EL PAíS › OPINION

Una cuestión de pavadas

 Por Eduardo Aliverti

Néstor Kirchner dijo que algunos funcionarios deben dejar de “decir pavadas”. Aludió de esa manera al off the record de algún subordinado suyo, que provocó uno de los mayores papelones políticos y periodísticos del año al anunciar que era inminente un aumento a los jubilados.
La frase del Presidente tiene dos costados. En uno de ellos, la mención de la palabra “pavadas” es literalmente adjudicable, en su significante, a la ida de boca de algún ministro o secretario de Estado o vocero o lo que fuere, no interesa. En ese sentido, Kirchner tiene razón al enojarse. Y hasta se justifica que, según se dice en palacio, ande buscando al bocón por todos los rincones, para despedirlo de inmediato. Pero desde una segunda lectura, que apunta al significado y por lo tanto es mucho más amplia, vale interpretar el carácter transitivo de la frase presidencial sin temor a equivocarse: suponer que podría darse un aumento a los jubilados es una “pavada”.
Resultó que en simultáneo con la desmentida del incremento a la clase pasiva, nada menos que desde la calificación de “pavadas”, se difundía que la economía había llegado a su crecimiento más alto en lo que va del 2005, acumulando 30 meses seguidos de suba (o recuperación, que es lo que corresponde decir técnicamente). Salvo para quienes viven en un frasco o para aquellos que no saben o no quieren ver más allá de las narices de su situación personal, la pregunta se cae por un propio peso impresionante, por elemental y por reiterativo: ¿a quiénes y de qué sirve el despegue “formidable” de la economía, si no es para mejorarle las condiciones de vida a la mayoría de la gente? O en su lugar, o más bien además, ¿cómo se explica que ni siquiera sirva para amortiguar la miseria que ganan los jubilados? Lo único cierto y demostrado hasta el hartazgo es que la economía puede crecer todo lo que quiera y, paralelamente, el reparto de ese crecimiento ser cada vez más injusto.
La Argentina ya tiene más de 24 mil millones de dólares de reservas, como producto de lo que no se pagó durante el default y de una coyuntura internacional extraordinaria. ¿Con qué se come semejante cifra? Lo dejó claro el Informe de Inflación, dado a conocer el miércoles pasado por el Banco Central: “Se está aprovechando la coyuntura del sector externo para implementar una política anticíclica de acumulación de reservas por motivos prudenciales. Esta estrategia apunta a reducir la vulnerabilidad externa del país”. Traducción, más o menos rápida pero irrebatible: la plata que estamos juntando es para pagar los vencimientos de la deuda, no para corregir la distribución del ingreso. ¿Pero cómo? ¿No era que la deuda había dejado de ser un problema y que encima iban a venir los chinos para saldar lo que quedaba? No, no era... Era para los tontolotos y para los operadores oficiales.
Ojo: estas observaciones de jardín de infantes tampoco deben significar la caída en infantilismos de signo contrario. Nadar en reservas monetarias no quiere decir que deba usárselas para tirar manteca al techo. Una estrategia de confrontación terminal con los acreedores externos e internos, de una deuda ilegítima, necesitaría de la fuerza y la movilización populares, que no existen. Y provocar un shock redistributivo por vía de la recomposición del ingreso de los sectores populares, sin establecer primero –en tanto vivimos en una economía ultraconcentrada en pocas manos– un cambio de paradigma productivo, necesitaría de otro tanto.
Hay así esas dos situaciones de razonamiento. La de las falacias oficiales, y la del simplismo de las propuestas que se le enfrentan. Situándose hacia el medio de ambas y visto con la inagotable figura del vaso medio lleno o medio vacío, si uno se para por derecha o centroizquierda puede decir tranquilamente que esta gestión fue y va bastante más allá de lo que se esperaba, en la afectación de algunos intereses de los poderosos. Y si se para por izquierda, con lógica igual de apreciable, puede decir que en lo estructural no cambió nada de nada porque el modelo, en cuanto a la distribución de la riqueza, sigue siendo el mismo (que es muy diferente a proponer quijotadas irresponsables).
La cuestión es que, aun cuando se considerase que las grandes injusticias sociales no se modifican de la noche a la mañana, y que en consecuencia es dable esperar un poco o bastante más, no cabe tolerar que esa esperanza sea reemplazada por el engaño. Si se dice que el crecimiento económico todavía no puede ser usado para mejorarle la vida a la gente o aumentarles a los jubilados, al mejor estilo neoliberal, se puede no estar de acuerdo, pero es una visión que, en lo “técnico”, es capaz de sostenerse. Pero si se dice que no hay plata, cuando plata es lo que sobra, y que aumentarles a los jubilados es entonces “decir pavadas”, la pavada acaba de decirla el presidente Kirchner.

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