EL PAIS › OPINION

El fondo del cuento chino

 Por Eduardo Aliverti

Se diría y de hecho, se dice que el Gobierno, como quien no quiere la cosa, acaba de cometer su error más serio desde que asumió. Sobre todo, tratándose de una gestión virtualmente unipersonal que hizo y hace de la conservación de su imagen pública positiva el credo de todos los credos.
Sin embargo, ésa no es más que la –comprensible– superficie del análisis. Porque hace a la pregunta de cómo el Gobierno pudo haberse equivocado de semejante forma en la manera de comunicar o de dejar trascender. Y la pregunta no es ésa. La pregunta es si acaso, presa de su propia lógica, la máxima autoridad política y su reducido grupo de acompañantes podían hacer otra cosa. Dicho en pregunta: ¿Podían no inventar? Hubieran podido esperar, es cierto. Pero, ¿cuánto más?
Un primer punto insoslayable: mintieron. Del modo que fuere, pero mintieron. Cualquier terrestre que no viva en un tupper; es decir, ni siquiera cualquiera que conozca la cocina de un medio de comunicación, sabe que no se puede tergiversar o hacer sensacionalismo, si no es sobre bases reales, indicios certeros, guiños precisos. Ni la televisión ni la radio ni los medios escritos pueden inventar así como así, so pena de perder la mínima credibilidad que exige este negocio. Y menos que menos si se trata de un anuncio rimbombante. Esta vez, los medios no amplificaron cuento chino alguno. Kirchner dijo que su retrato sería ubicado por sobre el de San Martín en todas las escuelas, y si no lo dijo peor, porque ni él ni nadie de su entorno lo desmintieron. El gobernador Solá salió de reunirse con el Presidente y afirmó que, en efecto, se venía una noticia de aquéllas. Los funcionarios cercanos al jefe del Ejecutivo manifestaron que era un secreto guardado bajo siete llaves. El periodismo comenzó a trazar hipótesis que tomaron formato de numerosos artículos y comentarios. Se lucubró con Pekín haciéndose cargo de la deuda con el Fondo Monetario hasta una inversión elefantiásica de 20 mil millones de dólares. El Gobierno tampoco rectificó. Dejó andar. Y entonces, aparecieron algunos chinos propiamente dichos, alertando con una serie de oraciones que, en versión libre, podrían traducirse como “che, loco, ¿qué les pasa?”.
Pinchado el efecto de lo que jamás tuvo causa, desde el Gobierno dejaron correr que la batería noticiosa incluía aumentos de salarios para todo el mundo y doble aguinaldo a los jubilados. Hasta que, según todas las fuentes reveladas y relevadas, Kirchner se desayuna con los diarios del miércoles y sufre un ataque de furia que deriva en segundones capaces de pasarse el día desmintiendo todo. Lo objetivo es que no hay incremento de sueldos ni jubilados felices ni chinos convertidos en Papá Noel.
Este presidente arribó al poder sospechado de “Chirolita” de Duhalde, con menos de un cuarto de los votos del padrón y como consecuencia del descarte de Reutemann y De la Sota. Apretado por tamañas pinzas y consciente de timonear una sociedad que, aunque más serenada, conservaba su ebullición potencial contra la “clase política”, tomó una serie de medidas y provocó una lista de gestos muy considerables; destinados, todos, a exhibir que no era el títere de nadie. Descabezamiento de cúpulas militares y policiales; cadena nacional para notificar el juicio político al más emblemático de los cortesanos de la rata; postulación de Zaffaroniy sucedáneas; discurso en las Naciones Unidas proclamando a los argentinos como hijos y nietos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo; acto en la ESMA. De todos esos hechos no sería justo minimizar ninguno ni darles una categoría superior a la de exhibición institucional, incluyendo la propuesta de quita histórica en las acreencias de los bonistas (en tanto y cuanto continúa pagándose una cifra descomunal de intereses, que incorpora sentido político, pero no resta exacción monetaria). Diría alguien del barrio: ni pelado con dos pelucas. Por fin había vuelto a revalorizarse el sentido de la política y del Estado como único elemento (posible) de cambio respecto de injusticias escandalosas, pero a la vez estaba claro que no había ni hay novedades sustanciales acerca de un modelo estructuralmente distinto: otra distribución del ingreso, un origen impositivo que no continúe sacando más de quienes tienen menos, un perfil de país capaz de superar el rango de exportador de materias primas sin valor agregado.
¿Qué es, entonces, lo que lleva al Gobierno a anunciar o dejar correr –da lo mismo– la inminencia de noticias despampanantes en torno de la calidad de vida real de la mayoría de los argentinos? Pues justamente: el tomar nota de que las demostraciones de poder institucionales se agotaron, y que llega la hora de mostrar concreciones y horizontes específicos frente a una sociedad cuyo 50 por ciento quedó afuera del mapa o atado con alambre. ¿Y qué es lo que en esa dirección puede sostener el oficialismo? Pues nada que no sea la primavera de la soja y un superávit fiscal impactante, que es producto del rebote de la recuperación tras haber caído al sótano y del no pago de la deuda en default; y que, simultáneamente, no quiere decir nada para ese universo de la población que no come, ni trabaja, ni se educa ni se cuida la salud con promesas, ni con los cambios en la Corte ni con purgas de gendarmes. Plantear, en consecuencia, que sólo hubo un problema de comunicación, es reducir el asunto a un tamaño que no se merece. El papelón de estos días reconoce ese otro origen, que es la necesidad de salir al ruedo con algo que dibuje un panorama mejor en términos de justicia social.
Desde ya que hubiera sido mejor callarse la boca. Y sería mucho mejor todavía que se estuviera trabajando en un programa sólido de desarrollo económico. Cuando eso ocurra no habrá urgencia de cuentos chinos, ni de echarles la culpa a las fantasías del periodismo.

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