EL PAIS › LAGUNA HABLA DESPUES DE SU RENUNCIA POR EDAD AL OBISPADO DE MORON QUE EJERCIO 24 AÑOS

“No me gusta que pequen, pero qué voy a hacer”

Todavía no se explica por qué lo nombraron obispo. “Hasta me dijeron que iba al cine...” Voz discordante, opositor a la dictadura, muy frontal en sus opiniones, siempre se destacó en la muy conservadora conducción de la Iglesia argentina. Sus orgullos son haber trabajado en detener la guerra con Chile, en facilitar la democracia y en estar “con los pobres” en Morón.

 Por Washington Uranga

El 30 de noviembre pasado el papa Juan Pablo II aceptó la renuncia del obispo Justo Oscar Laguna al Obispado de Morón. Luego designó en su reemplazo a quien hasta ahora se desempeñaba como titular del Obispado de Gualeguaychú, Guillermo Eichhorn (62 años). Laguna, una de las personalidades más conocidas de la Iglesia Católica en Argentina, había presentado su renuncia el 25 de setiembre, al cumplir los 75 años de edad y tal como lo establece la norma eclesiástica. Laguna es frontal al plantear sus posiciones y eso también le ha ocasionado problemas, dentro y fuera de la Iglesia. En medio de una jerarquía católica muy conservadora, se distinguió por sus discursos dialoguistas, como promotor del diálogo político y de la paz. Trabajó intensamente a final de la década del setenta por la consolidación de la paz con Chile y por el retorno a la democracia y fue también una de las figuras eclesiásticas contemporáneas más comprometidas con la sociedad y la política. Al dialogar con Página/12 se declara una persona “feliz” y anuncia que ahora, en su retiro, se va a dedicar “a escribir, a ver cine, a leer mucho. Yo no veo televisión. Y, por supuesto, todo lo que me pidan lo haré”.
El 8 de marzo de 1975 recibió la ordenación episcopal. “¡No se imagina quiénes estaban ahí!”, exclama e invita al periodista a imaginarlo, “porque yo no se los voy a decir”. Termina admitiendo que los obispos Adolfo Servando Tortolo y “otro peor”, Victorio Bonamín, vicario y provicario castrense, dos de los personajes más conservadores de la Iglesia, que apoyaron de manera militante a la dictadura militar, estaban allí presentes. “¡Qué horror! ¡Dos personas de una línea totalmente contraria a la mía.”
–¿Qué le significó su ordenación episcopal?
–Yo no sé por qué me hicieron obispo. Incluso porque cuando me llamó el nuncio a comunicarme la noticia, me hizo una serie de observaciones sobre mi vida. Me dijo: usted va al cine, usted va al teatro, usted asiste a reuniones, va a café concerts. Sí, le dije. La verdad... no se por qué me eligieron para ser obispo, porque pensaba que no era lo mío y hacía todo lo contrario de lo que hace alguien que se prepara para ser obispo. Estuve a punto de levantarme e irme. Me tomó totalmente de sorpresa. Hoy creo que he prestado un servicio a la Iglesia.
Como obispo, Laguna fue primero auxiliar de San Isidro y luego titular de la diócesis de Morón, desde el 22 de enero de 1980. “A mí no me cambió la ordenación episcopal, pero sí me cambió Morón, el contacto con los pobres, conocerlos, acercarme a ellos para asumir su causa. No se olvide que yo venía de San Isidro. Es otro mundo. Yo hablaba de los pobres, pero sólo hablaba. Yo conozco a los pobres cuando vengo a Merlo, a Moreno y a Morón. Ahí conocí las ollas populares.”
Define al “joven Justo Laguna” como una “calamidad”. ¿Y qué quiere decir una “calamidad”? “Que no iba a misa, que me acostaba tarde. Pero leía... leía mucho. En mi quinto año de Escuela Normal, que lo di libre, me dediqué a vivir en la Biblioteca Nacional, donde me instalaba desde que abría, a las nueve de la mañana, hasta que cerraba. Me encerraba y leía, de la manera más caótica, todo lo que se imagine. Desde Madame Bovary hasta todo. Lo leí a los nueve años... y un niño de nueve años no puede entender Madame Bovary.”
Se lo conoce como un aficionado y gran conocedor de cine. “Lo normal es que vaya dos veces por semana. Mamá no iba al cine, papá poco. Pero yo era muy caprichoso. Iba dos o tres veces por semana, a veces cuatro cuando íbamos los domingos con mis hermanos y eran cuatro películas por función.”
Admite, apesadumbrado, que “la situación del padre Julio Grassi ha sido una de las cruces de mi episcopado. No le digo más que eso”.
