EL PAíS › COMO CONSTRUYE LA EMPRESA
DEL MTL QUE SE AUTOGESTIONA

Escenas de una obra piquetera

Cerca de Parque Patricios construyen un complejo de viviendas y dan trabajo a 210 desocupados que llevaban años inactivos, eran mayores o no conocían el oficio. Ya los contrataron para dos obras privadas.

 Por Laura Vales

En el cruce de Monteagudo y José C. Paz, en Parque Patricios, al sur de la Capital, hay una manzana donde funcionó antiguamente un depósito de Bunge y Born. El predio fue comprado con un crédito por el Movimiento Territorial de Liberación, que hoy construye en el lugar un complejo de viviendas y da trabajo a 210 desocupados. A casi un año de empezar, la constructora está siendo contratada para otras obras y ganó dos licitaciones. No hay por qué dejar el dato del final feliz para el final; en realidad, lo interesante pasó en el medio: “Para volver a trabajar después de haber pasado cinco –a veces diez– años desocupado”, resumen en la obra, “no alcanza con generar trabajo”.
La constructora se integró con personas que habían pasado largo tiempo inactivas, no conocían el oficio, eran mujeres sin ninguna experiencia en el rubro o tenían más de 50 años, que es el perfil de quienes forman el Movimiento y están más urgidos de empleo. El Instituto de la Vivienda de la Ciudad les otorgó un préstamo de 14 millones de pesos para la obra. Los trabajadores cobran sueldos de entre 700 y 950 pesos, en blanco, con los derechos laborales que reconoce la ley.
Los primeros tiempos, aun en el entusiasmo del comienzo, tuvieron altas tasas de ausentismo. “Enfermos y accidentados. A la gente le dolía todo, no estaban preparados para el esfuerzo físico. Fue un debate muy fuerte decidir qué hacer, porque la reacción que surgía cuando alguien faltaba era la de disciplinar: ‘No te enfermes, mirá que hay muchos en lista de espera’. En las discusiones aparecía el prejuicio de que el desocupado no quería trabajar”, dice Carlos Chile, dirigente del MTL. “Después le fuimos encontrando la vuelta. La gente venía de estar mal alimentada: hubo que preparar un menú específico en el comedor, con proteínas. Y conseguir cambiar los hábitos de toda la vida familiar, porque la desocupación desestructura, genera vidas desordenadas.” Ese proceso de adaptación les llevó seis meses. “Fuimos aprendiendo cosas, también a buscar estímulos, porque en cualquier empresa el miedo al despido funciona como motor, en cambio acá se supone que buscamos otras motivaciones. ¿Cuáles? Armar la cooperativa fue en sí mismo un gran estímulo.”
El barrio tendrá 326 viviendas de tres, dos y un dormitorio, en edificación baja, como el resto de la zona. “No quisimos repetir la experiencia de los monobloques que generan hacinamiento”, dice el arquitecto Walter Pfeifer, del estudio Pfeifer-Zurdo, que diseñó el proyecto. La firma viene de hacer, en los ’90, el Tren de la Costa y otros megaemprendimientos, como la remodelación del Patio Bullrich.
“Tomamos esto como una construcción más”, dice ahora Pfeifer. Algunos le atribuyen un pasado universitario militante; el arquitecto elige para sí una imagen más cercana al negocio que a la sensibilidad social. Tras diseñar el proyecto, la firma está a cargo de la dirección de obra.
La iniciativa tiene el doble objetivo de dar empleo y vivienda. De hecho, muchos de los que trabajan en ella no tienen techo, viven en casas transitorias que paga la municipalidad, un cuarto con baño compartido donde se mete toda la familia. Los nuevos departamentos serán vendidos en cuotas a los integrantes de la organización, con las que se pagará el crédito a 30 años.
¿Qué quiere decir que la desocupación desestructura? “Uno se mete para adentro”, dice Edgardo Gómez, jefe de una cuadrilla de plomería. “Para poder traer una moneda a casa, yo salía a buscar changas. Recorría las obras; si me tomaban, por ahí me tenía que quedar hasta las once de la noche. Siendo maestro de plomería no tenía nada que me avalara, como CUIL o libreta del fondo de desempleo, entonces no siempre me tomaban. Te desestructura porque te pasan cosas: tus hijos vienen y te piden, ellos no entienden y uno tiene la obligación de darles; eso es desesperante.”
“No dormís, o dormís todo el día”, dice Ismael Medina, hoy trabajador de la administración. Toda la familia modifica sus horarios con el desocupado. Edgardo Gómez coincide en que las enfermedades y los accidentes, y el consiguiente ritmo lento en la producción, fueron el principal problema. Tiene su propia lectura de por qué sucedían: “La gente se lastimaba por el mismo ímpetu de querer avanzar. Sin medir la propia fuerza, se exigían más de lo que podían”.
