EL PAíS › INSPECTORES Y BOMBEROS VERIFICARON MAS DE 20 DE LAS 108 DISCOS PORTEÑAS

Para los boliches, empezó el baile

Los inspectores porteños y los bomberos, divididos en tres grupos, visitaron ayer más de 20 locales bailables de los 108 registrados en la ciudad. No se informó si esos locales cumplían o no con las reglas. Los dueños deberán corregir las fallas para estar habilitados a abrir sus puertas el próximo 18 de enero.

 Por Horacio Cecchi

Tres equipos conformados por bomberos, inspectores de verificación y control de habilitaciones y de catastro recorren, desde ayer, los boliches bailables porteños clase C. Según informó el nuevo secretario de Seguridad, Juan José Alvarez, se apunta a inspeccionar “unos 24 o 25 por día”. En total deberán visitar los 108 locales habilitados en la ciudad antes del 17 de enero. Si el local tiene las habilitaciones en regla, si las medidas reales se corresponden con los planos aprobados, y si los bomberos dan el ok de la seguridad in situ, entonces el local podrá empezar a funcionar el 17 sin otra inspección previa. En caso contrario, el dueño tendrá tiempo para corregir los defectos antes del 18 de enero. Una segunda inspección verificará si los defectos fueron corregidos. En ese caso, el local podrá reabrir sus puertas. En caso contrario, irremisiblemente, en plena noche porteña se le vendrá la noche de la faja de clausura.
Durante la mañana, dos equipos de inspectores y bomberos salieron a recorrer una zona bastante dispar. El Gobierno mantuvo en silencio las claves operativas.
La novedad en las inspecciones fue la acción coordinada de bomberos e inspectores, tanto de control de habilitaciones como de control de catastro, que hasta ahora trabajaban en forma independiente e inconexa. Los bomberos analizan todo lo que tiene que ver con materiales ignífugos, salidas de emergencia, extinguidores, alarmas. Los inspectores de control de habilitaciones chequean que se cuente con las documentaciones expedidas. Y los de catastro observan si las medidas de la realidad se compadecen con las de los planos habilitantes.
Alrededor de las seis de la tarde, el propio Juan José Alvarez decidió que se sumara un nuevo equipo para llegar a inspeccionar entre 24 y 25 locales por día. Ayer, el Gobierno proporcionó una lista de las inspeccionadas hasta las 20 aproximadamente, aunque no determinó si habían o no pisado el palito, ni, de haberlo hecho, con qué número de zapato lo hicieron.
Un ejemplo al voleo. A las 19.42, un patrullero y dos camionetas del gobierno porteño estacionaron en Riobamba al 300. Con más precisión, 345. La cortina metálica estaba baja y sólo se abría una portezuela que daba al interior. Por fuera, un cartel colorido decía: Castel Bamba, un local que funciona para clases de baile y la conocida tanguería Porteño y Bailarín. El local pertenece a Carlos Castelnuovo, quien esperaba, con el gesto circunspecto que dibuja la resignación y varias carpetas en mano, a los siete inspectores de la Dirección de Fiscalización y Control, desde ahora DFyC; de la Dirección General de Fiscalización de Obras y Catastro, desde ahora, DGFOyC; y al bombero de turno, para el caso, el subcomisario Gustavo Benzi, nada menos que jefe de la división Inspección de bomberos.
“El domingo habló Ibarra diciendo que caducaban las habilitaciones de bomberos –dijo a Página/12 el dueño de Castel Bamba, Castelnuovo–. Y el lunes 3 yo me presenté pidiendo la inspección nueva. Estábamos en regla. La última revalidación de bomberos la tuve en agosto de 2004, y es válida por un año, pero había que hacer otra y la hice. El lunes me dijeron que esperara el llamado, y el viernes me llamaron para decirme que me visitarían hoy. Y acá estamos.”
La inspección de Castel Bamba vino a ser, para la prensa, una puesta en escena de lo que se realiza o debería realizarse en todas y cada una de las inspecciones. Mientras que los hombres de Dgfoyc rompían el hielo pidiendo los planos de habilitación, los de DFyC avanzaban en forma resuelta hacia los fondos del local, inspeccionaban baños, planos de iluminación y ventilaciones. Entretanto, el bombero Benzi verificaba lo suyo: que funcionara la alarma contra incendios, que las fechas de vencimiento de los extinguidores no hubieran pasado, que la indicación de salida de emergencia estuviera visible e iluminada por dentro, mientras, centímetro en mano, Benzi tomaba nota de las dimensiones de las puertas deentrada y salida. “Las puertas deben abrir de adentro hacia fuera –explicó Benzi–, y su medida debe estar en relación con la cantidad de gente que puede albergar el local, a razón de un centímetro por persona. Si el local está habilitado para 500 personas, las puertas, en total, deberán tener 5 metros de apertura real.”
Benzi aclaró, tajante: “Aunque el local esté habilitado para 100 personas, la apertura de cada puerta nunca podrá ser menor a un metro y medio”. Las puertas sobraban a la medida exigida. Un detalle menor, los letreros de salida de emergencia no estaban correctamente iluminados, cuestión que se hizo constar en una planilla con copia para el empresario.
Entre los locales recorridos, los inspectores no verificaban si la cantidad de personas para las que estaba habilitado coincidía con la cantidad de sillas o butacas que encontraban desplegadas. En varios casos, según consta, la cantidad de sillas superaba la cantidad de personas habilitadas por lo que era sencillo suponer que en pleno funcionamiento el local quedaría fuera de la regla. “Ahora estamos ante una inspección de verificación –señaló un vocero del Gobierno–. Después, se harán inspecciones in situ en el momento de funcionamiento. Allí se va a determinar si cumplen o no con esa norma.” De todos modos, tanto los empresarios como el Gobierno sostienen que la regla es “arcaica”. Hoy en día, la medida de una persona por metro cuadrado es imposible de cumplir, ya sea en los apretujones del rock como en los entreveros del tango, tanto por costumbre como en los números. En ese sentido, la actividad está ante un horizonte negro: si no cumple con la ley, el boliche lo cierran los inspectores. Si la cumple, la cierran los dueños.

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Una de las discos visitadas por los inspectores, en Recoleta. Los dueños sólo dejaron un cartel informando que estaban en regla.
 
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