Califica como “una tragedia” el golpe militar del 24 de marzo de 1976 y como un error “porque faltaba poco tiempo para terminar el mandato de Isabel, porque se rompía la legalidad democrática”. Subraya que “yo nunca estuve de acuerdo con el golpe militar, me dio mucha rabia”. Pero admite la jerarquía católica “estaba feliz” y “todos los obispos estuvieron de acuerdo con el golpe”. Luego se rectifica: “Todos no, algunos estuvieron en contra”. Recuerda, sin embargo, que “el ’75 fue uno de los peores años, con mucha tortura y represión”. En ese momento del diálogo rescata la figura de los tres obispos –“fui amigo de los tres”– que se distinguieron en su lucha por los derechos humanos: Jorge Novak, “un hombre muy bueno, un hombre de Dios”, Jaime de Nevares, ambos ya fallecidos, y Miguel Hesayne. Sobre cada uno de ellos hace consideraciones distintas, pero destaca claramente la figura del que fuera obispo de Neuquén, a quien considera “un genio, era una delicia oírlo hablar, un hombre de enorme categoría moral”.
¿Y las posturas internas del Episcopado frente a la dictadura? “Eramos pocos, yo creo que no pasábamos de diez, los que estábamos en contra. Era un Episcopado muy conservador, que no es el de hoy. Ha cambiado mucho el Episcopado. Hoy tenemos un Episcopado que se preocupa por los pobres, aunque no tiene intelectuales. O tiene pocos.”
Rescata como un punto muy alto de su vida episcopal la participación en la mediación que, conducida por el cardenal Samoré en nombre del Vaticano, contribuyó en 1978 al acercamiento de las partes y, finalmente, a cerrar los diferendos limítrofes entre Argentina y Chile. “Hicimos un verdadero ejercicio de diálogo... pero diálogo de verdad, no como los de ahora. De las ocho de la mañana hasta la diez de la noche, hablando con todo el mundo. Fue la primera vez que el Episcopado argentino recibió al Partido Comunista y a todos los sectores políticos y sociales.” Señala que “lo que se logró fue pasar del marco de la propuesta –que ya tenía hartos a todos en Roma– a la propuesta papal, que se concretó posteriormente. En una semana logramos que todos los sectores, todos los partidos, firmaran la propuesta. Pero de nada sirvió el esfuerzo enorme que hice, porque los militares no querían la paz. Sin guerra de las Malvinas y sin regreso a la democracia, no habríamos llegado a la paz con Chile”.
En esa gestión el obispo Laguna conoció a Raúl Alfonsín, entonces dirigente de la Unión Cívica Radical. Laguna no oculta su admiración por el ex presidente Alfonsín, de quien dice “es lejos el mejor presidente que hemos tenido. También hizo cosas malas, pero tengo que decir que les hizo juicio a los militares. Y que la famosa ley de ‘obediencia debida’, que yo también critico, se dio en el marco de otra democracia. Los militares de aquel tiempo no eran los militares de hoy, la democracia tampoco. Aquellos eran unos militares poderosísimos. En la parte económica no lo hizo bien. Los peronistas tampoco lo dejaban”.
¿Kirchner? “Yo creo que va bastante bien. Va por el buen camino, tiene mal carácter, creo que no puede faltar a comidas que están programadas. Pero todo eso no es lo importante. Está en el buen camino, tenemos que apoyarlo.”
Admite que “fui antiperonista... o mejor dicho nunca fui peronista, peronista de Perón... no de estos de ahora. Creo que la única vez que voté al peronismo fue cuando (Héctor) Cámpora fue presidente (1973). Pero el peronismo, reconozco, ha traído mucho bien. Creó una conciencia social que no había en la Argentina. Incorporó la lucha de los obreros por sus derechos, que es tan importante”. Y agrega: “Como es importante que Kirchner no sea violento en materia de rebeliones obreras. Para mí que soy un pacifista –aunque esa sea una mala palabra en este país– eso es muy importante”.
¿Qué piensa sobre el amor? “¿Del amor quiere le hable?... bueno..., yo creo en la castidad, en la que no cree nadie hoy. Pero también creo que si la gente está dispuesta a pecar, no peque mal.” ¿Cómo se traduce eso? “En que no embaracen a la gente, que no se pongan en peligro de sida. No voy a decir que me gusta que la gente peque, pero qué voy a hacer. Yo creo que hay que ser casto y predico la castidad. Lo que no predico son los preservativos. Ni a favor ni en contra. ¿No sé si me entiende.”
¿La despenalización del aborto? “Yo tengo mi propia posición. Yo creo que el aborto es un crimen horrible siempre. Siempre es un crimen horrible. Pero de lo que yo no estoy tan seguro es de que haya que meter presas a víctimas. Pobres chicas... de eso no estoy tan seguro. Pero bueno, todos mis amigos obispos creen que hay que penalizar. Mi opinión personal es que hay que tener mucho cuidado.”
¿En qué se equivocó? “Yo pedí perdón públicamente por mi mal carácter, por no ser suficientemente austero. Tampoco es que mi vida esté llena de lujos, pero debo reconocer que otros obispos viven de una manera más austera que yo. El propio cardenal Jorge Bergoglio. Quizá debí haber estado más cerca de la gente, pero aun cuando tuviera otras demandas, mediáticas o no mediáticas, nunca falté a una fiesta patronal.”

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