De los 210 obreros, el 10 por ciento son mujeres. Internamente, se organizan en cuadrillas por actividad: de electricidad, de gas, albañiles, carpinteros y plomeros. Grupos no muy grandes en los que aquellos que conocían el oficio le enseñaron al resto, con talleres y después en la misma práctica. Para recuperar algunos oficios, cuentan en el MTL, tuvieron que buscar gente en la provincia, como los carpinteros de obra.
Al recorrer la obra, muchas cosas parecen iguales a cualquier otra: se ficha tarjeta, hay un sistema de vigilancia las 24 horas, con guardias de piqueteros y cámaras de televisión en los muros. La organización del trabajo es vertical, con un jefe de obra y capataces. ¿Cuál es la diferencia con una constructora privada? “Harían las viviendas con 100 personas en lugar de 250, y se llevarían 3 o 4 millones de ganancia”, dice Chile. “No financiarían el tiempo de adaptación. Nosotros sí y, a pesar de eso, somos competitivos, porque no hay plusvalía.”
Hacer el proceso de adaptación, buscar mecanismos de estímulo internos, organizar el trabajo se fue discutiendo en reuniones y asambleas. La obra viene muy hablada. “No es de los trabajadores sino que se considera del movimiento, entonces todo el mundo se siente con derecho a opinar. Eso es un problema y una ventaja”, dicen en la manzana de Monteagudo y José C. Paz. “Se discute cómo trabajar en la obra, en las reuniones zonales de la organización, en las comisiones y en la mesa nacional.”
La oposición al proyecto está motorizada por la ex ministra de Trabajo, Patricia Bullrich, y el diario Infobae, que denunció la obra porque el “40 por ciento” de los trabajadores tiene “DNI de extranjeros”. El diario ha dicho, en sucesivas publicaciones, que el gobierno de la ciudad privilegió a “activistas”, que los vecinos se quejan por la presencia piquetera, que la obra “devaluó las propiedades”.
¿Cómo se leen estas notas dentro del movimiento? En el comedor de la obra hay una pegada a la pared. El título, en letras catástrofe, dice: “Más de 10 protestas causaron caos”. Está pegada en un lugar muy visible, más como la ostentación de un logro que otra cosa.
A la hora del almuerzo, alguien cuenta la historia de un nicaragüense, un tipo pesado entre los pesados, que se sumó a la revolución. “Se ganó un espacio, porque donde se necesitaban 100 tipos para hacer algo, él iba con 20 y lo resolvía. Cuando los sandinistas tomaron el poder, pudo haberse convertido en un cuadro de la revolución, pero volvió a robar. Lo mandaron a Cuba para que estudiara y asaltó un banco, dijo que para mostrar la falta de seguridad. Los cubanos lo echaron. El murió tiempo después, en un tiroteo. Era un lumpen, iba a seguir siempre así. Nosotros tuvimos que aprenderlo. En un tiempo teníamos un local en una villa y le dimos asilo a una banda que andaba enfrentada a otra. Estuvieron como 20 días escondidos hasta que la cosa se calmó y volvieron a sus casas. A la semana entraron al local y se llevaron todo. Es así, hay gente que no se aviva nunca.”
Tener trabajo organiza la vida, permite planificar, devuelve el sentido del propio valor. Crea un punto de vista. Dice Ismael Medina: “Muchas veces vienen desocupados y se paran en la puerta. Los veo permanentemente. Los miro y sé lo que están viviendo, porque yo también lo pasé”.
Dice el arquitecto Pfeifer: “En el estudio hicimos muchas obras. Aquí todo se armó como en cualquier empresa. Hay un gerenciamiento, una oficina de compras, una oficina técnica, un jefe de obra. Es decir que nosotros, como dirección de obra, no tenemos relación con el peón o con el obrero. Cuando conocí sus historias viéndolos en un programa de Punto Doc, me emocioné. Me dio orgullo, ganas de llorar”.
“Saco muchas fotos de la obra, me gusta guardar momentos”, dice una de las chicas de la administración. “Los otros días vinieron a descargar cemento en la puerta. Era una imagen muy hermosa, todavía en otoño, con los árboles de la vereda con las hojas amarillas y los compañeros trabajando. Son momentos que duran poco y pasan, porque después todo cambia, la obra se transforma.”
El gran fantasma es volver a quedar desocupado. Aquí saben que hay un año más de trabajo. ¿Y después? En principio, un televidente que los vio en Punto Doc contrató a la constructora para hacer un edificio de cinco pisos. La organización está desarrollando un nuevo proyecto en la ciudad, ganó una licitación para las torres de Lugano y otra para la construcción de una escuela. Aseguran que no es difícil mejorar las ofertas de las empresas que hoy dominan el rubro. Está también por reabrir la mina La Brava en Jujuy, que produce minerales para la exportación. De conseguirlo subirán un escalón en la búsqueda por generar trabajo: el que distingue la dependencia del Estado de un emprendimiento sin el riesgo de estar atado al vaivén de los tiempos políticos.

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Los piqueteros se organizaron como una empresa común, jerárquica, con arquitecto y jefe de obra.
 
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