EL PAíS › OPINION

Política de cabotaje

 Por Mario Wainfeld

En su momento fueron Roberto Lavagna y Guillermo Nielsen quienes monopolizaron las críticas del ala política del Gobierno por el traspié con el Banco de Nueva York. Ahora le toca el turno a la Cancillería por la crisis con Cuba. Los cargos recorren el sello escalera, empiezan por el embajador Raúl Taleb, trepan hasta el jefe de asesores Eduardo Valdés y se empinan hasta la ponderable estatura del ministro Rafael Bielsa. Toda la Casa Rosada coincide en el diagnóstico, los cargos contra la Cancillería (que algunos hacen frenar en Valdés y muchos extienden al ministro mismo) son:
- “Falta de profesionalidad, errores garrafales”.
- Se indujo al presidente Néstor Kirchner a enviar una carta naïve a su par cubano, dándole por sentado que se contaba con un visto bueno del gobierno de la isla para dejar venir a la Argentina a la médica Hilda Molina. Ese visto bueno, queda claro, no existía, algo de lo que (explican muy al lado de Kirchner) “recién nos desayunamos cuando Castro respondió la carta con una negativa”.
- Se pactó con la disidente su entrada a la embajada. Su horario de atención comienza a las 9 de la mañana. Molina entró a las 6. “Es imposible que se haya hecho sin el OK de la embajada.” En el Gobierno piensan que la venida al país de Taleb fue una picardía para allanar la operación. E interpretan que, cuando Molina se fue de la embajada sin mayores problemas después de que todo se empiojó, fue una confesión tácita de que tenía un acuerdo con los diplomáticos argentinos.
- Un ministro y un secretario de Estado añaden ante Página/12, con reserva de identidad, una caracterización de Molina que no coincide con la descripción que hizo de ella Cancillería. “No es la abuelita de Heidi –discurre el ministro, agregando un personaje a la saga de la cándida niña suiza–, es un cuadro del PC cubano, una disidente que cuestiona a Fidel por izquierda. Algo así como (el dirigente del Partido Obrero Jorge) Altamira respecto de nosotros.” La comparación parece derrapar un poco, pero la idea es clara: los diplomáticos argentinos se dejaron llevar de la nariz creyendo servir a una causa humanitaria cuando en realidad se los metía en una interna cubana.
El secretario coincide con la moraleja, pero con una variante respecto del perfil de la disidente: “Es una dirigente de primer nivel. Un prospecto de salida democrática post Fidel, algo así como un Gorbachov cubano”, propone. A decir verdad, la información sobre Molina llegada al país no apuntala los dos relatos que venimos de transcribir.
Bielsa ya fue regañado por Alberto Fernández y Kirchner. El jefe de Gabinete le hizo zumbar los oídos llamándolo por teléfono desde España a Alemania. Básicamente le endilgó que la entrada de Molina a la embajada fue negociada. Bielsa negó los cargos, explicando que se le facilitó la entrada para evitar desaguisados mayores (ver nota central). Kirchner lo regañó de cuerpo presente en Brasil. La aldea global, así funcionan las cosas en el siglo XXI, es el teatro de una crisis interna de un país emergente.
La intención que parecía primar desde anteayer a última hora es que Taleb y Valdés pagaran con sus cargos y que el castigo a Bielsa se limitara a los rapapolvos ya padecidos, más alguno que sobrevendrá. Empero, es difícil negar que todo el Gobierno sufrirá un desagio con el episodio.
Bielsa deberá asumir la segunda baja de colaboradores de primer nivel percutada desde Balcarce 50. Y aun siguiendo en el gobierno, quedará esmerilado de cara a las elecciones porteñas en las que venía pintando para ser el paladín del kirchnerismo. Definir cuánto pesa este traspié de cara a un escenario que parece remoto y casi virtual, sería poco serio, lindaría con la timba. Pero algo ha de pesar, al menos como argumento de la oposición. Al precio simbólico, se le añade uno más tangible: Valdés, el defenestrado, era hasta ayer el principal operador del bielsismo en Capital.
Las broncas de Kirchner tienen una sonoridad que, exagerando apenas, las hacen patentes aún para los peatones que transitan delante de la Casa de Gobierno. Cuando truena el Presidente, todo en su derredor se conjuga para aislarlo de toda, contaminante, responsabilidad. Esa tendencia tiene una funcionalidad evidente, aunque no termina de conciliarse con la omnipresencia presidencial, con la obsesión de Kirchner de estar en todo. En este caso, el blooper de nivel internacional revela una puerilidad operativa severa y genera un perjuicio grande, a cambio de nada. En el Ejecutivo, empezando por su titular, genera rabia que se señale que existen “problemas de gestión”, pero los últimos tiempos, impiadosos, revelaron tropiezos oficiales en áreas sensibles. Los dimes y diretes sobre las megainversiones chinas, las idas y vueltas sobre el BNY, la (toda autogenerada) crisis cubana trasladan al mapamundi problemas de cabotaje cuya existencia se niega... pero, como las brujas, que los hay, los hay.

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