir una gran novela adulta con las ropas del formato juvenil (conviene aclarar que el habitual tono barroco de Wolfe aquí está más atenuado) y poner en juego el viejo tema del alfeñique de 44 kilos que sueña con ser Charles Atlas. Esto es lo que le ocurre al muchacho solitario y tímido que –como Dorothy, la de Oz– un día se aleja de su casa para descubrirse en un sitio que no puede ser Kansas. Lo verdaderamente admirable de la cuestión es que Wolfe lo despierta en otro mundo, en Mythgarthr –una de las siete “realidades” concéntricas, un sucedáneo de la Britania de la Edad Oscura– con el cuerpo titánico de un caballero medieval curtido en mil batallas -Sir Able del Alto Corazón–, pero con la mente y las ideas de un imperfecto y atemorizado adolescente que no entiende qué ocurre, qué le ha ocurrido. De lo que entonces habla The Knight –escrita con el formato de una larga carta cuyo destinatario es un hermano perdido y extrañado– es, sí, de la construcción de un héroe y del modo en que sus sucesivas hazañas van cuajando en lo que en un lejano futuro serán leyendas. Able recibe, por supuesto, una Misión, debe luchar contra el dragón Grengarm y hallar la talismánica espada Eterne. Por el camino, se batirá con piratas caníbales, sucumbirá a los encantos de doncellas, y hasta intercambiará opiniones con un gato y un perro parlantes. Nada nuevo. Y de todo ello se habían reído –porque es fácil reírse de estas cosas– Mark Twain con su yanqui trasplantado a la Mesa Redonda o William Goldman en ese satírico clásico moderno que es The Princess Bride (1973). El mérito de Wolfe -quien ya había explorado el mundo de lo caballeresco en Castleview (1990)– reside, por lo contrario, en la regocijante seriedad con la que recoge, vuelve a barajar y reparte los mismos viejos naipes como jamás los vimos y leímos y jugamos hasta ahora.
En una reciente entrevista con Neil Gaiman a propósito de la publicación de The Knight, Wolfe –persona esquiva y poco dada a revelaciones– explicó que “la literatura no es como la Física. Sus leyes y definiciones cambian, y significan cosas diferentes para cada uno de nosotros. En este sentido, The Knight puede ser entendido como fantasy de altura, cuya función para mí siempre fue la de inspirar coraje y esperanza en el lector... Mientras lo escribía, me gustaba pensar en un joven lector, dentro de cien años, descubriéndolo en una biblioteca, cubierto de polvo,y abriéndolo como si se tratara de una puerta hacia un mundo donde el honor, el coraje y la fidelidad tenían importancia y significado”.
Después, Gaiman le pregunta a Wolfe si tiene una espada en algún lugar de su casa. “Por supuesto”, responde el creador de Severian, de Patera Silk, de Horn, de Sir Able del Alto Corazón.

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