EL PAíS › OPINION

La otra contaminación

 Por Eduardo Aliverti

Se supone –se quiere suponer– que en algún momento este problema de “las papeleras” hallará resolución. Pero, sea lo que sea bajo la hipótesis de acuerdo total o parcial, esto tiene un olor más horrible que la pasta celulósica respecto de cuál es la auténtica conciencia popular –e institucional, por supuesto– en torno de lo que se está jugando. Porque según la información y opinión circulantes, de un lado y de otro, parecería que el conflicto empieza y termina en distintas visiones de chequeo químico, entre dos países, acerca de dos fábricas en un pedazo de un río. Y es aquí donde empieza la contaminación, pero no la ambiental. La temática.

Si hay arreglo (y es más: aun cuando no lo hubiere, y la fuerza de las circunstancias impusiera una salida única), ¿los habitantes de Gualeguaychú volverán a sus casas y allí se quedarán porque, conformes o disconformes, habrán juzgado que no hay más nada que hacer? Pues entonces serán la versión ecológica de los ahorristas del 2001, quienes, apenas les devolvieron parte de la plata confiscada, se guardaron de vuelta en sus imaginarios pequebú; y a otra cosa con aquello de que “piquete y cacerola, la lucha es una sola”. Peor que eso, en realidad, porque los “compañeros de lucha” volvieron a ser esos negros de mierda que cortan las calles y afectan mis derechos de ciudadano (bueno, ya mismo ocurre eso, desde la construcción mediática que, como se sabe, ancla en el humor de la clase media: los obreros del petróleo de Santa Cruz son unos forajidos, pero los vecinos entrerrianos de la costa del Uruguay son vecinos sensibles).

Si este disparador tuviera el solo objetivo del efectismo, por carácter transitivo no sería más que una chicana. Y de mal gusto, porque lo que hay en el medio es gente que corre peligro y para la cual el río es parte de su folklore vivencial. No se trata de poner en duda su reivindicación, sino todo lo contrario. De manera que está muy bien que salgan a la calle y a los puentes y de campamento. El disparador persigue el único sentido de que nos preguntemos, todos, si esa movilización (y otras habidas y por haber) es el producto de una conciencia combativa profunda o de un malestar pasajero geográficamente circunscripto. Vaya diferencia, si se la ve en perspectiva histórica.

Este país es un show de corporaciones locales y multinacionales que afectan al medio ambiente. El Estado Nacional y los provinciales desaparecieron, o poco menos, a la hora de controlarlas. En casi cualquier lugar del territorio se encontrarán problemáticas del tipo de las celulósicas uruguayas (vistas en escala). El drama es que se actúa local, en el mejor de los casos, pero no se piensa global. Y obvio que el drama no nos atañe sólo a los argentinos, sino al conjunto de este “bloque” regional al que hoy se aprecia con tanta expectativa por su presunto giro a la izquierda o, aunque sea, por su capacidad para poner en crisis al pensamiento único del liberalismo. Las burguesías dirigentes de estos países tienen contradicciones severas para resolver, si es que francamente aspiran a un desarrollo mínimamente autónomo, e integrado, en condiciones de oponerse a los intereses del Imperio y/o de los bloques capitalistas del Primer Mundo.

¿Cómo fue y es posible, por ejemplo, que lo único que se les ocurra a los uruguayos, como diseño estratégico, sea plantar árboles? ¿Cómo fue y es posible que los argentinos no nos hayamos percatado a tiempo de que se trataba de integrarnos con ellos en planes de desarrollo conjunto que no dependieran de inversiones extranjeras de este tipo? ¿Cómo no se dan cuenta ellos? Y de seguido, los ejemplos que se quieran, bilateral y multilateralmente, entre los estados de este subcontinente, o de este patio de atrás. Solamente Chávez parece actuar en consecuencia con su discurso bolivariano, aparte de la heroica soledad de Cuba. El resto –hasta ahora y si es por acciones concretas, salvo muy pocas– se muerde su propia cola, entre un palabrerío de integración de desarrollo autonómico por un lado y, ya que estamos con la Argentina y Uruguay, terminar dependientes de los intereses de empresas finlandesas y españolas.

Unicamente la conciencia masiva respecto de esta contradicción central será capaz de torcer el rumbo de estas clases dominantes, como para lanzarse a la utopía de otra cosa. Va a ser difícil, mientras no se descubra que lo que envenena es un sistema de relaciones de poder –ufa, el capitalismo– y no un tratamiento de cloro. Hagámosla más fácil: los intereses corporativos están cagándose de la risa con la peleíta ambientalista y nacionalistoide de argentinos y uruguayos. Saben que más tarde o más temprano llegará el acuerdo, y que después de ese acuerdo se diluirán los efluvios combativos de los vecinos sensibles. Y el campo quedará libre para seguir con sus negocios, ora acá, ora allá. O nos damos cuenta de esto, para empezar a hablar, o sigamos bajándonos los pantalones en la creencia de que estamos subiéndonoslos.

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